10 de agosto de 2022

TribunaÁlvaro de diego

Buscando un Goethe desde dentro

La biografía del alemán fue un drama si se le aplica su propia idea de existencia, esa forma interna de una vida que, consciente o inconscientemente, se realiza en cada hecho y en cada palabra

El padre del cineasta Vittorio De Sica era pobre, pero vestía impecablemente. Don Umberto no compraba su elegancia. La obtenía manejando el arma blanca, es decir, a sablazos. En cierta ocasión, se topó en la calle con su indignado sastre, desesperado por cobrar. De partida, se zafó del zarandeo, no se le fuera a arrugar el traje… Acto seguido, extrajo un papel del interior de aquella chaqueta de corte perfecto. Se trataba de un extenso listado de acreedores. Se lo mostró al costurero, que figuraba en primer lugar, y le conminó a dejar de importunarle. De reincidir, le colocaría al final de la lista.
En la universidad, el vértigo del día a día suele distraernos de lo que de verdad importa. A veces no somos capaces de establecer un catálogo de prioridades. «¿Qué significa para usted ser catedrático?», fue el sencillo interrogante. Un profesor no supo bien cómo responderlo en su ejercicio de promoción al más alto escalafón universitario. José Ortega y Gasset sí pareció atender a la cuestión de qué significa, en realidad, ser un hombre de ciencia. Lo hizo en 1932 cuando remitió el texto «Pidiendo un Goethe desde dentro» a una revista de Berlín. Se le había solicitado un comentario en torno a la figura del escritor alemán en el centenario de su muerte. Y el «primer filósofo de España y quinto de Alemania», según la satírica La Codorniz, señaló el principal problema de su tiempo. La universidad había roto con la tradición y debía regresar al pasado, en busca de sus fundamentos y del auténtico «arsenal de instrumentos, de medios, de recetas, de normas» con que encarar el porvenir. Así enmarcaba Ortega su singular homenaje y reproche al autor del Fausto.
A su juicio, Goethe resultaba el mejor ejemplo de clásico elevado a partir del pilastrón de otros clásicos. Este hombre extraordinario, por sostenerse «con las rentas de todo el pasado», hacía buena la idea de que, como las orquídeas, que nunca crecen en el aire, la cultura requiere de raíces. Es así que, concluía Ortega, la universidad, en tanto que albacea del conocimiento profundo, sólo puede ser portadora de tradiciones previas.
No obstante, el pensador español acababa por censurar a Goethe por haber vivido «hacia dentro», sin compromiso con su tiempo. La biografía del alemán fue un drama si se le aplica su propia idea de existencia, esa forma interna de una vida que, consciente o inconscientemente, se realiza en cada hecho y en cada palabra. El gigante de Fráncfort del Meno, poeta, pintor, botánico, hombre de ciencia y muchas otras cosas, fue siempre un titán insatisfecho, el ser humano que desertó siempre de su destino íntimo. En su recorrido vital, hubo algunos destellos de autenticidad. Extrañamente son los que más crítica han merecido. En su viaje a Italia, inmediatamente previo a la Revolución Francesa, parece encontrarse a sí mismo en el trato directo a las personas, en los pies doloridos o en la inédita resolución de los pequeños problemas cotidianos a los que siempre ha sido ajeno (abonar una comida o buscar un alojamiento). En el anochecer de Valmy, en medio del barro, mientras le abrigan océanos de luceros, se fascina con un ejército de andrajosos: «De hoy y de este lugar data una nueva era en la historia del mundo». Años después, se presenta ante Bonaparte en Erfurt. Un nuevo Aristóteles implora la breve audiencia de otro Alejandro que, desdeñoso, le mantiene en pie, sin el decoroso ofrecimiento de una modesta silla. Nada revela mejor la mala conciencia de Goethe que la opacidad posterior con que distingue a Eckermann al respecto. No desvela al devoto biógrafo los puntos de discordia con Napoleón a propósito del Werther. Y rehúye profundizar en la figura que un día le había calado hasta los tuétanos… más, mucho más que aquel aguacero que en Valmy acabó por derribar a un rey e inauguró una engañosa «era de los pueblos».
En Weimar, en la corte del Gran Duque, Goethe acaba de desfallecer. La silla que no pidió en Erfurt se transforma aquí en un Ikea al completo de divanes a los que abandonarse. Ortega apunta la desazón final de su «wertherismo incruento»: «Lo que hizo allí la pistola, lo hace aquí su indiferencia».
Por eso, aquel catedrático estupefacto que soy yo admira a Goethe y repudia el espíritu cómodo y palaciego de Weimar. Y quisiera, quizá por falta de talento, parecerse más al modesto y desastrado Eckermann, el hombre fascinado por el autor del Werther, el biógrafo final del mayor talento de sus días. Quien, hijo de aparceros miserables, fue soldado y se costeó con infinito sacrificio una educación que le llevó hasta la intimidad del genio. Al poeta que no sabe moverse en ambientes cortesanos, pero al que se desconoce un reproche. Al discreto doctor por la Universidad de Jena. Al tierno corazón que se deshace en lágrimas ante el cadáver de su maestro. Al ser humano que desconoce la pirandelliana angustia. Al moroso que, como don Umberto de Sica, sabe cómo jerarquizar sus deudas.
  • Álvaro de Diego es director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales de la Universidad CEU San Pablo
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