28 de mayo de 2022

En primera líneaHiginio Marín

El progresismo como mentalidad (I)

La historia y la civilización no son más que la perpetuación de ese mal institucionalizado en la propiedad privada y la valla que la defiende. Ahí el hombre se hace enemigo del hombre, enemigo de sí y de la humanidad misma

Conocer nuestro tiempo requiere comprender los modos de pensar y vivir predominantes en nuestras sociedades. De entre ellos, el progresismo es, más que una mera ideología, el modo de concebir la realidad predominante en la cultura moderna.
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Lu Tolstova

En esa dirección, es difícil exagerar la importancia de J. J. Rousseau y su idea de un ‘hombre natural’ cuya feliz inocencia se debía a la exacta coincidencia entre deseos y necesidades. El mundo resultaba más que pródigo y abundante para alguien con necesidades tan elementales, y esa armonía psico-físico-mundana es la secularización filosófica del paraíso.
Nada perturbaba aquella feliz condición. Mas, una vez, un individuo experimentó como deseo una necesidad para la que encontró su satisfacción, y, como siempre, la necesidad se apagó. Sin embargo, el deseo no se desvaneció con ella, sino que quedó fijado en el objeto como un nuevo deseo sostenido desde sí mismo y que, casi como un gemido, profirió una voz inaudita: «¡mío!».
Mediante ese deseo que excede lo necesario, y que es el origen de la propiedad privada, el mal entró en la historia y el hombre perdió la inocencia en la civilización y sus depravaciones. Desde entonces, hay pobreza y violencia sobre la tierra. La historia y la civilización no son más que la perpetuación de ese mal institucionalizado en la propiedad privada y la valla que la defiende. Ahí el hombre se hace enemigo del hombre, y, desapercibidamente, enemigo de sí y de la humanidad misma.
Establecido el diagnostico, Marx y Engels formulan la terapia y el pronóstico: la aniquilación del mal y la restauración del paraíso en la tierra requiere la supresión de la propiedad y del sistema de creencias que la sustenta. Es necesario restablecer la feliz simetría entre necesidades, deseos y satisfacciones mediante la producción de bienes estatalmente planificada. Será inevitable, por tanto, una pedagogía severa –la dictadura del proletariado– que discipline el deseo hasta que renazca una sociedad fraternal.
Así, «los odios que al mundo envenenan, al punto se extinguirán». Y eso, no en general, sino en un futuro preciso y tan próximo como sean removidos sus obstáculos. La violencia y la represión ensangrentaran las manos revolucionarias, ciertamente, pero como las de un cirujano social. Por eso, el socialismo revolucionario progresa «matando canallas con cañón de futuro», como todavía trova el cubano Silvio Rodríguez.
Pero, como el paraíso se hacía esquivo y el terror totalitario no alcanzaba a aniquilar el mal, se hacía necesaria una variante que asumiera un resignado pero eficiente realismo: el mal no es eliminable por completo de la historia, y, por tanto, el paraíso es una referencia utópica, aunque imprescindible para orientar la historia.
Por eso, el socialismo resignado a la tolerancia del mal acepta la alternancia política y la necesidad del mercado, es decir, se hace socialdemocracia. Pero, a sabiendas de que el mercado y la oposición política son los agentes del egoísmo. En su contra, el progresismo se sabe la encarnación de los ideales históricos de la humanidad compasiva. Así que ser progresista y ser bueno resulta ser lo mismo.
Además, como vieron Hegel y Rousseau, se puede hacer nacer «nuestra dicha de los medios que parecían colmar nuestra desgracia». Así como los reactores nucleares producen una colosal energía letal, que debidamente blindada se transforma en benéfica, así también la codicia capitalista transformada fiscalmente por el Estado, se convierte en servicios públicos igualitarios. Así el mal se convierte en bien e impulso para la creciente realización de la utopía que significa el estado del bienestar.
Sin embargo, esta primera gran oleada del progresismo había desatendido la causa del persistente malestar en el seno del bienestar. Y es que el deseo sexual también profirió su «mío», es decir, la apropiación de su objeto más allá de la necesidad, instituyendo la propiedad en el seno de las relaciones sexuales: el matrimonio heteropatriarcal.
Marx se hizo freudiano (Engels, Reich, Marcuse). Así que las cuestiones medulares ya no son las sociolaborales, sino las relativas a la institución familiar. En el matrimonio la lucha de clases suscita un nuevo proletariado: las mujeres y los jóvenes. El propietario de los medios de producción quiere serlo también de los medios de reproducción sometiendo a la mujer como esposa y madre de una prole sojuzgada.
La liberación sexual es la restauración de la armonía entre necesidades sexuales, deseos y satisfacciones socialmente disponibles encarnada en la juventud como vanguardia moral. De ahí que la ‘educación’ sexual de los niños a cargo del Estado y fuera del influjo familiar no sea un azar, sino un objetivo irrenunciable para el sentido común progresista: «simplemente, (decía W. Reich en 1936), eliminamos las represiones sexuales infantiles y disolvemos los vínculos con los padres».
Así, la educación se hace la forma ejecutiva del poder modelador de los Estados y sus políticas progresistas. Y otro tanto ocurre con los medios de comunicación y las producciones culturales que refuerzan un sistema informal pero efectivo de ‘formación continua’ de la ciudadanía.
La nueva terapia del deseo consiste otra vez en recomponer la armonía entre deseos y satisfacciones, pero ahora la medida del deseo ya no surge de las necesidades, sino de las satisfacciones disponibles y siempre crecientes gracias a los desarrollos tecnocientíficos. Satisfacciones que, por primera vez, anteceden y amplían los deseos originándolos: es la sociedad de consumo como estrategia de saturación del deseo en el bienestar estatalmente administrado.
Así que la naturaleza, también la física, ha sido desplazada como criterio por la tecnociencia, cuyos progresos generan novedades que se industrializan como ofertas del mercado, se interiorizan como necesidades y se legislan como derechos. Para el progresismo, esa transformación anómica de los deseos en derechos realizada por el Estado, es todo cuanto hemos sido capaces de acercar el paraíso a la tierra.
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