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Cartas al director

El perdón y las lágrimas

Aquel 14 de julio, como casi todos los días de fiesta de los Sanfermines de Pamplona, llevaba la cámara al hombro y varios objetivos en la mochila, buscando alguna imagen que recogiera la esencia de lo que muchos llaman la fiesta más grande del mundo.

Entré en la capilla de San Fermín con la intención de captar la devoción de quienes acudían a encomendarse al santo. Los bancos estaban ya ocupados y me situé en una de las capillas laterales, cerca del presbiterio. Mientras esperaba el momento oportuno para hacer alguna fotografía, percibí un murmullo. La gente comentaba algo en voz baja; el ambiente se volvió tenso. Alguien dijo que había habido un atentado.

Pronto dejó de ser un rumor. Se confirmaba que ETA había asesinado a un concejal de Unión del Pueblo Navarro en Leiza. La noticia corrió entre los presentes y, con ella, cayó un silencio pesado. Se suspendieron los actos en la capilla y la ciudad entera pareció quedarse suspendida, precisamente cuando San Fermín se acercaba a su despedida con el Pobre de mí.

En medio de la fiesta, la muerte volvía a abrirse paso. Aquel contraste entre la alegría compartida y el dolor repentino dejó una huella difícil de borrar. Muchos bajaron la cabeza; otros rezaban; algunos lloraban en silencio. Yo sostenía la cámara entre las manos y, por primera vez aquel día, sentí que ninguna fotografía podía expresar lo que estaba ocurriendo.

Han pasado muchos años, pero todavía recuerdo el silencio que envolvió aquella capilla. Fue un silencio más elocuente que cualquier palabra, un silencio que hablaba de incredulidad, de tristeza y de cansancio ante una violencia que parecía no tener fin.

Con el paso del tiempo he comprendido que la memoria no consiste solo en recordar el dolor, sino también en impedir que el odio siga dictando el futuro. Recordar a las víctimas es un deber; hacerlo sin renunciar al perdón es, quizá, la única manera de que las lágrimas no sean estériles y de que la convivencia pueda reconstruirse sobre la verdad, la justicia y la dignidad de quienes ya no pudieron seguir celebrando la vida.

Juan Cañada Guallar

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