Cartas al director
San Isidro, nostalgia y realidades
Mi familia es originaria de Ciguñuela (Valladolid), y yo nací en otro pueblo con nombre de aldea, Aldeamayor de San Martín, pasando buena parte de los veranos de mi infancia y fines de semana en el pueblo de mis padres, viviendo y viendo cómo vivían, trabajaban y festejaban los que allí labraban la tierra. Entre sus celebraciones, lógicamente, estaba la de San Isidro, su patrón; este año se volverá a celebrar con la tradicional procesión, si es que aún quedan jóvenes para portar el Santo, vistiendo «de gala» una realidad rural que agoniza en el olvido y que, sólo de vez en cuando, se recuerda cuando aparecen algunos tractores en nuestras carreteras. Esta festividad no sólo tiene que servir para volver a ver en las televisiones imágenes de algún «chotis madrileño» o hablar de «cocidos» y «rosquillas», tiene que servir para reivindicar la agricultura, algo que siempre fue un pilar estratégico que garantizaba nuestra soberanía alimentaria y cohesionaba el territorio frente a la despoblación.
Todo el mundo, políticos incluidos (o eso dicen), está de acuerdo en que la importancia del sector es indiscutible, sin embargo, escuchando a los agricultores oímos como están librando una auténtica «guerra por su supervivencia», en la que el principal enemigo es la falta de rentabilidad crónica: se ven obligados a vender «a pérdidas», con unos costes de simientes, fertilizantes, energía y gasóleo cada vez más altos, a la vez que ven como los intermediarios multiplican los precios.
Sumen ustedes las sequías prolongadas y las restricciones hídricas que merman las cosechas y piden a gritos que se gestione el agua sin batallas políticas y se modernicen las infraestructuras hídricas y la «acción» de la Unión Europea, que impone una estricta burocracia y «política verde» a nuestros campos, mientras pacta la apertura a importaciones de terceros países que desplazan los productos locales por otros más baratos incumpliendo nuestras exigencias ecológicas y laborales.
Encomendarse al Santo está bien, pero asegurar el futuro del campo español exige soluciones reales y tangibles: precios justos frente a la especulación, relevo generacional y clausulas «espejo» frente al exterior. Si no protegemos ¡ya! nuestra agricultura, mañana puede que nuestras mesas estén vacías, como nuestros pueblos, y nuestros campos desertizados. Necesitamos soluciones estructurales: sin una agricultura fuerte, España perderá su identidad.