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Cartas al director

Terapia colectivista

El Derecho se está transformando: de sistema normativo a terapia colectivista. Ya no se invoca la ley, sino el trauma, el sentimiento, la moral. No se exige prueba, pero sí una empatía difusa ante hechos indemostrables. En una sociedad donde vincular la ley y su severa aplicación a la mayor o menor ofensa de alguien implica dejar de impartir justicia, para empezar a repartir consuelo.

Esa deriva tiene su lógica. La sociedad solo mide el valor moral por la intensidad del sentimiento que produce. El juez frío y desalmado, que en su infinita prudencia aplica la ley con cordura, parece un monstruo a ojos de los demás. Pero el Derecho no nació para conmover, sino para contener. Su tarea no es abrazar a las víctimas, sino impedir que nos devore el impulso de redimir nuestra moral a través del castigo, con la más absoluta parcialidad.

La emoción es humana, sí, pero el sentimentalismo es una forma de vanidad: busca la apariencia de bondad, no serla. Cuando el Derecho adopta ese tono confesional, deja de proteger a los inocentes y empieza a seducir a los ofendidos.

Quizá el futuro de la justicia no dependa de sensibilizar a los jueces –como se dice en estos tiempos–, pues su deber no es sentir como nosotros, sino razonar como ellos.

Héctor Cárdenas Roque

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