Monarquía, democracia, tradiciones
Me sorprendió la felicitación navideña de la Casa Real: la Familia en un paisaje rural, sin símbolo alguno de la Navidad, del Nacimiento de Cristo. Supongo que en el mensaje regio televisado figurará un árbol navideño y acaso al fondo un Nacimiento. O no
Para que no haya juicios erróneos, señalaré que mi familia llegó a España tras un difícil momento en Flandes. Siempre católicos y leales a la Monarquía española. Fueron consecuentes. Jean Van Halen murió en prisión por defender sus ideas, y Simón Van Halen, su hijo, fue asesinado en Gante durante las revueltas. Una curiosidad: los Van Halen compraron, en 1323, el castillo y tierras de Prinsenhof, en Gante, que en las sucesivas confrontaciones pasó a los condes de Flandes. Entre aquellos muros nacería, en 1500, el futuro Emperador Carlos V. Tras el traslado a España de los dos hermanos mayores a finales del XVII, la familia figuró en la Armada Española, con más de veinte marinos a lo largo de dos siglos. No existe el mínimo atisbo antimonárquico en este artículo.
Me sorprendió la felicitación navideña de la Casa Real: la Familia en un paisaje rural, sin símbolo alguno de la Navidad, del Nacimiento de Cristo. Supongo que en el mensaje regio televisado figurará un árbol navideño y acaso al fondo un Nacimiento. O no. La felicitación del Rey padre y la Reina Sofía, protagonizada por cinco perros, tampoco es un ejemplo. ¿Qué nos ha ocurrido para alejarnos de las tradiciones que mantuvo España? La Monarquía, en tiempos ariete de la Fe por la que murieron tantos españoles por esos mundos, deja a un lado los símbolos de esa Fe. Durante muchos siglos el tratamiento de nuestros Reyes fue «Su Católica Majestad».
Asumimos fórmulas más bien confusas en sus objetivos reales. Una mundialización, globalismo para muchos, alrededor de ciertos deseos, la «agenda 2030», que no entienden muchos españoles. Otro cuento de la lechera. En una fotografía veo al Rey con una insignia del llamado globalismo. Prefiero el Toisón, algo suyo, y por ello, nuestro. La Constitución recoge: «El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones…». Pero un árbitro pita las faltas, atiende al desarrollo del partido, no se identifica con ninguno de los equipos enfrentados en el campo de juego. Es de todos porque no es de ninguno.
El desprecio a la religión, cuando no su persecución, es recurrente. En 1919 el rey Alfonso XIII proclamó la consagración de España al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles ante una imagen monumental de piedra. En julio de 1936, la imagen fue fusilada por milicianos, tras asesinar a cinco jóvenes de Acción Católica que encontraron allí. Días después, ya en agosto, volaron el monumento con dinamita. La prensa izquierdista tituló: «La desaparición de un estorbo». La British Paramount News y el Daily Mail publicaron fotografías de los fusilamientos. Existen también grabaciones. España, históricamente, es una nación de bandazos, y acaso vivimos un bandazo. En Europa se debilita el cristianismo, que es su origen, y se potencia el islamismo. Pensemos en la Navidad y el Ramadán, por ejemplo.
El Rey Juan Carlos, al que tantos atacan, cuenta en su vida con aciertos y errores, como todo ser humano, pero últimamente se cierne sobre él una inducida desmemoria. Se olvidan sus servicios a España y se resaltan sus fallos. El tema se desmadró cuando la entonces vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, buscó en Zarzuela que el Rey padre abandonase España. Lo consiguió. Se convertía, por deseo de Sánchez, sin reproche judicial alguno, en un ciudadano privado de sus derechos. En un desterrado.
El último episodio es la sorprendente ausencia de Don Juan Carlos en la conmemoración del cincuentenario de su reinado. Sin obligación legal alguna asumió el camino que conduciría a la democracia, a un nuevo entendimiento del futuro. Con los errores y aciertos que cada uno aprecie desde su libérrima opinión. Torcuato Fernández Miranda, una gran cabeza, persona a la que traté, lo consiguió «de la ley a la ley». Una de nuestras líderesas estrella de la izquierda, y no por las luces de su entendimiento, aseguraba que la democracia se había conseguido en las calles. ¿Se lo creerá? Evidenciaba su carencia de información. Aunque no sería la primera vez que padeciésemos ignorancia desde un partidismo ciego. Léase la conversación de Franco con Vernon Walters, enviado de Nixon, en 1971, ya desclasificada, incluida, en parte, también en sus Memorias. Franco anunció a Walters que tras su muerte llegaría la democracia.
Con poco más de veinte años acudimos a Zarzuela cuatro o cinco amigos, no todos precisamente monárquicos. Don Juan Carlos era entonces para los monárquicos Príncipe de Asturias, como varón primogénito de Don Juan. Le preguntamos qué ocurriría si él llegaba al trono. Con ambas manos se abrió la chaqueta. Supongo que empleó ese gesto por si le estaban grabando. Quedaba claro que su intención era la apertura. Y ahora jóvenes alzados a la política, que desautorizan la Transición, nos revelan que la democracia se debió a la movilización popular. Qué cosas. Carrillo, y otros miembros del exilio inteligente, lo entendieron. El Rey desde la ley era la única fórmula.
Lo crea o no Zarzuela, y pienso que no se ignora, el sanchismo tiene a la Corona como objetivo a medio o largo plazo. Otra cuestión es que pueda cumplirlo. Hay no pocas evidencias. Mientras, la Corona es utilizada. El viaje del Rey a China fue un ejemplo más. Conociendo el percal no debe sorprendernos casi nada. Después del «caso Huawei», ahora Puente anuncia que comprará trenes a China. Pensemos en quién se beneficiará. Zapatero, omnipresente. ¿Y quién más?
- Juan Van-Halen es escritor. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando