06 de diciembre de 2022

Editorial

El tenebroso y alarmante silencio ante el aumento de muertes en España

Nuestro país lidera el exceso de fallecimientos en toda Europa en las últimas semanas y el Gobierno no es capaz de dar ni una sola explicación, alentando así las sospechas más inquietantes sobre nuestro sistema de salud y nuestra política sanitaria

En España se muere mucho más que en Europa. Así de rotundo y de preocupante. Pero oficialmente nadie quiere explicar por qué se produce este truculento fenómeno destapado por Eurostat. Según los últimos datos revelados por la oficina estadística europea, nuestro país ha experimentado una subida del 16,7 por ciento en la tasa de mortalidad de junio, tan solo por detrás de Portugal, que arrojó un 24 por ciento.
Un dato escandaloso sobre el que ninguna institución del Gobierno ha querido dar una justificación. Y las especulaciones y sospechas, como es natural, no dejan de crecer, para oprobio de un Ejecutivo que ni siquiera ante un asunto tan delicado como éste es capaz de ser transparente.
No hay escapatoria posible para tratar de sortear unas conclusiones estadísticas tan contundentes. Porque no vale con achacarlas a los estragos de la covid ni tampoco a la letal coyuntura de las olas de calor. Otros países de nuestro entorno, que también han sufrido los mismos rigores de un verano de temperaturas excepcionalmente altas y que presentan unos niveles de vacunación contra el coronavirus similar o incluso inferiores, no han padecido ni de lejos una mortalidad tan desproporcionada.
Además, llueve sobre mojado, pues a lo largo de la pandemia los recuentos de mortalidad del Gobierno fueron puestos en entredicho con frecuencia. Y no solo por observatorios privados o internacionales, sino por departamentos públicos de tanto crédito como el Instituto Nacional de Estadística o el sistema de Monitorización de Mortalidad Diaria (MoMo), gestionado por el Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III, que solían revisar al alza los números de víctimas que ofrecía el Ministerio de Sanidad.
Sin ir más lejos, MoMo concluyó que el pasado mes de julio fallecieron en España un total de 42.610 personas, 10.278 personas más de lo ordinario. Y de ellas, poco más de 2.000 fueron atribuidas a las altas temperaturas. Lejos de tratar de esclarecer esta realidad, desde el Ministerio que comanda Carolina Darias se han limitado a asegurar que tales números son solo «estimaciones» cuando en realidad constituyen datos completamente contrastados.
Es notorio, por tanto, que existen circunstancias de fondo detrás de esta mortalidad disparada. Y que estas tienen que ver, inevitablemente, no solo con una población en progresivo envejecimiento, sino también con la devaluación del sistema público de salud y con una política sanitaria deficiente y errática, como vienen coincidiendo en denunciar organizaciones profesionales y sindicatos.
La pandemia dejó en evidencia la magnitud de este deterioro, que abarca desde las carencias en la accesibilidad a la atención primaria, a la alarmante falta de especialistas y personal de enfermería. Por no hablar de la verdadera persecución que viene sufriendo la sanidad privada desde el Gobierno, azuzada sobre todo por la parte de Unidas Podemos, justo cuando más necesario es su concurso.
Es más que probable, en suma, que el repunte exagerado de la mortalidad en las últimas semanas guarde alguna relación con estos factores que comienzan a ser estructurales. Pero el asunto es tan serio, tan tenebroso incluso, que el Gobierno debería arrojar toda la luz sobre él y no aferrarse a la propaganda triunfal y sectaria, como viene siendo su práctica habitual. Porque, literalmente, nos va la vida en ello.
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