26 de septiembre de 2022

tribunaLuis Rodrigo de Castro

'Arrivederci', Mario

La Unión Europea y los mercados financieros aguardan el nuevo «susto o muerte» que, a modo de resultado electoral, puede sumir a Italia en su enésima crisis institucional

Cada vez que Italia se encamina hacia unas nuevas elecciones generales, la Unión Europea y sus Estados miembros contienen la respiración.
En los últimos diez años, el Palazzo Chigi, sede de la Presidencia del Consiglio dei Ministri, ha visto sucederse a siete titulares diferentes (Berlusconi, Monti, Letta, Renzi, Gentiloni, Conte y Draghi), de los cuales ninguno consiguió permanecer en el cargo durante una legislatura completa y menos de la mitad había encabezado la lista de su propio partido en las elecciones inmediatamente anteriores.
Es más, el hecho de haber conseguido aguantar en el puesto durante más de dos años puede considerarse ya casi una proeza de funambulismo político, en parte debido a la gran fragmentación de un legislativo italiano perfectamente bicameral en el que tanto la Camera dei Deputati como el Senato (Cámaras Baja y Alta, respectivamente, del Parlamento transalpino) poseen, de manera independiente e igualitaria, la capacidad para retirar su confianza al Ejecutivo y hacerlo caer de manera inmediata aun a pesar de mantener el apoyo parlamentario en la otra cámara.
Además, en esta última década, la política italiana se ha distinguido especialmente por la formación de Gobiernos de coalición encabezados en su mayoría por tecnócratas y sustentados de manera transversal por fuerzas políticas muy diversas con bastante poco en común provenientes de lo largo y ancho del arco parlamentario cuyo amplio respaldo inicial acaba convirtiéndose, a medio y largo plazo, en un verdadero desafío para la propia supervivencia de la coalición gubernamental por no decir incluso en la causa de su defunción.
Las elecciones del próximo domingo 25 de septiembre supondrán el fin del mandato de Mario Draghi al frente del Ejecutivo italiano. A pesar de los escollos nada desdeñables que ha tenido que afrontar, el otrora presidente del Banco Central Europeo y autor del famoso «Whatever it takes» que en 2012 evitó el colapso de la moneda única garantizando con ello su supervivencia en plena crisis financiera, deja un balance de gestión bastante aceptable como atestigua una campaña de vacunación contra la COVID-19 que consiguió inocular, en un plazo relativamente breve, la pauta completa a casi el 94 por ciento de los italianos; la negociación y gestión de los fondos europeos Next Generation para la recuperación económica pospandemia a través del aplaudido Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia, o la reducción de la tasa de desempleo a niveles inferiores al 8 por ciento y un PIB en crecimiento superando los niveles prepandémicos.
Sin embargo, si hay algo en lo que el «premier» Draghi ha fracasado ha sido en intentar embridar a la clase política italiana, cosa que, dicho sea de paso, aparece casi como una labor tan titánica que ni siquiera el gran 'Súper Mario' podría haber conseguido.
Sin embargo, esta vez las elecciones serán en parte diferentes a las anteriores y no solo porque por primera vez una mujer posea serias posibilidades de convertirse en primera ministra de un país en el que tradicionalmente la política está dominada por el género masculino, sino porque, por fin, será aplicada la tan ansiada reforma constitucional que recortará el número de diputados de 630 a 400 y el de senadores de 315 a 200.
Así, mientras la «lideresa» de Fratelli d'Italia, Giorgia Meloni, y el ex primer ministro y candidato del Partido Democrático, Enrico Letta, se baten el cobre para intentar arañar votos que pueden llegar a resultar decisivos para decantar la balanza del Gobierno en favor de uno u otro de los dos bloques, la Unión Europea y los mercados financieros aguardan el nuevo «susto o muerte» que, a modo de resultado electoral, puede sumir a Italia en su enésima crisis institucional.
  • Luis Rodrigo de Castro es profesor colaborador doctor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad CEU San Pablo
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