23 de mayo de 2022

TribunaJosep Maria Aguiló

Linus y su manta

El sutil y fino humor de sus historietas nos mostraba un mundo que a veces parecía que no acababa de ser del todo justo, sobre todo si uno era un niño o un adulto con alma de niño

Dicen quienes me conocen que soy de natural indeciso, y debe de ser verdad. Sirva como ejemplo quizás más llamativo que en su momento tardé varias semanas en decidir qué fotografía o imagen debía poner en mi nuevo perfil de WhatsApp. Durante todo ese tiempo estuve sopesando si debía subir una foto mía reciente, una de mi infancia, una de un paisaje otoñal, una con el escudo del Real Mallorca o una con una frase especialmente llamativa e ingeniosa.
Tras valorar otras posibles opciones visuales, al final me decanté por poner en mi perfil de WhatsApp a uno de los personajes más entrañables de las maravillosas tiras cómicas de los Peanuts, el niñito Linus van Pelt y su inseparable manta azul. De todos los personajes creados por el gran historietista y dibujante norteamericano Charles M. Schulz, me decidí por Linus porque es el que siempre he sentido más próximo y parecido a mí. La única diferencia esencial entre Linus y yo sería que de niño yo era un poco más de peluches que de mantas, aunque recuerdo que tuve una frazada a cuadros que también me hacía mucha compañía y que solía llevar arrastrando por toda la casa.
Si no hubiera elegido a Linus para presidir mi cuenta de WhatsApp, seguramente me habría decantado por su mejor amigo, Charlie Brown –Carlitos–, o por Snoopy, que sin duda son los dos personajes más populares y queridos de los Peanuts. En mi caso, mi cariño especial por Linus quizás se deba también a que es el personaje más bueno y desvalido de todos los que aparecen en esa tira cómica. Le aprecio tanto que desde el momento mismo en que lo puse en mi móvil, hace ya más de una década, lo he mantenido invariablemente siempre en él. Así lo podrían corroborar mis familiares y amigos, así como también todas las personas desconocidas, asociaciones misteriosas y nuevas entidades bancarias que a lo largo de estos años han tenido a bien enviarme algún WhatsApp.
Los míticos Peanuts empezaron a publicarse el 2 de octubre de 1950, en siete diarios de Estados Unidos. Con el tiempo, su fama llegaría a ser tal, que llegarían a editarse en más de 2.600 periódicos de todo el mundo. Yo los empecé a leer en los años setenta. Ahí estaban ya no sólo Carlitos, Snoopy o Linus, sino también Lucy van Pelt, Sally Brown, Schroeder, Woodstock, Peppermint Patty, Marcia o Franklin, entre otros. Años después, sus fans pudimos disfrutar también de sus aventuras en la televisión, gracias a la serie realizada por otro grande de la animación en Estados Unidos, Bill Meléndez. Mi incipiente «peanutsmanía» se consolidaría definitivamente en los años ochenta, momento en el que compré unos pequeños volúmenes recopilatorios, que entonces publicó el Grupo Grijalbo-Mondadori. Todavía hoy los conservo.
A los seguidores incondicionales de los Peanuts siempre nos gustó mucho el mundo que Schulz mostraba en sus pequeñas –grandes– historias, un universo en el que era posible sentirse perfectamente reflejado a poco melancólico, solitario o tímido que uno fuese o que así se sintiera. El sutil y fino humor de sus historietas nos mostraba un mundo que a veces parecía que no acababa de ser del todo justo, sobre todo si uno era un niño o un adulto con alma de niño.
En aquel microcosmos infantil, en ocasiones era tan difícil poder aprobar un examen en la escuela como llevarse bien con los propios hermanos, entenderse adecuadamente con los vecinos o llegar a ser correspondido en el amor, sobre todo en el primer amor. Pero esos y otros pequeños contratiempos cotidianos no llegaban a ser casi nunca demasiado graves o severos y, además, nos eran mostrados con una mirada siempre humana, tierna y compasiva por parte de Schulz.
Los Peanuts se publicaron en la prensa de manera regular hasta el 13 de febrero de 2000, un día después de la muerte de su creador, a los 77 años de edad. Seguramente, todavía hoy es posible encontrar en la memoria de millones de personas de todo el mundo un rincón muy cálido y agradable en el que aparecen, indistintamente, Snoopy persiguiendo al Barón Rojo, Carlitos intentando hacer volar una cometa, Linus abrazando su muy querida manta, Lucy dando sabios consejos psicológicos por apenas cinco centavos o Schroeder interpretando con pasión romántica al maestro Ludwig van Beethoven.
Desde casi las primeras lecturas de los Peanuts, los fieles más devotos de Schulz intuíamos que Snoopy no terminaría de escribir nunca su primera novela, que Charlie Brown seguiría sin ganar un solo partido de béisbol o que Linus nunca vería llegar la Gran Calabaza, pero ello no nos disuadía entonces ni nos disuade ahora de seguir disfrutando de esas historias llenas de encanto, inteligencia y piedad hacia sus protagonistas. Además, a veces se producían pequeños e inesperados milagros. Así, en una tira de los años ochenta Peppermint Patty respondió por vez primera correctamente a una pregunta que le habían hecho en clase, mientras que en una tira de los años noventa Charlie Brown consiguió su primer home run en un partido de béisbol. Como me enseñó el bueno de Linus junto a su manta, ni en el cómic ni en la vida hay que perder nunca la esperanza.
  • Josep María Aguiló es periodista
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