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Cartas al director

Las miasmas

¿Qué olor le molesta? ¿Han observado que tiene siempre el mismo gesto? Una nariz fruncida que le hace parecer más que un acreditado jurista un forense obligado a indagar en la escena de un crimen que sucedió hace diez días. Aquello apesta y el forense lo sabe. Las miasmas.

Pumpido, por la razón que sea, está condenado a entenderse con unas miasmas que le acompañan, creo, de nacimiento. ¿Su sino? ¿Cómo se las apañó? No lo sé, pero le han modelado el rostro.

Desde niño, su nariz, su pituitaria amarilla, fue educada—no sabemos por qué o por quién— para soportar los efluvios más nauseabundos. Quizás el destino, los dioses, le eligieron para que llevara a cabo labores como las que, en el futuro, le encargaría su amigo Sánchez. Como si la baxeza deste exercício no fuera en él elección, sino destino de su nacimiento.

Las miasmas llegan a las fosas nasales y allí se disuelven en la humedad de la pituitaria amarilla, en la parte superior de ambas fosas.

No sé si lo suyo es anosmia, si no huele lo aguanta todo, o cacosmia, si nota un mal olor de manera permanente, pasa de todo. Sea una u otra cosa, nunca lo hemos visto taparse la nariz.

Es curioso que el principal mérito del ascenso de Pumpido haya venido no por su formación jurídica —no entiendo que un magistrado de tan acrisoladas virtudes no haya marchado por la senda fetén—sino por su olfato.

Sus cualidades olfativas, no su formación ni su pedigrí, se han impuesto.

Somos capaces de percibir un mal olor en concentraciones mucho más bajas que los buenos olores, rasgo adaptativo que favorece nuestra supervivencia.

¿Y si Pumpido et alii del TC/PSOE sólo fueran supervivientes natos?

Felipe Sánchez Gahete

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