12 de agosto de 2022

EN PRIMERA LÍNEALuis Peral Guerra

Miedo, complicidad y desmemoria democrática

El miedo, la complicidad y la desmemoria culpable no pueden triunfar por encima de la memoria, dignidad, justicia y verdad que debemos a las víctimas del terrorismo

El 4 de julio pasado en Highland Park, cerca de Chicago, un psicópata asesino disparó a las personas que celebraban la fiesta nacional, matando a ocho de ellas. Entre esas víctimas mortales estaban el padre y la madre de Aiden McCarthy, un niño de dos años que fue encontrado vagando solo por las calles. Ante el terrible suceso, la comunidad de North Shore se unió para ayudar a ese niño en sus necesidades futuras y en sólo una hora se recaudaron más de dos millones de dólares.
Esta tragedia familiar ha traído a mi memoria unos hechos, similares en su origen pero no en la solidaridad que generaron, ocurridos en Vizcaya tras sendos asesinatos de ETA. En el Pleno del Senado del 24 de Mayo de 2011, cuando yo era portavoz de Interior del Partido Popular, afirmé que esos casos constituían un paradigma de la maldad del terrorismo de ETA y de la atmósfera de miedo y complicidad que ha inoculado en muchas personas en el País Vasco.
El 26 de Mayo de 1985, el inspector de Policía don Moisés Herrero fue asesinado en Algorta (Guecho) delante de su hijo de tres años, un niño que vagó perdido durante horas por las calles mientras repetía «han matado a mi papá».
El 13 de Junio de 1991, el guardia civil don Ricardo Couso fue asesinado en Valle de Trápaga delante de su hijo de nueve años, al que había ido a recoger al colegio, un niño al que nadie se acercó a consolar y que permaneció sentado en un banquito hasta que los compañeros de su padre acudieron a recogerle.
ilustración: desmemoria histórica

Lu Tolstova

El miedo o la complicidad han producido durante muchos años esas actitudes miserables tras los asesinatos de ETA, de los que más de 370 están pendientes de determinar quiénes los cometieron (entre ellos el de Moisés Herrero, el padre del niño de tres años de Algorta) y no parece que los responsables políticos de Bildu tengan demasiado interés en colaborar en su esclarecimiento.
Es evidente que –si dejamos a un lado la inhumanidad y la falta de empatía con las víctimas que comparten los psicópatas armados americanos y los terroristas de ETA– las circunstancias no son las mismas. No era de esperar en Guecho en 1985 o en Valle de Trápaga en 1991 una reacción cívica y solidaria con unos pobres huérfanos como la que se ha producido en North Shore, pero un mínimo de empatía con las víctimas y con sus hijos, unos corazones menos anestesiados por el miedo o menos endurecidos por la complicidad no hubieran permitido la desatención o la indiferencia ante esos niños que acababan de presenciar el asesinato de sus padres.
Y estas actitudes reprobables engrandecen más el heroico valor, la conciencia cívica y el compromiso democrático de muchas otras personas que en el País Vasco y en Navarra han defendido a España y a la libertad con su participación en partidos constitucionalistas o en movilizaciones contra el terrorismo y sus cómplices. Con su negativa a dejarse amedrentar han escrito, desde hace muchas décadas, una página gloriosa de la historia de España. A ellos quisiera añadir a los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y de otros cuerpos policiales, a muchos valientes funcionarios y también a aquellos ciudadanos que, cualquiera que fuesen sus convicciones ideológicas, han sabido resistir como presidentes de una mesa electoral las presiones de sus vecinos representantes o simpatizantes de los distintos brazos políticos de ETA para que permitiesen el voto con el «DNI vasco», de lo que he sido testigo en varias de las ocasiones en que he sido apoderado en las elecciones en Guipúzcoa.
Muchas de las víctimas de ETA fueron miembros del Partido Socialista. Muchas de esas personas que tuvieron un comportamiento heroico en defensa de la Constitución y la libertad militaban, y militan, en el PSOE. Estoy seguro que el infame pacto del Gobierno de Sánchez con Bildu sobre la Ley de Memoria Democrática les ha causado vergüenza y desolación, tras muchos años de amenazas y de humillaciones. De vivir escoltados, de mirar bajo el coche, de tener que salir del País Vasco o de Navarra para que sus familias pudieran vivir en paz. Esta es la verdadera memoria histórica reciente de España y no la desmemoria que, coaccionado parlamentariamente por el brazo político de ETA, nos quiere imponer el Gobierno de Sánchez.
El miedo, la complicidad y la desmemoria culpable no pueden triunfar por encima de la memoria, dignidad, justicia y verdad que debemos a las víctimas del terrorismo y del valor cívico y el compromiso democrático demostrados por tantas personas durante muchos años en el País Vasco y en Navarra. No debemos permitirlo.
  • Luis Peral Guerra es doctor en Historia y coordinador del grupo de trabajo de Libertad en la iniciativa NEOS
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