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Perro come perroAntonio R. Naranjo

La Rosa Nostra

¿Qué ha sido antes, el asalto al poder o el negocio corrupto ya endémico?

Que a Sánchez la democracia le parece un incordio, o incluso una especie de trampa facha, no admite dudas, aunque los cantamañaneros de turno dediquen sus vidas a proteger a su patrón: gobierna sin ganar en las urnas, sin mayoría parlamentaria más allá del día de su investidura (un negocio mafioso no muy distinto al intercambio de un maletín por una recalificación), sin Presupuestos y, por todo ello, fuera de las normas y convenciones que distinguen a un presidente legítimo de un okupa sin escrúpulos.

Nadie decente puede defender la permanencia en La Moncloa de alguien que solo puede gobernar en aquello que le impongan las minorías chantajistas que, a cambio, le permiten mantenerse allí con respiración asistida y las funciones limitadas a cumplimentar las órdenes recibidas, todas incompatibles con la letra y el espíritu de la Constitución: no se es demócrata, sin más, si se prioriza la imposición de lo propio a la imposibilidad de lograrlo por métodos legítimos, y ninguno de los palmeros de Sánchez es capaz de esgrimir un modesto argumento solvente al respecto de por qué se puede y debe secuestrar la democracia, más allá del peligroso mantra de que, con tal de frenar a la «ultraderecha», todo está justificado.

La crisis institucional provocada por Sánchez, cuyos manejos dejarán una huella tentadora para su sucesor, se resume en el contumaz empeño en revocar las reglas del juego y en recrear un universo paralelo de instituciones colonizadas, televisiones públicas y organismos sumisos en el que nada se le discute y todo le refrenda: ya puede atropellar a una anciana en un paso de cebra y marcharse corriendo o bajarse a robarle la cartera; que en ese submundo sanchista el mensaje será señalar a la señora por cruzar como una loca y presentar al pobre presidente como una víctima del fascismo gerontocrático para cercenar el ilusionante progreso de su Españita vanguardista.

Pero ese debate, por perverso que sea, le interesa más al Pequeño Calígula que otro vinculado, derivado o incluso inductor de la hecatombe democrática que él encarna: ¿El asalto al poder permitió la implantación de la corrupción endémica o la corrupción facilitó el abordaje al poder? El orden de los factores sí altera el producto, lo suficiente para preguntarse si el origen de todo es un contubernio mafioso que facilitó la conquista del PSOE y engrasó, a continuación, todas las alianzas políticas por abyectas que resulten.

¿Se entendieron el PSOE, Bildu y el PNV para intercambiar escaños, excarcelaciones y privilegios o además Santos Cerdán y sus satélites defendían un negocio privado a pachas con empresarios abertzales? ¿Llegó Sánchez a la secretaría general del PSOE por las andanzas de Ábalos y compañía o solo miró para otro lado porque les debía mucho? ¿Se ha plegado Sánchez al Grupo de Puebla o a China por desvarío ideológico o es la consecuencia de los negocios del lobista Zapatero en tantos frentes siniestros?

En apenas cuatro días de juicio en el Tribunal Supremo, teóricamente reservados al caso concreto de la compraventa de mascarillas, algo ha quedado claro: la coincidencia entre el negocio corrupto y la llegada al poder, la existencia de alianzas sincronizadas para favorecer objetivos políticos y económicos y, tal vez incluso, el origen de decisiones domésticas e internacionales de enorme trascendencia y la actividad «profesional» de un buen número de interlocutores de La Moncloa, incluyendo un siniestro expresidente, una esposa y una amplia red de personajes empotrados allí, en el partido y en el Gobierno.

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