Recuerdos del Citröen ZX
El estado de (cierto) periodismo español es manifiestamente mejorable, por no decir que ínfimo
En enero de 1991 yo acababa de cumplir 27 años (que soplo el día 2, anoten para el próximo) y era redactor pelado de un importante periódico regional gallego, La Voz. Mi jefe y mentor, Tucho Calvo, al que tanto debo y con quien tanto aprendí, apareció una tarde en la redacción y con su galleguismo irónico/difuso me dio a entender que esa semana tendría que viajar a París para la presentación de un nuevo coche, el Citröen ZX.
Yo no tenía ni flores de coches, incluso soy un conductor de seguridad cuestionable, e imagino que aquello fue una suerte de premio. Por entonces, Bruselas todavía no había fumigado la industria de la automoción europea al abrir de par en par las puertas al dumping chino con sus obsesiones ecológicas. Las firmas europeas nadaban en la abundancia y aquellos viajes del sector del motor suponían una fiesta para los periodistas: hoteles suntuosos, opíparos almuerzos y hasta regalos para engrasar la voluntad de los informadores.
Una vez en París me vi hospedado en un hotel VIP de los Campos Elíseos y de allí nos llevaron al gran espectáculo de la presentación del ZX, apadrinado por Ari Vatanen, un campeonísimo de los rallies en boga por entonces. Una vez que se destapó el coche y los directivos de Citröen lo hubieron ensalzado, se abrió un turno de preguntas. Y entonces me percaté de algo que aun siendo un novato me llamó mucho la atención. Los periodistas franceses y los del norte de Europa planteaban cuestiones inquisitivas, incluso se referían a supuestos problemas del flamante auto. Pero todos los periodistas españoles del sector que intervinieron se limitaron a enjabonar a la marca y a poner el coche por las nubes; un botafumeiro que daba vergüenza ajena.
Me acordé de aquella escena de mi mocedad siguiendo la rueda de prensa de Sánchez en Ankara. El cedazo del equipo de prensa del régimen hace que prácticamente solo se le otorgue la palabra a medios afines, tipo la Ser, o seudo afines, como Telecinco. El resultado es que las preguntas son de una flojera lamentable, que contrasta con el brío con que periodistas de izquierdas preguntan a Trump en Washington (luego el presidente muchas veces los manda a hacer gárgaras, pero de entrada les permiten participar, a diferencia de nuestro proyecto de autócrata).
Este martes y miércoles, un comandante de la Guardia Civil y un empresario han declarado ante Pedraz que Leire les había dicho que detrás de sus maniobras para obstaculizar a la justicia y a la UCO estaba el mismísimo Pedro Sánchez. Es una acusación muy relevante, pues en sede judicial se está acusando al presidente del Gobierno de un delito gravísimo. Pues bien, ninguno de los seudoperiodistas que tuvieron la ocasión de preguntar a Sánchez en la rueda de prensa de Ankara hizo alusión al asunto.
En la cita de la OTAN, Trump ha amenazado a España con cerrar toda relación comercial de su país con el nuestro, algo muy inquietante, incluso viniendo de quien abusa de la bravata de fogueo. Preguntado por ello, Sánchez tuvo los bemoles de contar que rumbo a la foto de familia mantuvo una conversación «cordial» con Trump, en la que según él hablaron «del Mundial y de golf». Por supuesto ninguno de los periodistas le exigió detalles de esa supuesta conversación, ni le apretaron lo más mínimo al respecto.
El periodismo que se hace en España es en general muy mejorable y demasiado medroso del poder. Y no solo por parte de los aduladores del régimen, que son ya un caso perdido. También por parte de muchos periodistas de supuesta derecha, o centro-derecha, en la práctica abducidos por el Pensamiento PSOE, dominante en España durante décadas. Han recibido la educación de lo que Zapatero llamaba «la generación mejor preparada de la democracia», y por desgracia se les nota.
El pasado domingo, The Sunday Times, de ideario conservador, publicó que Nigel Farage, el líder de Reform, se había lucrado con una donación de un empresario convicto del sector de las criptomonedas. Dos días después, Farage renunciaba a su escaño para dejar que las urnas opinen sobre su moral. Eso es una democracia: prensa seria y políticos que reaccionan ante sus denuncias cuando son ciertas. Aquí el premio por contar la verdad es que el Gobierno te tache de «digital de los bulos», «fango» o «seudomedio», mientras la profesión vendida al sanchismo se suma a la cacería de sus colegas. Es decir, vivimos en una seudodemocracia.