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24 de junio de 2024

editorial

Romper con Argentina, el último disparate de Sánchez

Es inaceptable que el líder socialista dañe los intereses nacionales para tapar sus problemas y escándalos

Actualizada 15:21

El Gobierno de Sánchez anunció ayer, a través de su obediente y amateur ministro de Asuntos Exteriores, que España retiraba «definitivamente» a su embajadora en Argentina, paso previo a la ruptura total de las relaciones con un país por tantas razones cercano pese a la distancia geográfica.

Es una medida traumática, agresiva y totalmente injustificada que no responde ni a los intereses de España ni a la dimensión real de una supuesta agresión de Javier Milei, que nunca ha vejado a «la democracia española y a sus instituciones», como repiten hasta la saciedad, con nulo respeto por la verdad, Sánchez y sus múltiples altavoces.

Todo responde a una estrategia más del alocado presidente socialista, imbuido definitivamente de un espíritu populista alimentado por la cercanía de las elecciones europeas, consistente en desviar la atención sobre sus múltiples problemas y escándalos buscándose un enemigo exterior sencillamente inexistente.

Porque Milei, sin duda en campaña a favor de Vox y con el tono mitinero habitual en esas circunstancias, no denigró nunca a España ni a sus instituciones, mucho más dañadas por los incontables intentos de Sánchez por acabar con la separación de poderes, patrimonializar el Estado y utilizarlo todo en beneficio sectario propio.

El presidente argentino se limitó a señalar indirectamente a la esposa de Sánchez, Begoña Gómez, de quien por cierto se ha filtrado un supuesto informe de la Guardia Civil que la exonera de toda sospecha de corrupción, unas horas antes, qué casualidad, de que su marido comparezca en el Congreso a dar explicaciones.

A este respecto, solo cabe esperar que el juez no se deje amedrentar por la presión del PSOE y de sus altavoces y prosiga con la investigación de unos hechos reprobables, sin duda, que además podrían ser constitutivos de delito: la UCO solo ha dicho, de ser cierto ese documento, que no puede demostrar que Gómez presionara o tratara o conociera personalmente a los miembros de las mesas de contratación que adjudicaron contratos a su entorno.

No ha afirmado, porque no puede, que sea incierto que le dieron una cátedra a dedo en la Universidad Complutense, que la dedicara al ámbito de la captación de fondos, que se rodeara de compañías y directivos beneficiarias de decisiones millonarias del Gobierno y que pueda afirmarse que ella y su familia se lucraron con ello.

Es de desear, en este sentido, que a la oposición no le tiemblen las piernas y haga algo en el Congreso como exigirle al líder socialista, con la máquina del fango a punto para otra de sus actuaciones, dar a conocer los datos económicos, los bienes, las rentas, las acciones y la lista de pagadores de su esposa, al objeto de poder discernir si existe o no un paralelismo entre la prosperidad de sus clientes y la suya propia.

Una exigencia que no es nada osada: forma parte de la expresa recomendación del GRECO, que es el organismo del Consejo Europeo contra la corrupción, para los cónyuges de presidentes, primeros ministros y altos cargos en general. Una petición desoída, a sabiendas, por Sánchez.

Que ponga en riesgo las relaciones con Argentina, sustentadas en un intercambio comercial y de inversiones de, al menos, 21.000 millones de euros anuales, para consolidar su bochornosa apuesta por presentar la defensa de su mujer como un «asunto de Estado», demuestra falta de escrúpulos que caracterizan al presidente más irresponsable desde 1978.

España no ha roto relaciones con Rusia tras invadir Ucrania. Está a punto de reconocer a una Palestina dominada en parte por la organización terrorista de Hamás. Y desde luego no se ha enfrentado a México, Colombia o Venezuela cuando sus mandatarios han insultado gravísimamente al jefe del Estado, el Rey Felipe VI.

Abonar ahora la confrontación con Argentina para maquillar problemas domésticos es una infamia que lanza un desasosegante mensaje internacional de España: una política genuina de Estado, previsible y estable por naturaleza gobierne quien gobierne, no puede transformarse en una herramienta barata de los miedos, los problemas y las manías de un Gobierno perjudicial para el conjunto de la nación.

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