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Cartas al director

Un 'colt' y cinco balas

Turquía, la Turquí, lejana. Santa Sofía, grandiosa; el Bósforo, Estambul… Y allí fueron, en avión, los jefes de Gobierno para la reunión de la OTAN, procurando no contrariar al presidente Trump, mantenerlo de buen humor y prometerle lo que reclama: dedicar el 5 % del PIB a Defensa. En eso estamos. Habla el jefe, dice una cosa y, al rato, dice la contraria. Y no pasa nada. ¡Todos contentos!

Turquía tiene fama de muchas cosas, pero, sobre todo, de ser el paraíso de los calvos. Por un precio razonable cualquiera puede recuperar la cabellera. Aquí un trasplante puede costar tanto como la última letra de un coche. Así que la gente sale de España con la cabeza despejada, aterriza en Estambul y regresa con el cuero cabelludo sembrado de pequeños injertos que prometen convertir el desierto en un bosque.

Ahora el negocio ya no está solo en el pelo. También los dientes viajan. Miles de personas cruzan media Europa para volver con una dentadura flamante, lista para partir nueces, abrir almendras, roer unas costillejas hasta el hueso o, llegado el caso, pegarse un mordisco en la mano si les pica un escorpión, no vayan a morirse de dolor... y no de «finfarto» de miocardio.

No debió de faltar de nada en la mesa de los ilustres próceres. Envidia sana para quien se conforma con pan, aceite de oliva virgen extra –primera prensada en frío, de aceituna picuda ecológica de Priego de Córdoba– y, como mucho, unas 'tajás' de melón de Torre Pacheco o una buena sandía.

Después llegaron la sobremesa y los regalos. De algunos obsequios apenas sabemos nada: ni cuánto valían ni en qué consistían. Del de Mohamed Erdoğan sí trascendió el detalle: un colt con seis balas.

Ignoro qué habrá sido de aquellos revólveres. Lo más probable es que acabaran como una curiosidad de vitrina, porque, comparados con el arsenal que guardan los grandes mandamases en sus despachos, no dejan de ser un juguete. El arma verdaderamente temible es otra: el maletín del teléfono rojo. Se pulsa un botón, se habla con Putin y, si resulta que el misil ya ha salido rumbo a los Estados Unidos... solo queda apretar otro botón.

Y entonces, ya no hay regalos que valgan. Es la guerra.

Cayetano Peláez del Rosal

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