Elogio del fracaso
Los perdedores desarrollan humor, ironía, redes horizontales de conocimiento, formas de resistencia que enriquecen la cultura, mucho más que los discursos triunfales oficiales. La historia la escriben los ganadores; la vida, muchas veces, la salvan los perdedores
El éxito no necesita campañas de marketing. El éxito nos halaga, nos confirma, nos infla, y nos agrada. Sin embargo, una vez conseguido, se incorpora rápidamente al yo como algo natural, casi como un atributo más del cuerpo. No nos detenemos demasiado a pensar en él; hemos triunfado porque es como somos. Nos complace imaginar lo que hemos conseguido como un atributo necesario de nuestra personalidad.
El fracaso, en cambio, llega como un intruso: algo que no debería haber ocurrido, algo que nos avergüenza y repele. Lejos de considerarlo como algo esencialmente nuestro, tendemos a verlo como algo accidental, un pathos «que nos ha ocurrido» pero que no es nuestro. Precisamente por eso no se disuelve en nosotros de forma automática; exige trabajo, reflexión, duelo. Y como consecuencia, mientras que el éxito nos constituye poco; el fracaso, mucho.
Los animales fallan, pero no fracasan. Un león que no atrapa a la gacela simplemente falla, se aleja y vuelve a intentarlo o se conforma. No maldice, no se deprime, no escribe diarios. El fracaso es un fenómeno exclusivamente humano porque requiere expectativa, proyecto, imaginación del futuro. Fracasamos porque nos atrevemos a querer ser algo determinado y no lo conseguimos. En esa distancia entre lo deseado y lo alcanzado, es el espacio donde se forja la personalidad auténtica.
El fracaso es, por tanto, un transcendental de la existencia: atraviesa la vida de punta a punta. Solo escapamos de él disolviéndonos, como dice Heidegger, en el 'uno', en la charlatanería pública, en la vida entretenida y superficial que nos protege de mirarnos a nosotros mismos, de coger nuestra vida en peso. Quien nunca se compromete profundamente nunca fracasa de verdad; picotea, prueba, abandona. Las tiendas de segunda mano están llenas de guitarras a medio aprender, aficiones que no llegaron a cuajar, experiencias que no llegamos a convertir en parte de nuestra personalidad. Son la oda al fracaso del fracaso.
En la sociedad contemporánea hemos convertido el éxito en el único dios tolerable. Byung-Chul Han lo diagnostica con precisión quirúrgica: vivimos en la sociedad del rendimiento donde el sujeto se autoexplota creyendo que se realiza. El explotador y el explotado son la misma persona. Ya no hay un amo externo que nos obligue; nos obligamos nosotros mismos en nombre de la libertad, la optimización y la marca personal. El burnout y la depresión ya no son enfermedades de la represión, sino del exceso de positividad obligatoria. Nos cansamos de nosotros mismos, de obligarnos a triunfar.
Esta obsesión por el éxito nos aleja de la felicidad, mucho más que cualquier fracaso. El fracaso, paradójicamente, es kenótico: nos vacía. Nos obliga a soltar la imagen idealizada que teníamos de nosotros, a reconocer nuestra finitud, a hacer sitio. Solo desde ese vacío puede surgir la metanoia, el cambio de mente, el arrepentimiento que abre paso al aprendizaje real.
Viktor Frankl lo vio con claridad en los campos de exterminio: el sentido no se encuentra en el placer ni en el poder, sino muchas veces en la actitud que adoptamos ante el sufrimiento inevitable. El fracaso nos recuerda que no controlamos casi nada, pero dentro de ese «casi», está el hecho de que siempre podemos elegir cómo responder a los acontecimientos de nuestra vida. Esa es la última libertad.
El antropólogo japonés Masao Yamaguchi dedicó sus últimos años a lo que él llamaba la haisha-gaku, la «ciencia de los perdedores». Los que no han conseguido, desde el punto de vista de la sociedad, sus objetivos. Desde la periferia, desde los derrotados, surge una creatividad que los vencedores nunca alcanzan. Los perdedores desarrollan humor, ironía, redes horizontales de conocimiento, formas de resistencia que enriquecen la cultura, mucho más que los discursos triunfales oficiales. La historia la escriben los ganadores; la vida, muchas veces, la salvan los perdedores.
René Girard nos enseñó otro mecanismo profundo: solo hay conversión verdadera cuando pasamos de vernos víctimas a reconocer que también hemos sido verdugos. La conciencia de víctima nos atrapa en la venganza mimética; saberse verdugo abre la posibilidad de la kenosis conversiva, del vaciamiento que permite poner la otra mejilla. El fracaso bien asumido nos obliga a esa humildad dolorosa: descubrir que hemos perseguido, que hemos fallado moralmente, que hemos sido monstruos.
Porque el monstruo, tal como nos enseña Aristóteles, no es más que un error de la naturaleza en la consecución de su fin. Y nosotros, en última instancia, somos eso: proyectos fallidos que caminan, deseos que nunca se cumplen del todo, criaturas que tropiezan una y otra vez con su propia finitud.
Aceptar el fracaso no es resignación; es un realismo radical. Es hacer las paces con la condición humana. Solo desde ahí puede surgir una vida auténtica, no la existencia alienada que evita a toda costa el espejo del fracaso, sino la existencia propia que asume la angustia, la responsabilidad y la libertad de ser singular.
El éxito nos da cosas; el fracaso nos da a nosotros mismos. Por eso, en el fondo, perdemos mucho más cuando todo nos sale bien que cuando todo nos sale mal.
- Álvaro Berrocal Sarnelli es profesor de Metafísica en el Seminario Diocesano de Cartagena-Murcia