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Unas líneasEduardo de Rivas

Sánchez: sin patria, sin Rey, sin Dios

Después de visitar a Wyoming, ahora tocaba Broncano. Parece que va de bufones la campaña socialista de este año. Aunque el de TVE no parecía tan aleccionado y dejó piedrecitas en la alfombra roja

Quedan cinco semanas para ir a votar y los candidatos empiezan a mostrar sus cartas, a dar pistas sobre los programas que nadie lee nunca. Tampoco son una sorpresa las propuestas: la estrategia de la derecha para pedir el voto será derribar el sanchismo y la de la izquierda, evitar la llegada de la malvada ultraderecha. Habrá que ver a quién le sale la jugada, aunque el Gobierno ya sabe que sus cartas están repetidas, porque ya las utilizó hace tres años, y que el fantasma de Vox no da tanto miedo una vez que ha entrado en las instituciones a través de las autonomías y no se ha caído el mundo. Esa teoría era un castillo de naipes y solo hacía falta que alguien soplara.

Estamos a punto de entrar en campaña electoral, que será cuando los candidatos puedan pedir el voto. Ahora solo tienen derecho a recorrer kilómetros y a hacer payasadas para ganarse la simpatía de los ciudadanos. Porque en este país (y diría que en casi cualquiera) no gana el más capacitado, sino el que tiene más carisma. Y, por lo que parece, también el que conquista el voto joven, un terreno en el que Vox navegaba viento en popa y ahora tiene competencia. Las redes sociales del PP han virado hacia una actitud cañera, dejando de lado la seriedad, que brilla por su ausencia en ese mundo. Y a Sánchez le dio por ir a La Revuelta, el programa que colocó en prime time para hacer frente a El Hormiguero.

Después de Wyoming, ahora tocaba Broncano. Parece que va de bufones la campaña socialista de este año. Aunque el de TVE no parecía tan aleccionado y dejó piedrecitas en la alfombra roja. Sánchez conocía los temas que se iban a tratar e incluso los chistes. Se había preparado hasta las réplicas, aunque debió ensayar más esa risa forzada. No le hizo gracia que Broncano le preguntara dónde estaba ese millón de casas que el presidente aseguraba haber construido, pero sí entró al trapo cuando se bromeó con que el juego que tanto le gustaba, el ajedrez, tenía como objetivo de matar al rey. Todo aderezado con planos de un chaval peculiar (siendo benévolo) que llevaba una sudadera en la que se leía «Sin patria, sin rey, sin Dios». Una metáfora de la legislatura perfecta para Pedro Sánchez.

Se cargó la patria desde el momento en que se apoyó en los independentistas que habían promovido un golpe de Estado años atrás, perdonándolos y aceptando que su encarcelación había sido una persecución política y no un acto de justicia. Arrebató al Rey el protagonismo digno de un Jefe de Estado y evitó que Don Felipe estuviera donde quisiera estar, con la intención de que los españoles se acostumbraran poco a poco a un papel secundario de la Casa Real, para ocupar él el lugar al que realmente aspira. Y, como el boom católico de estos últimos años le ha destrozado los planes, ahora contraataca con un plan para blindar el aborto en la Constitución. Palabras vacías, ya que para ello necesitaría no solo la aprobación del Congreso, sino también la disolución de las Cortes y una nueva votación. Y, con lo complicado que va a ser para él continuar como presidente, si lo consigue, no lo sacan de Moncloa ni con agua hirviendo. Una promesa más que Sánchez no cumplirá, aunque a eso ya estamos más que acostumbrados.

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