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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Se forraban mientras tu padre moría y no podías ni enterrarle

Solo uno de los mil episodios de la trama es suficiente para que Sánchez se tuviera que exiliar y cambiar de rostro

Pedro Sánchez es capaz de imponer la paz en el mundo, de prever el comportamiento del planeta a dos eras glaciales vista, de cambiar el modo de consumo energético de la humanidad para siempre y de reconfigurar España, como nadie en su historia, para ganarse un futuro mejor.

Pero no se enteró de que su esposa citó al rector de la Complutense en La Moncloa para crearse una cátedra, de que a su hermano le regalaron un empleo en Badajoz, de que sus dos números dos vendían mascarillas, creaban empresas, lograban obra pública, aceleraban rescates con dinero de todos, conseguían licencias para comerciar con hidrocarburos, viajaban con meretrices en expediciones oficiales o sacaban y metían sobres con dinero en metálico en la sede del PSOE.

A todos los comportamientos corruptos, poco sofisticados y de corte garbancero, le añadían una obscena fiesta perpetua con picaderos, mariscadas, yates y todo tipo de ingredientes típicos del kit de supervivencia del hortera con dinero, que en su fuero interno sabe que ésa no puede ser su vida eterna y derrocha la gloria efímera para dejar un cadáver político prematuro.

Pero no hay que dejar que el torrentismo de la historia esconda su gravedad estructural para el sanchismo ni permitir que los detalles escabrosos de minifaldas y lupanares resten trascendencia a lo que realmente supone este juicio y los que vendrán después.

Porque estamos, quizá, ante la peor trama de corrupción de la historia y la única, probablemente, en la que existe una especie de sincronización entre los negocios personales y los beneficios políticos: en Ábalos, Koldo y Cerdán se explica la propia existencia de Sánchez, beneficiario de su trabajo para ganar unas primarias con aroma a pucherazo, interponer una moción de censura tramposa y conseguir la presidencia intercambiando chanchullos con todos los enemigos de España.

Y en cada apaño de la trama, hay un socialista que otorga y un jefe máximo que suscribe, que es el propio Sánchez: todos pudieron inducir o conseguir negocios, y comisionar seguramente por ellos, porque la empresa elegida conseguía el visto bueno de un ministro o presidente autonómico del PSOE y, en los casos mayores, del presidente en persona y de su Consejo de Ministros.

Y tampoco es Sánchez el más indicado, en el ámbito más íntimo, para reprobar las licenciosas costumbres de quienes tenían tanto poder por delegación suya. ¿Qué iba a decirle a Ábalos alguien incapaz de desmentir que se pagó las Primarias con el patrocinio de su suegro proxeneta y ha vivido y veraneado en viviendas adquiridas con los beneficios de una formidable cadena de lupanares?

Solo la insólita rendición de los medios de comunicación del Régimen a las evidencias y su disposición a acompañar a Sánchez en sus miserias, a cambio de una nada desdeñable remuneración, explica que a estas alturas no haya tenido que mudarse de España y cambiar de aspecto para que no le reconozcan por la calle.

Porque un solo episodio bastaría para que, en cualquier país serio, hubiera tenido que abandonar ya a boinazos: el de ver cómo sus amigotes se forraron vendiendo mascarillas a otros amigotes mientras él confinaba inconstitucionalmente a toda España y miles de personas morían sin poder ser enterradas por sus familiares. ¿No les da vergüenza a los cantamañaneros y compañía tragarse incluso esa infamia?

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