Ábalos el fatalista
Quise ver en el determinista Ábalos, en el hombre que ha perdido la esperanza y se conforma, a Jacques. Y en el amo a Sánchez. Y en el viaje de la novela, la gira de la venganza en el Peugeot, que según dicen tampoco era un Peugeot. Pero reconozco que no hay manera
Sostiene el exministro de Fomento que todo está escrito, que en nada cambiará su peripecia, predeterminada, cuanto haga o diga ante el Supremo. Le pasa como a Jacques el fatalista, de Diderot. Admito que en los viajes con sus respectivos amos puede no hallarse material equiparable. Pero eso poco significa. Si acaso, que Diderot no concebiría a un personaje como Sánchez. Quizá sí a Ábalos. «El amo no decía nada; y Jacques decía que su capitán decía que todo cuanto de bueno y malo nos acontece aquí abajo, escrito estaba allí arriba». Así, nuestro Jacques sucedáneo se considera juzgado hace tiempo, afirma que ya se le ha condenado. ¿Ha renunciado a defenderse? ¿Sufre una depresión? Bien podría ser. El porte alicaído contrasta con el hombretón que fue, erguido como los langostinos de Jordan Peterson, desprendiendo el aroma que activa las antenas de las señoritas de catálogo, las profesionales de otra cosa que pueden recibir regalos por acompañar en un viaje. Y el hambre de ellas se juntaba con las ganas de comer de él.
En el pilingueo, Ábalos pasaría por un caballero. Se ocupaba de pagar el alquiler de sus protegidas. Nadie está autorizado para juzgar moralmente a Ábalos si la mujer puede disponer de su cuerpo. Lo digo por las abolicionistas abortistas. Repróchenle que se pagara las farras con dinero público. El romo cree que reconocer en Ábalos una pasión o una pulsión (llámalo como quieras) lo humaniza, y que al adversario hay que cosificarlo. Mira cuánto me importa. Cuando lees una novela o ves una peli, lo que no viene al caso no existe, te ahorran lo detestable. La vida no hace tal cosa. Lo detestable es plural y suele presentarse bajo la especie del aburrimiento. La corrupción, detestable por muchas razones, también necesita que le poden lo aburrido, pero es casi imposible. ¿Cómo mantener la necesaria tensión narrativa cuando agarras al Gobierno o al PSOE y te brotan los chorizos de Cantimpalos como si fuera magia. Trata de imaginarlo como un árbol imposible, mitad vegetal mitad animal procesado: de copa enorme, sus ramas cargadas de chorizos relucientes. Como los chorizos pagan en chistorras, el hampa política podría acogerse al léxico charcutero. Propongo una nueva acepción para mortadela; cuando alguien esperaba una compensación por sus intermediaciones y recibe mucho menos: le han dado mortadela. De oliva.
Quise ver en el determinista Ábalos, en el hombre que ha perdido la esperanza y se conforma, a Jacques. Y en el amo a Sánchez. Y en el viaje de la novela, la gira de la venganza en el Peugeot, que según dicen tampoco era un Peugeot. Pero reconozco que no hay manera. La prosa se escapa hacia el mundo de los embutidos, hoza en el desmedido apetito sexual del exministro, que parece mentira. Le he preguntado a una amiga; opina que la pasión de Ábalos no era el sexo sino el poder. Hay esperanza: si le añadimos el sentido (Frankl), cubriremos tres escuelas psicoanalíticas. Quizás eludamos la chacinería.