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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Pedro Sánchez Santaolallo

Esto no va de una niña haciendo el ridículo, sino de un presidente agrediendo a la democracia

Una juez, mujer por tanto, ha decidido archivar la denuncia de Sarah Santaolalla contra Vito Quiles, lo que debería ser un asunto menor de no tener un contexto de enjundia.

Antes de eso, los hechos. Ella dijo que él la agredió físicamente, se puso un cabestrillo, acudió al hospital y a una comisaría, se paseó por los platós de televisión pidiendo que lo detuvieran y denunció que Quiles formaba parte de una operación perfectamente orquestada y financiada por el PP, patrocinador según ella y otros como ella de una especie de escuadrismo fascista con objetivos definidos: acabar con el Gobierno progresista y con quienes se dejaban el pellejo en defenderlo.

Los hechos son, también, que todos pudimos ver las imágenes de la supuesta agresión y que un juez dijo, tras analizarlas, que no procedía orden de alejamiento alguna y que, con los informes médicos en la mano de la primera visita al hospital y del forense, simplemente no se observaba nada de lo denunciado.

Santaolalla no quiso que se mostraran esas imágenes en la vista y tampoco aportó otras nuevas que pudieran demostrar su relato. A continuación, otra jueza archivó la causa con las mismas observaciones al respecto de la inexistencia de nada que pudiera dar credibilidad a su airado relato, defendido en público por cinco ministros, todos los partidos que apoyan a Sánchez, el propio Sánchez al invitarla a la primera cumbre «contra el odio» y un incesante telemaratón en distintos programas de TVE con especial intensidad en el presentado por la pareja de la denunciante.

Todo esto son hechos, aceptados por interés o por temor de manera casi unánime, hasta que servidor de ustedes hizo lo que se espera de alguien decente: exponerle a la afectada, en un programa en el que coincidimos, lo que decían el juez y los médicos en sus conclusiones. Simplemente me negué, con todo el dolor sincero por saber que iba a hacer pasar un mal rato a alguien a quien apreciaba, a formar parte de un circo nada ingenuo.

La pobre Sara sufrió y quienes me conocen saben que yo no disfruté y no disfruto escribiendo estas líneas. Pero no se puede tolerar lo que hay detrás, que es lo grave: convertir estas denuncias es el pretexto para que un Gobierno tramposo, corrupto, frentista y fraudulento justifique una ofensiva legislativa, política y pública contra el Estado de Derecho, presentando a la oposición, a la Justicia y a la prensa seria como una violenta conjura para derrocar al pobre presidente.

No se trataba de Sarah, que necesita alguien que la quiera de verdad y la salve de sí misma, sino de Sánchez: todo lo que le pasa es por los Quiles con toga, placa, micrófono o escaño que le agreden, le persiguen, le acosan y le hostigan.

Para prestarse de coartada con ese papelón hay que tener lo justo de madurez y de escrúpulos, y es ahí donde encaja Santaolalla, a costa de hacer un ridículo sideral y de quedar marca por mucho tiempo, ojalá que no de por vida.

Por eso esto no va tampoco de Quiles, que es molesto, tanto como la caterva de dirigentes que, al no aceptar preguntas delicadas pero educadas de nadie, avalan la existencia de reporteros hiperventilados: la otra opción es que se acepte el silencio de quienes deben rendir cuentas públicas y que solo se les escuche en intervenciones y entrevistas con final feliz.

De lo que va todo, en realidad, es de un presidente que se cree con el derecho a gobernar sin contar con las urnas ni con el Parlamento y que, en su huida hacia adelante, ha decidido hace mucho cargarse la democracia, presentada como una adversaria violenta a la que se puede y se debe derribar.

El problema no es la denuncia falsa de una niña contra un chaval, sino la de un adulto sin principios contra España. El que no lo quiera ver es, simplemente, estúpido. Y el que no se atreva a decirlo, además de eso, un cobarde.

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