Contra los yonquis del poder
A esto se refería Pizzaballa con su conciliador mensaje. Pedía un mundo dirigido por gente buena, templada, no radical, un mundo en el que quepan todos y no se relegue al otro lado del muro a aquellos que creen en la misericordia y en los contemporáneos sabores del potaje y las torrijas de la abuela
Escuché hace unos meses la entrevista que le hizo en la Cope Ángel Expósito al cardenal Pierbattista Pizzaballa, el patriarca latino de Jerusalén. Me sorprendió no su prosa, ni siquiera la serenidad con la que se expresaba. Boquiabierta me quedé por su sensatez. En este mundo de dementes irresponsables y narcisistas, un mundo cada vez más oscuro, donde ya no queda ni una pequeña habitación con un haz de luz, me topé con la palabra desnuda de alguien que hablaba con sentido común. Que parecía querer lo mejor para el prójimo, es decir, un ser extraño que no se miraba el ombligo hasta desnucarse contra el suelo. Era Pizzaballa. Suena revolucionario que alguien derroche mesura, pero el patriarca latino de la ciudad lo hacía. Y pedía, sobre la guerra en la franja de Gaza, que era la que nos ocupaba entonces, lo siguiente. «Necesitamos nuevos líderes, nuevas caras, si queremos una nueva realidad, necesitamos dejar la narrativa política y religiosa en manos de los que no están en los extremos». Ese certero análisis podría aplicarse también hoy a la guerra de Irán, a la de Siria, a la de Afganistán, a la de los hutíes, a la inteligencia artificial, a la falta de inteligencia humana, a las políticas hueras y sectarias, a la escasez de valores y límites morales, a la irresponsable actitud de los yonquis del poder.
Cobran sus reflexiones especial significado cuando ha sido precisamente a este cardenal al que la policía de Israel ha impedido, por primera vez en siglos, oficiar la misa del Domingo de Ramos en la basílica del Santo Sepulcro, allí donde sucedió la muerte y resurrección de Jesús. Netanyahu, uno de esos fanáticos que encajaría en la descripción del cardenal, no dejó que los fieles oyeran la palabra de Dios, tan necesaria en estos tenebrosos momentos. Y Pizzaballa ha terminado disculpándolo en nombre del bien común porque –ha dicho– «no queremos exacerbar la situación». Pero desde el otro extremo hemos oído a pretendidos líderes –nuestro presidente en cabeza– afeando la decisión del primer ministro israelí en nombre de la «libertad religiosa». Alguien que, como él, es incapaz de felicitar la Pascua a los católicos o que jamás ha dicho ni media palabra sobre la persecución a los cristianos en países, por ejemplo, como Nigeria, Corea del Norte o Sudán, hoy se erige en protector de los abandonados. No obstante, acabar con el misterio de la Pascua, con el recogimiento de estos días de dolor y esperanza, con ese padrenuestro rezado y sentido, letanía de nuestra infancia y seguridad de no sentirnos nunca solos, es una empresa demasiado importante para que políticos cortos de lecturas y largos de bajeza puedan alcanzarla.
Ver la imagen cincelada del hijo de Dios y pensar los golpes de martillo que ha tenido que recibir labrándola sobre una cruz para al final ser escarnecida, es motivo de escalofrío, dolor y rabia en millones de personas que sienten que ese hombre dio su vida por cada uno de ellos. Y esas personas se niegan a sustituir ese sentimiento íntimo por la adoración al nuevo dios Jeff Bezos, que nos atiende raudo tras una llamada, o a la santa wifi que manda en nuestros ordenadores y es motivo de desesperación y ahogo su ausencia. Corazones irredentos a los que todavía conmueve más el desamparo de los ancianos enterrados en la soledad de las grandes ciudades que la protección de los derechos de las cucarachas o los delirios de grandeza de un presidente de pelo naranja o de otro subido a una bici. Es ese sustrato moral y la profundidad de las convicciones las que hacen todavía posible la convivencia entre todos, la mayoría de los cuales vive su espiritualidad como un antídoto contra las mezquindades políticas.
Hoy, Viernes Santo, sabemos ya que la potencia del sacrificio de Jesús tiene más fuerza que cualquier cuento escrito con la urgencia del cálculo político y la difusión de una nueva religión que abraza el hedonismo y los intereses particulares de quienes la quieren imponer. Por fortuna, que Sánchez salude el Ramadán y no las fiestas que celebran los católicos, no interfiere en que estos sigan su camino de espiritualidad. Qué más quisiera el presidente del Gobierno que la hondura de los pasos de Semana Santa quedara sepultada bajo las piedras de su muro de intolerancia. No lo ha conseguido ni lo conseguirá.
Las procesiones están rebosando de gente. Los pasos se enseñorean entre los aplausos de los creyentes y de los que no creen, pero respetan y admiran su fuerza cultural y sus tradiciones, y el fervor de los devotos que conjuran el clima al son de una saeta. Aquellos que soñaron con la inmortalidad gracias a la ciencia o la genética y que batallan contra los estragos de la vejez, fantaseando con la eterna juventud, deberían conceder que la única inmortalidad es la que trasciende el alma humana de su materialidad física.
A esto se refería Pizzaballa con su conciliador mensaje. Pedía un mundo dirigido por gente buena, templada, no radical, un mundo en el que quepan todos y no se relegue al otro lado del muro a aquellos que creen en la misericordia y en los contemporáneos sabores del potaje y las torrijas de la abuela impregnadas de leche. Necesitamos nuevos liderazgos. Los que tenemos nos van a llevar al desastre.
Feliz Viernes Santo.