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De las tempestades de acero a las tormentas de inmundicia

Han, que también ha leído a Schmitt, ha llevado hasta el final su aserto: «Soberano es el que dispone sobre las 'shitstorms' de la Red». Semejante afirmación resume la degradación actual del espacio público

«Soberano es el que decide acerca del estado de excepción». El autor de la frase, el jurista alemán Carl Schmitt, sería acusado de colaborar con el nazismo, un régimen indecoroso del que acabaría apartándose. Lo haría antes de que Hitler desencadenara su huracán de bilis y acero sobre Europa. Pero de nada le serviría, como de poco le valdría esgrimir anteriores desprecios pardos: las SS le habían tachado de mero advenedizo. Aunque algunos solo deseen trepar y se disfracen, no resultan iguales todas las cucañas. La esvástica es algo más que un simple abalorio. Otros genios como Heidegger también se la prendieron junto al corazón. La verdad y la belleza no son patrimonio de los sabios. Apenas las atesoran los seres buenos.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, Schmitt recaló numerosas veces en España. Para entonces, más intuitivo ya que oportunista, había modificado su sentencia: «Soberano es el que dispone sobre las ondas del espacio». Este sería, según confesión propia, su último legado. No tardaría en hacerse eficaz. Schmitt murió en 1985. Muy poco después se cumplió su profecía. Tim Berners-Lee y su grupo de físicos del CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear) de Ginebra crearon el lenguaje HTML. En 1990, y gracias a tan esforzadas comadronas, nacía La Web. Se había dado el pistoletazo de salida a la democratización del gran escenario público. Cualquiera es hoy actor en el ciberespacio. Del más timorato astrofísico al más motivado tuercebotas.

Lo que no pudo ver Schmitt lo contempla hoy Byun-Chul Han, el filósofo surcoreano que reflexiona sobre «el enjambre digital» releyendo en alemán a Kant, Hegel o Heidegger. Su tesis doctoral, de hecho, versa sobre el autor de Ser y tiempo. Han, que también ha leído a Schmitt, ha llevado hasta el final su aserto: «Soberano es el que dispone sobre las shitstorms de la Red». Semejante afirmación resume la degradación actual del espacio público. El poder reside hoy en el dominio de las «tormentas de mierda (sic)», en la capacidad para decidir sobre los más globales linchamientos colectivos.

En las guerras también hay mucha inmundicia, y no siempre toda está en los frentes. En la presentación del libro Prensa y poder. Construyendo certezas, reivindiqué el periodismo del corresponsal de guerra, comprometido tan solo con la palabra justa y el relato de la verdad sin subterfugios. Y recordé las crónicas de dos corresponsales en aquel otro conflicto en Ucrania, durante la Segunda Guerra Mundial. Ambos pisaron el terreno, como lo hace la infantería. Los dos trataron de relatar en cuanto contemplaron aquello que, a juicio de Rodrigo Cortés, «es igualmente exacto en cualquier espacio y tiempo».

Ilustración: Twitter basura

Paula Andrade

Del lado oriental de las trincheras, Vasili Grossman se empotró en el Ejército Rojo. Cubrió la defensa del Donbás, donde hoy se concentra el vendaval de fuego de Putin. Aunque portaba con entusiasmo el carné del Partido, Grosmann se compadeció del soldado ruso y criticó los falaces partes de guerra y la indigencia moral de la nomenclatura soviética.

Desde el otro lado, Curzio Malaparte vivaqueaba bajo las balas, atildado siempre, con su uniforme italiano de oficial alpino. En sus piezas, recogidas luego en El Volga nace en Europa, aparece lo que huelga en Grossman: la piedad hacia el enemigo. Acaricia así la frente de una tanquista soviética muerta dentro de un carro de combate despanzurrado. Describe al pueblo ruso bolchevizado como «el pájaro que se ha tragado su propia jaula». Y se sobrecoge ante campos de batalla sin cadáveres, como «sábanas gélidamente revueltas, (…) almohada con el frío hueco». Recordemos cuánto se habla hoy de los crematorios móviles del ejército de Putin para quemar a sus soldados caídos.

¿Hemos pasado del periodismo tradicional al ciberengaño masivo? ¿Se ha perdido honestidad desde aquellas tempestades de acero a estas tormentas de porquería? Puede que sí o puede que no. Los últimos hallazgos apuntan a que Malaparte no redactó sus crónicas en Ucrania, sobre el terreno. Muy probablemente lo hiciera en su fascinante villa de Capri, aquella casa del acantilado, aproada hacia el Tirreno. Y sorbiendo su inspiración del mar de Homero, pues, al decir del aedo, resulta al atardecer del color del vino.

Y, pese a todo, tal vez Aristóteles acertara. Quizá no haya más verdad en la historia que en la poesía.

Álvaro de Diego es director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales de la Universidad CEU San Pablo

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