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TribunaJuan José Gutiérrez Alonso

La gente ha enloquecido

Se trata de algo así como «frenar a la ultra, mega, extrema derecha». Y ahí entonces cabe todo. Desde ajusticiar a alguien por un exceso verbal hasta ilegalizar partidos o candidaturas y hasta orientar leyes y jurisprudencias

¿Pero qué es esto? ¿Qué disparate es este? ¿Qué perturbador hechizo está afectando a tantas personas? ¿Cómo puede estar ocurriéndonos algo así?

Dicen desde el CIS que la inmigración es la segunda preocupación de la ciudadanía española. No sabemos si esto es así, porque total, el año pasado decían que era la primera, pero sea como fuere, en el pódium está la cuestión. Algo parecido sucede en otros países de nuestro entorno, como Francia, Alemania, Suecia, Italia, Grecia o Portugal.

Pero ¿por qué? ¿Cómo va a ser eso? ¿Cómo es posible que el populismo y el fascismo se abra paso entre nosotros a esta velocidad? ¿En qué hemos fallado como sociedad? ¿Qué poderosas fuerzas, qué monstruosas supercherías y confabulaciones pueden conducir a esta situación si hemos gastado miles de millones durante años para hacer creer lo contrario y todos deberíamos ser felices?

Es una encrucijada peligrosa, dicen en los despachos que preparan los informativos matinales, los de mediodía y también los nocturnos. Tenemos que monitorizar bien para no contribuir a esta deriva, hay que uniformar contenidos para no dar alas a este movimiento. Debemos hacer lo que haya que hacer, hablar incluso con la competencia, exaltar lo que haya que exaltar, y silenciar lo que haya que silenciar para controlar la opinión pública, antesala del voto. Tengamos claro que no importa la verdad, sino el fin. Las audiencias deben sentir el rechazo, el error, el reproche, la desviación, incluso moral. Afirman con rostro serio y ceño fruncido.

Es así. A esto hemos llegado. A un mundo de realidades paralelas donde se magnifican unas cosas y se silencian otras, siempre a conveniencia, porque alguien ha decidido que hay un fin más elevado que debemos tutelar. Siempre ha sido un poco así, dirá alguien, Cierto, pero ahora, por resumirlo, se trata de algo así como «frenar a la ultra, mega, extrema derecha». Y ahí entonces cabe todo. Desde ajusticiar a alguien por un exceso verbal hasta ilegalizar partidos o candidaturas y hasta orientar leyes y jurisprudencias.

Y esto explica precisamente los desvaríos, la confusión y la degeneración institucional y también el mercado de la opinión pública. Porque, seamos sinceros, nunca fue necesario asimilar la inmigración china al descubridor de la brújula, pero como tenemos los juzgados y centros penitenciarios llenos de extranjeros de una muy marcada procedencia (véase datos oficiales), por algún motivo, nos intentan convencer de que esa inmigración es lo más parecido a Azarquiel, descubridor del astrolabio, a los desarrolladores del alambique o el almíbar en la repostería. Como si todos los que llegan fueran, en efecto, Zyriah. Discurso cerrado.

Y si a usted se le ocurre decir, o pensar, que algo que no funciona en este planteamiento, entonces será catalogado como ultraderechista peligroso y hasta procesado por odio. No sabemos si condenado, pero las extravagantes leyes de otras latitudes ya asoman también por nuestras ventanas. Si le sucediera, dígale al juez que usted es como Gania, el personaje de Dostoievski en El idiota; aclárele que vive con intensidad la irritación, que se entrega sin freno a ella, casi con deleite o despecho de las consecuencias. Que resuelva pronto, en un sentido o en el contrario, porque, total, qué más da. Pero que le deje en paz.

Pero volvemos al CIS, porque al CIS no sabemos si se le puede condenar, pero es el CIS quien impulsa a los medios de comunicación, con esa soberbia y prepotencia tan característica de hoy día, a presentar las preocupaciones ciudadanas y los cambios demoscópicos, esto es, la reorientación del voto, como algo insólito, repentino, preocupante y hasta esquizofrénico.

El CIS se pronuncia, y ya los medios hacen su parte. No hay motivos ni razones que expliquen, y mucho menos que justifiquen, esto que puede ver venir cualquier abuelo de plaza de pueblo. Preocupa el voto. Claro, el voto, esa cosa que los poderes establecidos, el sistema mismo, nos ha dejado a los ciudadanos.

¿Qué sucederá entonces cuando se abran las urnas? ¿Se habrán dado cuenta de lo que estamos haciendo? ¿Saldrán nuevas fuerzas de aljibes soterrados o los planificadores lo evitarán?

A la fecha, seamos sinceros, gana sin duda Orwell. Porque lo importante, según vemos a diario, sigue siendo el partido. La ley de la gravedad no existe. Lo que ves con tus ojos no existe. No es así. Hay una explicación, son percepciones, dicen unos. Pero si el partido te dice que flotas, entonces flotas, y ya está, afirman otros. Si el partido te dice que estés dispuesto a ocultar lo que haya que ocultar, e incluso a autolesionarte, debes estar abierto a ello. Sin rechistar. En nombre de la democracia y el pluralismo, eso sí. Porque estamos defendiendo la democracia.

  • Juan J. Gutiérrez Alonso es profesor de Derecho administrativo de la Universidad de Granada
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