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editorial

Cincuenta años de democracia

Suscita natural preocupación la insistencia socialista en dividir el paisaje de la patria hispana entre buenos, ellos, y malos, todos los demás. Así empiezan las guerras civiles. Que, como bien recuerda la historia, nunca se sabe cómo acaban, más allá de los miles de muertos que unos y otros dejan en las cunetas

Se han cumplido esta semana cincuenta años del fallecimiento del que durante cuarenta fuera dictador de España, Francisco Franco Bahamonde. Y pareciera como si el Gobierno que preside Pedro Sánchez quisiera aprovechar la ocasión para redibujar con énfasis las maldades del periodo autocrático y de paso redirigirlas a todos aquellos que en la vida española dicen no gustar de la izquierda socialista y de sus congéneres. Que no otro, como diariamente estamos contemplando, es el propósito que encierra la llamada Ley de Memoria Democrática del año 2022. Cuando lo conveniente y urgentemente necesario hubiera sido utilizar la fecha para la descripción real de nuestra reciente historia: cómo hace cincuenta años, bajo la ilustrada dirección de Juan Carlos I, comenzó el tránsito hacia la libertad de un país sometido a la negrura de las maldiciones políticas de uno y otro signo desde comienzo del siglo XX. Eso es lo bien llamado, y no siempre debidamente apreciado, la Transición española hacia la democracia. Donde desde pronto encontraron cobijo todos los españoles, fueran cuales fueran sus orígenes, su ideología o sus historias. Y que debería continuar como ejemplo del futuro del país. Precisamente para evitar los magnos errores que unos y otros, en la dirigencia nacional, venían cometiendo.

Y el propósito nunca fue el olvido, sino la reconciliación. Porque puestos a recordar historia, la enumeración es larga y no especialmente emocionante. Ciertamente, la dictadura y la previa Guerra Civil, pero también la malhadada vivencia de la II República, y las torpezas de los diversos detentadores de la Monarquía en el XIX y en el comienzo del XX, por decirlo con suavidad y sin demasiados recovecos.

Pero reducir todo ello a un perpetuo enfrentamiento de buenos –las izquierdas– y malos –las derechas– es tanto como retornar a lo que el periodo de la Transición hacia la democracia quiso y supo evitar: el permanente retorno a la guerra fratricida. Dicho de otra manera, el guerracivilismo que los gobiernos socialistas de Zapatero y Sánchez quieren de nuevo devolver a la experiencia diaria de los españoles. Y que inevitablemente ha terminado por contaminar a los que en las franjas de la derecha política se apuntan a la maniobra. Porque puestos a recontar horrores, unos y otros tendrían mucho que recordar y no poco por lo que arrepentirse y pedir perdón.

Ni este ni ningún otro momento en las últimas cinco décadas ha sido política y socialmente oportuno para airear las barbaridades de unos y otros en la historia contemporánea española. Dicho sea de paso, no hace mucha falta intelectual para insistir en ello: ya están los abundantes historiadores que del tema se ocupan para hacérnoslo saber. Porque lo que realmente cuenta en nuestra historia reciente es lo que la Transición consigue: el reencuentro con la libertad y la democracia, la ordenación constitucional, la consiguiente división de poderes, el respeto por los derechos individuales y colectivos y naturalmente el encuentro con el lugar internacional del que España quedaba ausente desde los años primeros del siglo XX. Eso es lo que hay que celebrar. Y recordar. Y mantener. Y precisamente por ello suscita natural preocupación la insistencia socialista en dividir el paisaje de la patria hispana entre buenos, ellos, y malos, todos los demás. Es así como empiezan las guerras civiles. Que, como bien recuerda la historia, nunca se sabe cómo acaban, más allá de los miles de muertos que unos y otros dejan en las cunetas.

Los cinco decenios transcurridos desde que falleciera Francisco Franco debieran servir para recordar y mantener lo que los españoles han sido capaces de alcanzar y debieran ser capaces de seguir manteniendo desde entonces, un «Estado social y democrático de derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político» fundamentados en la «indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles». Todos cabemos en la misma casa, mal que les pese a todos aquellos que hoy se cobijan bajo el recuerdo del dictador para predicar de nuevo, de un lado o de otro, que la mitad disidente sobra. Tanto como romper el benemérito ejemplo que los españoles supimos alcanzar y predicar para explicar y practicar lo que supone transitar con éxito de la dictadura a la democracia. Esa y no otra debe ser la razón para celebrar los cincuenta años. Mal que les pese a todo aquellos que con sus prédicas quieren volver al pasado. Y a la barbarie.

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