04 de diciembre de 2021

EN primera líneaPedro Carlos González Cuevas

Manuel Fraga: los próximos cien años

Fraga protagonizó éxitos y fracasos con una constante apuesta por el reformismo frente a la ruptura. No sólo es parte de la derecha española, sino de la génesis del actual sistema político

La sociedad española es heredera de la época de Franco, lo cual es aún más cierto para la derecha; porque si sus orígenes próximos se encuentran en el Partido Popular de Aznar, este partido hunde sus raíces en sectores reformistas de la dictadura, luego organizados en Alianza Popular y Unión del Centro Democrático.
Presentar a la España de Franco con la imagen monolítica del mal, en realidad impide comprender su funcionamiento, finalidades y etapas. En este régimen resulta posible distinguir entre conservadores, modernizadores e inmovilistas. En los años sesenta, la dictadura, gracias a los éxitos de las políticas económicas y de una legislación liberalizadora, podía considerarse, siguiendo a John Rawls, como «un régimen no liberal decente». En este proceso tuvo un papel esencial Manuel Fraga Iribarne, nacido un 23 de noviembre de 1922.
Fraga quiso liderar una modernización y liberalización que juzgaba irreversible. Su trayectoria fue paradójica, ya que fue autoritario y liberal. Devoto de Aristóteles, Saavedra Fajardo, Maeztu y Carl Schmitt, consiguió pronto la cátedra de Derecho Político en la Complutense. Además, fue director del Instituto de Cultura Hispánica y del Instituto de Estudios Políticos.
Ya en La crisis del Estado de 1955, manifestaba confianza en el parlamentarismo. En su etapa como ministro del régimen impulsó la industria turística, que continúa siendo un pilar económico. No menos lúcida fue su apuesta por las reformas tras el Concilio Vaticano II. Su Ley de Prensa de 1966 fue, con límites, liberalizadora. Como ha señalado Juan Pablo Fusi, esta ley abrió «espacios de libertad». En su debe, hay que señalar los casos de Julián Grimau y Enrique Ruano. Perdió, además, la batalla por la apertura política frente a Carrero Blanco. Tras su cese como ministro, elaboró un proyecto reformista, declarándose partidario del «desarrollo político» como vía a la instauración de la «la democracia posible», basada en una política de «centro». Su marco de referencia fue Cánovas y la Restauración.
Tras la muerte de Franco, Fraga apareció como líder «natural» de una derecha con futuro. Sin embargo, su presencia en el primer Gobierno de la Monarquía, como vicepresidente y ministro de Gobernación, fue un fracaso. Los sectores más inmovilistas del régimen y la oposición de izquierdas rechazaron sus proyectos reformistas. Los sucesos de Vitoria y Montejurra consolidaron su imagen autoritaria.

Paula Andrade

Se perfiló como el líder de la Transición a la democracia liberal. Sin embargo, Juan Carlos I eligió a Adolfo Suárez, quien encarnó el «centro». El gallego no tiró la toalla y lideró el «franquismo sociológico» a través de Alianza Popular. No obstante, se vio eclipsado por Suárez y finalmente dio su apoyo a la Ley de Reforma Política.
Su fracaso era previsible; consiguió 16 diputados en las elecciones de 1977, pero su participación en la redacción de la Constitución relanzó su figura. Del proyecto constitucional criticó el modelo territorial y el término «nacionalidades». En su opinión, la cuestión nacional era «la cuestión capital de esta Constitución; la que determinará su éxito o su fracaso y el juicio de la Historia». No se equivocó; lo estamos viendo.
Optó por el «sí» en el referéndum de 1978. Uno de sus gestos más llamativos fue la presentación de Santiago Carrillo en el Club Siglo XXI. No le sirvió para despegar. De nuevo, Coalición Democrática fracasó. No obstante, rechazó posiciones maximalistas. Para él sólo existía una «derecha posible»; la democrática y liberal. Al final venció a un Suárez audaz, pero sin cultura ni proyecto. La crisis de UCD y la victoria del PSOE en 1982 convirtió a Fraga en la única derecha posible.
Sin embargo, ya representaba a otra época; no competía con el vanguardismo de Felipe González. En el fondo, su función radicó en facilitar la integración en el nuevo régimen de los sectores conservadores. Cometió el error de propugnar la abstención en el referéndum sobre la OTAN. Incapaz de romper su techo electoral, en 1986, tras no pocas derrotas, renunció a la jefatura de AP. Aun así, su carisma era insustituible; su retorno salvó al partido de la desaparición. Fue consciente, sin embargo, de que su tiempo había pasado y abrió paso a Aznar. Su dilatada carrera finalizó en Galicia, protagonizando una labor modernizadora, aunque asumiendo en demasía supuestos galleguistas.
Fraga protagonizó éxitos y fracasos con una constante apuesta por el reformismo frente a la ruptura. En este sentido, contribuyó a la liberalización del régimen de Franco, aunque fue incapaz de lograr una auténtica reforma de las instituciones de la dictadura. No obstante, esa actuación modernizadora le dotó de un capital que luego aprovechó en democracia.
Pese a todo, integró al conjunto de la derecha en el nuevo régimen. Sin su figura, esa integración hubiera sido más tardía y problemática. Por eso, su olvido resulta inconsecuente y peligroso. Fraga no sólo es parte de la derecha española, sino de la génesis del actual sistema político. Sin embargo, no ha merecido una placa en el domicilio madrileño donde vivió los últimos años y murió. ¿Celebrará el PP el centenario de su fundador? ¿Lo permitiría la nueva Ley de Memoria Democrática? 
  • Pedro Carlos González Cuevas es profesor titular de Historia del Pensamiento Político en la UNED y autor de Historia de las derechas españolas. De la Ilustración a nuestros días.

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