13 de agosto de 2022

Editorial

La falta de liderazgo de Sánchez asusta a toda España

Si la covid es el virus que hemos conocido y sufrido hasta el martirologio, no se entiende la pasividad de Pedro Sánchez. Y si no lo es, tampoco se comprende su contribución a una epidemia de histeria colectiva sin freno

Con la falta de liderazgo que le ha caracterizado durante toda la crisis sanitaria, Pedro Sánchez ha intentado camuflar su desaparición y diluir su irresponsabilidad en una Conferencia de Presidentes convocada a última hora, con la sexta ola desatada y tras contribuir, con todo ello, a extender un pánico generalizado incompatible, técnicamente, con el éxito de la vacunación masiva.
Que a unas horas de la Nochebuena el presidente del Gobierno haya anunciado, como gran medida, el retorno a la mascarilla obligatoria al aire libre, lo dice todo de su negligente actitud: para empezar, hace tiempo que la ciudadanía aprendió a protegerse más allá de las oscilantes decisiones del Ministerio de Sanidad, manteniendo esa medida de manera abrumadora pese a no ser ya obligatoria.
Y para terminar, porque tiene poco sentido alertar de un contagio masivo, como el que sin duda padece la sociedad española, y a la vez ignorar medidas más eficaces para contenerlo.
Se diría que el Gobierno se siente inquietantemente cómodo en un escenario bipolar en el que, por un lado, alimenta el miedo y, por el otro, se siente seguro de que la aparatosa tasa de incidencia no supone esta vez un drama en las UCIS y los mortuorios por la eficacia inmunizadora de las vacunas.
Pero si la covid es el virus que hemos conocido y sufrido hasta el martirologio, no se entiende la pasividad de Pedro Sánchez. Y si no lo es, tampoco se comprende su contribución a una epidemia de histeria colectiva sin freno. O una cosa o la otra, pero nunca las dos a la vez.
La desesperación de los presidentes autonómicos, que siguen sufriendo una «cogobernanza» inconstitucional y carente de herramientas, es comprensible. Pero su tendencia al relato más dramático lo es menos: ellos deberían ser los primeros en priorizar los mensajes científicos que atestiguan que los contagios, por si solos, no pueden ser ya la vara de medir la respuesta a la pandemia.
Resucitar el relato de hace más de un año, con las cifras segmentadas de Sanidad que atestiguan el menor impacto de ómicron en términos de gravedad; no parece oportuno, dicho esto con la mayor precaución y con la disposición a variar el diagnóstico si la situación empeora y empieza a verse, de nuevo, una relación proporcional entre la infecciosidad y la gravedad del contagiado.
Pero quedarse en un limbo o adoptar medidas cosméticas, destinadas a cubrir el expediente, es igual de inoportuno. Si España se enfrenta de nuevo a un drama sanitario, las autoridades deben decirlo y tomar las decisiones oportunas, compatibles con el mantenimiento de la actividad económica y el respeto a las libertades individuales y colectivas dañadas en anteriores estados de alarma.
Y si no se enfrenta a esa situación, hay que confiar en la sensatez de la sociedad española y dejar de tratarla como una menor de edad que solo es capaz de cuidarse si se la amedrenta primero.
Porque la tercera opción, por impúdica y perversa, es mejor descartarla. Que todo obedezca al deseo del Gobierno de instalar en la opinión pública, de forma monotemática, un escenario sanitario acongojante que desvíe la atención de otros problemas, tan serios como la crisis, el decrecimiento económico o el coste de la luz; que hasta la comparecencia dominical de Pedro Sánchez ocupaban el primer puesto en la agenda de España.
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