Jésica, yo sí te creo, hermana
Que seas dentista, y colegiada, ya te otorga un plus de fiabilidad
He de reconocer que tu presencia en el Tribunal Supremo para declarar ante sus señorías, tras hacerlo el hijo de tu Jose (Ábalos) y el hermano de tu cajero automático abierto 24 horas, Koldobank, fue un soplo de aire fresco. Tu presencia, Jésica, para prestar testimonio sobre la generosidad sin límites del exministro, tan rumboso él con nuestro dinero, nos reconcilia con aquella declaración de intenciones de las socias de Pedro y de tu Jose, las que gritaban «hermana, yo sí te creo». Ahora las entiendo. Cómo no te vamos a creer, hermana. O sobrina. Sabré yo de relaciones familiares con ministros.
Que seas dentista, y colegiada, ya te otorga un plus de fiabilidad. Imagina, Jesi, que yo digo aquí que eres prostituta, como sugirió con aviesas intenciones el abogado de «ese pichón del Turia» -que trovara Lorca-, y que viviste de nuestros impuestos o que te enchufaron en empresas públicas sin dar palo al agua y resulta que un día tengo una muela que pide endodoncia en tus manos. Escalofríos me dan con solo pensarlo. Así que, vaya por delante, yo sí te creo, Jesi. Cómo no empatizar con alguien que hace el inmenso sacrificio de tener gato por su chico. Porque ¿a quién no le ha pasado que ha buscado piso en Madrid y la casera le ha dicho que, con minino, nada de nada? Aunque cueste creerlo, conjurar los problemas de vivienda en Sanchilandia no es fácil. Y tú lo hiciste, nuestra excelsa azafata de imagen (la madre de todos los eufemismos), mujer empoderada, autónoma fémina solo atada a un hombre por amor. Ese amor que no sabe de reglas ni de tiempos, si acaso, algo de dietas: a dos mil euros cada viaje con Romeo. Con poquito más al mes disfrutaste de un nido de amor, un ático en la Plaza de España. Qué estudiante de Odontología no ha tenido un ático con vistas al cielo velazqueño de Madrid, a cuyos pies aparcaban de vez en vez tres coches oficiales del que bajaban un puñado de escoltas para proteger al santo y seña de la regeneración democrática. Un enamorado a tiempo (y presupuesto público) completo. Hermana, tu palacio de los sueños colgado sobre el monumento a Cervantes ha sido el verdadero antídoto contra las trabas habitacionales. Concedamos ya: una mascota une más que un contrato matrimonial.
Que fueras con una mascarilla en el juicio de las mascarillas es una auténtica fantasía. Y lo es más que cuando todos buscábamos material sanitario para proteger a la abuela, resulta que, cumpliendo órdenes de tu amante, se adjudicaran 53 millones de euros a la empresa del conseguidor Víctor de Aldama, cuyo hermano te financió el pisito para agradecer favores al ministro. Si no fuera por lo triste y grave del asunto podría ser el gag que hubiera hecho las delicias de Berlanga. A Torrente ya lo habéis superado. Es lo que tiene la creatividad progresista. Entre Claudia y tú, yo te prefiero a ti, Jesi. Tú eres una enamorada tras un burka y de Claudia ya sabemos todo, hasta el rímel que gasta. Se gusta ante las cámaras y nos llama «chicos» a los de la Prensa. Ese es el mejor comienzo para la forja de un personaje a lo Isa Pantoja. Claudia fue miss Asturias; tú hincaste los codos. Ella, dicen, leyó literatura ferroviaria en la biblioteca del enchufe público que le procuró su amante bandido; tú, abriste el ordenador para hacer un curso de riesgos laborales (como si corrieras algún riesgo en brazos del todopoderoso amigo del presidente) y lo cerraste sin dar chapa en los entes públicos Ineco y Tragsatec. La chapa se la dabas a Koldo para pedirle bienes de primera necesidad: un móvil de última generación, una nevera ultramoderna que no hiciera ruido, una joyita de vanguardia… Y allí estaba el último aizkolari socialista para talar un bosque de deseos y darte lo mejor de sí mismo. La justicia social eras tú, Jesi. Y no lo sabíamos.
Hombre, como amante no supiste mantener el nivel. Eso de reclamar desde el primer año que tu Jose se divorciara, sabiendo cómo el amor conyugal vertebra este Gobierno, no fue la mejor idea. El matrimonio es una institución nuclear en el universo pedrista. Mira Begoña, por la que su marido se recluyó cinco días. Nos dijo que estaba enamorado y ya lo hemos aceptado: hasta el banquillo ha afianzado esa unión. Ella forma parte de ese feminismo que solo se reconoce cuando lo imparten mujeres que medran por vía conyugal. Ellas, como nadie, están ungidas de esa superioridad que otorga el libro de familia. O, como en tu caso, el catálogo de Koldo. Ahora os entiendo. Esto era el feminismo. Ya lo dijo tu «sugar daddy»: «Soy feminista porque soy socialista». Ni más ni menos.
Eso de que la igualdad empieza por exigir los mismos derechos para las mujeres es cosa del pasado. Ahora, tras la doctrina «casita de novios», que sostuviste ante el Supremo, todos sabemos que los pisos no se compran con el sudor de la frente de la curranta, sino con el amor paraestatal de Jose y Jesi, con esa vocación tan feminista de que el macho te sufrague tus gastos, tus gatos, tus lujos. Un último favor te pido: a ver si tú o tu churri nos explicáis un día de estos por qué el hijo de Ábalos traía «café» de Colombia. Dijo Víctor Ábalos que es que a Koldo le gusta el café y a su suegro, el consuegro de tu Jose, también. Hombre, irse a Colombia a por café es como ir a China a comprar un táper o un abrelatas…, con la cantidad de todo a cien que hay en España. Pero qué sabre yo de café de Colombia. Solo sé, Jesi, que yo si te creo. Para que conste en acta.