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Cartas al director

A la intemperie

Así estoy, sin refugio alguno. Bien podría ser el comienzo de una novela, no lo es. Crece el número de quienes piensan que estos son tiempos complicados, mucho más que otros pasados, y parece que esta vez va en serio. Y no hablan solo de los recurrentes desastres naturales que recuerdan nuestra mortal fragilidad y extrema pequeñez. Basta con leer los titulares de un periódico para sentir un pellizco de temor o, al menos, de cierto desasosiego. Me refiero a la impresión real de sentirnos desprotegidos, a la intemperie, aun habitando en la parte del planeta que, paradójicamente, se describe en los libros como la más desarrollada y, por lo tanto, la más rica. ¿Qué sucede?

Suceden guerras que no cesan a pesar de esforzados y costosos acuerdos, decisiones geopolíticas que están cambiando el orden internacional conocido hasta ahora, gobernantes déspotas que no respetan las convenciones rubricadas por organismos mundiales, etc. En definitiva, la mano ambiciosa del hombre que no entiende de derechos humanos ni de consensos cuando se trata de ocupar un territorio para expandir el propio o de apoderarse de los recursos de un país. Demasiada barbarie e ignorancia de la mano. Y cuánto dolor gratuito.

La ambición, el deseo sin límite… Cuenta una leyenda griega que un famoso y rico mercader, Erisictón, no honraba a los dioses ni los obedecía, contrariando la ley olímpica. Fueron excesivas las tropelías que cometió, así que Deméter un día, ya cansada, decidió castigar tal impiedad con la ayuda de la diosa Limos, personificación del hambre. Limos aceptó el cometido: se introdujo en sus entrañas y comenzó a actuar, de manera que Erisictón ordenó que le trajeran comida, pero nada le satisfacía y pedía más y más. Se vio obligado a vender los enseres de la casa e incluso tuvo que desprenderse de los sirvientes. Finalmente, mientras el hambre lo consumía por dentro, vendió a su hija, Mestra, como esclava por un precio ridículo. A tanta desesperación llegó que se devoró a sí mismo: se arrancó y comió sus ojos, desgarró sus extremidades arrastrado por un insaciable deseo más fuerte que el propio dolor. Moraleja: Somos mortales, no dioses.

Isabel Pascual Cebrián

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