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Cartas al director

Calma violenta

Hay días en los que la vida aprieta tanto que te deja quieto delante de una línea blanca.

A un lado está el consuelo compartido: la tristeza de todos, una mano en la espalda, la frase de «mañana irá mejor» que nadie puede demostrar, pero que a veces sostiene. Es el lado en el que, casi sin darnos cuenta, seguimos apostando por el sentido. Ahí las cosas duelen por algo: porque te importa la gente, porque te afectan las noticias, porque aún haces planes. Es lo que los psicólogos llamarían vínculo y, sin ponerse pomposo, una fe mínima en la vida.

Al otro lado está el «todo da igual». La voz fría que lo explica todo para que no duela: casualidades, química, un cuerpo que respira por inercia. Nada tiene motivo; solo un cómo. Es un nihilismo cómodo: ordena el mundo, baja el volumen, te promete descanso. Desde ahí, amar o ilusionarse se parece a un error del sistema: algo que podrías apagar antes de que duela.

En mitad de la línea están las personas que has querido. No solo sus caras: también los días en los que te sostuvieron, las veces que las sostuviste tú, las decisiones que tomaste por ellas y lo que cambió en ti por haberlas conocido. Son tus pruebas contra la indiferencia: evidencia de que la realidad también se organiza alrededor de encuentros.

Si te quedas del lado del vínculo, aceptas el paquete completo: belleza y daño, abrazos y golpes, la posibilidad real de que la próxima vez salga peor. Sigues jugando aun sabiendo que la mesa está trucada. Si cruzas, te vuelves más frío: no porque dejes de sentir, sino porque decides contártelo como si nada significara. Te proteges llamando casualidad a todo lo que podría importarte.

A veces pienso que esa es la verdadera elección: no entre razón y emoción, sino entre dos formas de sobrevivir. Lo peligroso no es creer y romperse; lo peligroso es apagarse para no romperse, y convertirte, poco a poco, en alguien a quien ya nada le toca.

Enrique Adamuz Ruiz

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