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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Corea del Norte, capital ferraz

Si bien lo que reclama el presidente es una terapia personal, vistos esos últimos gestos, inquietantes carcajadas y diatribas parlamentarias, comportamientos que invitan a pensar que urgen ser tratados por profesionales del gremio pertinente

Érase una vez un Comité Federal del PSOE compuesto por 290 miembros que, en sus orígenes, fue creado como órgano deliberativo para abrir debates y hacer autocrítica interna. Si los socialistas estaban en la oposición había más quejas e impaciencia, y si el cónclave se celebraba mientras se ejercía el poder –ese pegamento infalible– tampoco faltaban voces discrepantes. Siempre había un puñado de miembros natos que debían el cargo o la baronía al secretario general, pero incluso ellos también expresaban en público sus dudas o malestar, si los había. El mismísimo Felipe González era un entusiasta de esos sanedrines: no olvidemos que tenía a su propio número dos, Alfonso Guerra, al frente de una corriente crítica que precisamente llevaba su apellido. Cómo olvidar al guerrismo haciéndole la vida imposible al felipismo. Esos tiempos han pasado. Moncloa, especialmente durante la etapa en la que Santos Cerdán fue secretario de Organización, laminó el Comité Federal, y desde entonces solo es un «escenario de pleitesía» como lo describe Joaquín Leguina en su libro «Pedro Sánchez. Historia de una ambición», un foro estabulado, un grupo de almas serviles que sienten que su cargo y las viandas de su nevera peligran si sus miembros dicen lo más mínimo que incomode al jefe.

Tan reactivo, por mandato de Sánchez, era Cerdán a la disidencia interna que hasta consiguió que Moncloa se cargara a Adriana Lastra, vicesecretaria general, cuando empezó a levantar la voz no solo ante la afición de Ábalos por las prostitutas, sino frente a los desmanes del navarro, que ya traía aprendido de casa -concretamente de la empresa Servinavar- que donde haya una buena trama que te riegue de comisiones a cambio de adjudicaciones públicas que se quite aquello tan obsoleto de la decencia. Así que era previsible que el sábado el silencio de los corderos fuera tan atronador como fue y que este órgano antaño plural se convirtiera en una plataforma de aclamación al Sumo Líder.

También estaba cantado que la tribu –digo la dirigencia socialista–, iba a mirar para otro lado. Entre defender que el partido purgue haber convertido la Administración pública en la cueva de Alí Babá y perder la nómina pública tras ser sometido a veredicto de las urnas, la elección era meterse en la burbuja y esperar a que escampe -que no escampará-, porque un día más de diputado, senador o ministro es una inyección de peculio (o sopa boba) en la cuenta corriente. Ni siquiera la reunión de Ferraz sirvió para activar una terapia colectiva contra el fin de época que se acerca. Si bien lo que reclama el presidente es una terapia personal, vistos esos últimos gestos, inquietantes carcajadas y diatribas parlamentarias, comportamientos que invitan a pensar que urgen ser tratados por profesionales del gremio pertinente. Fue abracadabrante escucharle usar hace 48 horas el mismo mensaje exculpatorio de esta semana pasada en el Parlamento, ese Parlamento que le ha retirado el apoyo que obtuvo en su investidura. Pero él está aquí para bloquear la alternancia todo lo que pueda. Teme a las urnas más que a Begoña y a su hermano juntos, y quién sabe si más incluso que a perder el fuero y la protección de su cargo ante los tribunales.

Pero el único proceder que reconocen es el de callar y secundar la falacia del líder que les abduce a pensar que son víctimas de una campaña orquestada por la derecha para acabar con el Gobierno. A excepción de Page, que sigue siendo el único que levanta la voz, los pocos barones territoriales que le quedan al PSOE demostraron que a serviles no les gana nadie: Illa, que salió en su auxilio -veremos, cuando reciba en las urnas el varapalo que auguran sus últimos sondeos, si no recuerda a Tarradellas cuando sostenía que «en política se puede hacer todo, menos el ridículo»; María Chivite que, por persona interpuesta, declaró en la Federal su amor eterno al jefe –ella sabe bastante de sospechosos contratos en el túnel de Belate–; y el asturiano Adrián Barbón, que salió por peteneras sobre el sistema de elección del presidente.

La verdad no es la verdad: es la que sostiene el líder. Así está el PSOE hoy. Pero, por mucho que proclame que su mujer es una docente que ya trabajaba en la Complutense antes de que llegara él al poder, lo cierto es que acaba de conocerse un escandaloso amaño de concursos públicos por 12 millones de euros, adjudicados por el ente público red.es al amigo de Begoña Gómez, el empresario Barrabés. Recordemos que a este imputado el propio presidente le daba su apoyo público en actos institucionales. Esta nueva derivada es muy peligrosa. Hasta en Corea del Norte, capital Ferraz, deberían estar preocupados.

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