Cartas al director
La extinción de la clase política
En España hemos asistido a la extinción de lo que debería ser la verdadera clase política. Ya no hay vocación de servicio ni deseo de fortalecer nuestras instituciones; solo quedan funcionarios de partido que buscan sueldo, privilegios y una jubilación asegurada. El interés general ha sido sustituido por la mediocridad y el cálculo personal.
Los recientes incendios son un ejemplo doloroso. Cuando la ciudadanía espera liderazgo, presencia y decisión, nuestros representantes se esconden. Ningún cargo público ha estado a la altura. Y si desde la cumbre del poder –con un presidente ausente, más pendiente de sus vacaciones que de dirigir el país en la emergencia– se da este ejemplo de dejación, poco se puede esperar de los demás escalones.
No hablamos de ideologías: ni de izquierdas ni de derechas pues todos han demostrado su incapacidad para realizar su trabajo. Hablamos de ética, responsabilidad y respeto.
Los ciudadanos cumplimos con nuestro trabajo y pagamos impuestos; exigimos lo mismo de quienes cobran de nuestros bolsillos. Un político que no está cuando se le necesita no merece ese nombre: es un burócrata privilegiado que traiciona la confianza depositada en él.
La imagen internacional de España se resiente con esta irresponsabilidad. Los partidos se han convertido en maquinarias sin alma, desconectadas de la sociedad, incapaces de ofrecer soluciones ni liderazgo. En su lugar, solo ofrecen espectáculo y absentismo.
Nuestro país merece dirigentes de verdad, no gestores de carrera que viven de espaldas al pueblo. Es hora de reclamar que se ganen el sueldo como cualquier español. La situación actual es, sencillamente, deplorable y vergonzosa.