Poner las cosas de Begoña en su sitio
Desde la llegada de su esposo a la Secretaría General del PSOE y, sobre todo, a la Presidencia del Gobierno, se tomaron determinadas decisiones públicas favorables a la cátedra y al proyecto que lideraba Begoña Gómez. Decisiones que pudieron obtenerse mediante un aprovechamiento singular de su posición
Begoña Gómez Fernández tenía 46 años cuando su marido entró en el Palacio de La Moncloa como presidente, tras la primera moción de censura que triunfó para tumbar a un Gobierno elegido en las urnas. Ella misma presenció desde la tribuna del Congreso aquella primavera de 2018 cómo su esposo y su escudero, José Luis Ábalos, se erigían en los Don Limpio de la corrupción en España.
Lo primero que hizo el matrimonio, que casó Trinidad Jiménez, fue cambiar el colchón que habían usado Rajoy y Elvira Fernández, para procurarse otro más ergonómico —de plumas, plumillas y elementos afines—, algo más maleable que arropara bien a la pareja. Después, se activó en la cabeza de ambos una premisa vital, en ese caso enfocada a tunear la mediocre biografía académica y laboral de los desposados. Él copiaría la tesis y la señora de Sánchez adornaría su limitada trayectoria para transformarla en una fulgurante carrera. Carpe diem, se dijo la hija de don Sabiniano. Mientras el marido abusaba de palacios y aviones, la mujer —enferma como él de un complejo aspiracional mal resuelto— se dedicaba a eso que detalla en su último auto el juez Peinado y que me permito transcribir.
Desde la llegada de su esposo a la Secretaría General del PSOE y, sobre todo, a la Presidencia del Gobierno, se tomaron determinadas decisiones públicas favorables a la cátedra y al proyecto que lideraba Begoña Gómez. Decisiones que pudieron obtenerse mediante un aprovechamiento singular de su posición. Por ejemplo, haciéndose con 40.000 euros de Air Europa, empresa que fue rescatada por el Gobierno que presidía Sánchez, sin que el presidente tuviera el detalle de abstenerse en esa decisión que comprometía su imparcialidad. Solo invocando su condición de cónyuge presidencial pudo acceder a la dirección de una cátedra extraordinaria sin estudios universitarios. Además, los contactos de Gómez con Google, Indra o Telefónica para que trabajasen en su plataforma de la cátedra de la Complutense, no fueron una formalidad protocolaria, sino que encubrían el ánimo de lucro. Mientras tanto, una asesora del Palacio de La Moncloa colaboraba como gestora de los negocios de Gómez. Se trataba de Cristina Álvarez, cuyo tiempo nunca debió servir para agrandar el business de Begoña. Además, el software, pagado por las multinacionales, que tenía que haberse puesto a nombre de la universidad pública, acabó registrado al de la «catedrática», que lo usó como reclamo para cobrar la matrícula a los alumnos.
En atención a su estancia en Pekín, la IA nos traduce al chino hablado lo anteriormente descrito. Así, los anfitriones de Begoña podrán saber con detalle a quién sientan a su mesa, y de qué acusa exactamente el instructor a la tetraimputada por tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación y apropiación indebida
«Zìcóng tā zhàngfū jiùrèn xībānyá gōngrén shèhuìdǎng zǒng shūjì, yóuqí shì zǒnglǐ yǐlái, yīxiē gōnggòng juécè jiù piāntǎnle bèi gē ní yǎ·gē mài sī lǐngdǎo de jiào xí hé xiàngmù. Zhèxiē juécè de qǔdé, wánquán shì tā lànyòng zhíquán de jiéguǒ. Lìrú, tā cóng xībānyá ōuluóbā hángkōng gōngsī (Air Europa) shōushòule 4 wàn ōuyuán, ér gāi gōngsī zhèng shì yóu sāngqièsī lǐngdǎo de zhèngfǔ chūshǒu jiùzhù de. Tā shènzhì lǎndé huíbì zhè xiàng yǒu sǔn qí gōngzhèng xìng de juécè. Tā zhī suǒyǐ nénggòu dānrèn yīgè méiyǒu dàxué xuélì de jiào xí, wánquán shì lìyòngle tā zǒnglǐ fūrén de shēnfèn. Cǐwài, gē mài sī yǔ gǔgē, yīng dé lā (Indra) hé xībānyá diànxìn (Telefónica) de liánxì, bìngfēi jǐnjǐn shì wèile tuījìn tā jìngxuǎn kāng pǔ dùn sī dàxué jiào xí de jìhuà, ér shì yǎngài qí móulì de huǎngzǐ. Yǔ cǐ tóngshí, yī wèi láizì méng kè luò yà gōng de gùwèn hái chōngdāngle gē mài sī shāngyè jiāoyì de jīnglǐ. Zhè wèi míng jiào kèlǐsīdì nà·ā'ěr wǎ léi sī de nǚshì, běn bù gāi làngfèi tā de shíjiān lái tàzhǎn bèi gē ní yǎ de shēngyì. Cǐwài, zhè kuǎn yóu dàxíng kuàguó gōngsī chūzī gòumǎi de ruǎnjiàn, yuánběn yìng gāi zhùcè zài gōnglì dàxué míng xià, zuìzhōng què zhùcè zàile nà wèi «jiàoshòu» míng xià, ér zhè wèi jiàoshòu lìyòng gāi ruǎnjiàn xiàng xuéshēng shōuqǔ xuéfèi».
Ahora la nada mandarina Audiencia Provincial de Madrid tiene que decidir si nueve ciudadanos anónimos juzgarán a Begoña Gómez. Para que nadie se llame a engaño, el ministro de Justicia, Félix Bolaños, y el propio marido de la procesada ya advierten de que la verdadera justicia pondrá «las cosas en su sitio». En lenguaje sanchista: absolverá a Begoña. Y si los magistrados de la Audiencia no les hacen caso, señores Sánchez y Bolaños, ¿qué ocurrirá? En la China de Xi, admirada por nuestro presidente y esposa, ya lo sabemos. ¿Y aquí?