Lalo Schifrin
Seguramente por ello, cuando la Academia de Hollywood le entregó en 2018 el Oscar honorífico, con 86 años de edad, pudo decir con su elegancia y su ironía características: «Recibir este Óscar honorífico es la culminación de un sueño. Esta es una misión cumplida»
Dos de mis películas favoritas de todos los tiempos, La leyenda del indomable y Bullit, tan distintas temática y estilísticamente entre sí, tienen y tendrán siempre un maravilloso nexo de unión, el de la música del maestro Lalo Schifrin, que falleció hace ahora justo un año, a los 93 años de edad.
En La leyenda del indomable, la bellísima y melancólica banda sonora de Schifrin nos daba ya pistas desde el principio de que la azarosa vida de su protagonista, Luke Jackson –un impagable Paul Newman–, posiblemente no tendría el final feliz que él seguramente merecía o que como mínimo hubiera deseado.
Rodada en 1967 por el cineasta norteamericano Stuart Rosenberg, un gran director a menudo no lo suficientemente reconocido, la película forma parte del llamado cine carcelario y su tono es, en general, bastante sombrío, aunque cuenta también con dos o tres contrapuntos humorísticos que han pasado con todo merecimiento a la historia del cine, como cuando Luke apuesta a que es capaz de comerse cincuenta huevos hervidos en apenas una hora.
Tan solo unos días después de haber visto por vez primera La leyenda del indomable, recuerdo que intenté emular aquella especie de hazaña gastronómica de Luke, aunque lo cierto es que no pasé de comerme un huevo y medio al baño maría, en algo más de un cuarto de hora, en una otoñal tarde de domingo adolescente. No hará falta que les diga que nunca más volví a repetir esa fallida experiencia culinaria.
Por lo que respecta a Bullit, Schifrin nos ofrecía en este filme de intriga policial un registro totalmente diferente al de La leyenda del indomable, pero igualmente extraordinario. Aquí era el jazz el estilo musical que estaba presente a lo largo de casi todo el metraje de esta obra maestra, dirigida en 1968 por el británico Peter Yates.
La sobria historia protagonizada por el teniente de policía Frank Bullit –un inolvidable Steve McQueen– se veía además positivamente reforzada por los acordes de Schifrin en cada una de las secuencias clave. Yo destacaría, en ese sentido, el ajustado acompañamiento musical que complementa a la perfección los impresionantes títulos de crédito de esa película, que fueron realizados por el gran diseñador gráfico cubanoamericano Pablo Ferro, un creador que para mí siempre estuvo a la altura de sus otros dos grandes compañeros generacionales de profesión, Saul Bass y Maurice Binder.
De Bullit intenté emular en cierta ocasión la hoy mítica persecución automovilística que tenía lugar por las calles de San Francisco. Como en aquel momento yo aún era un niño, contaba en principio con tres limitaciones esenciales: no tenía todavía el carnet de conducir, no poseía un Ford Mustang GT Fastback de 1968 como el de McQueen y ningún amigo mío disponía de un Dodge Charger RT de 1968 como el de los malos. Aun así, mi mejor amigo en aquel entonces y yo sí teníamos sendos patinetes, que hicimos servir en una temeraria persecución por las habitaciones de mi antigua casa familiar, que acabó con los dos en la Casa de Socorro de Palma, con moratones y contusiones leves. No hará falta que les diga que nunca más volvimos a repetir esa fallida experiencia automotriz.
Volviendo al verdadero protagonista de este artículo, he de reconocer que la primera vez que leí 'Music by Lalo Schifrin' en Bullit pensé que debía de ser un compositor norteamericano con orígenes quizás centroeuropeos. Pero poco después descubrí que en realidad era argentino, lo que me provocó una alegría sobrevenida muy especial. Fue también entonces cuando lo incluí con todos los honores en mi «exclusivo» listado de grandes autores de bandas sonoras, del que ya formaban parte Henry Mancini, Georges Delerue, John Barry, Ennio Morricone, Burt Bacharach, John Williams, Marvin Hamlisch, Jerry Goldsmith o Elmer Bernstein.
A Schifrin le debemos, asimismo, la orquestación de filmes considerados hoy pequeños clásicos a reivindicar, como El rey del juego, Harry el sucio, Los cuatro mosqueteros, Terror en Amityville o Brubaker. Trabajador incansable, la labor creativa de Schifrin no sólo se limitaría a la gran pantalla, pues muy a menudo se centró también en la televisión. Para este medio compondría en 1966 el tema principal de la serie Misión Imposible, una composición absolutamente genial que sería rescatada treinta años después por Tom Cruise cuando dio inicio a la conocida franquicia cinematográfica del mismo nombre.
Aún recuerdo la muy grata impresión que me produjo la primera Misión Imposible, rodada además por mi admiradísimo Brian de Palma. Mientras contemplaba absorto sus títulos de crédito y escuchaba la imperecedera melodía de Schifrin –versionada muy fielmente por Danny Elfman–, pensé que estaba viendo algo grande, pero grande de verdad. Posiblemente, millones de personas en todo el mundo debieron de pensar más o menos lo mismo entonces y también al ver las sucesivas entregas de la saga, lo que contribuyó de manera decisiva a su continuidad a lo largo de casi tres décadas, hasta llegar al año pasado, en que se estrenó su último capítulo, Misión Imposible: Sentencia Final.
Los fans incondicionales de Tom Cruise le pudimos ver en algún que otro momento practicando escalada libre, saltando en motocicleta por un acantilado, subiendo por la acristalada fachada del Burj Khalifa, pilotando un helicóptero, colgando del alambre de una bóveda en la sede de la CIA o agarrándose al exterior de un avión en un despegue. No hará falta que les diga que nunca intenté imitar ninguna de esas acrobacias, porque en caso de haberlo hecho, muy posiblemente ustedes no estarían leyendo ahora este artículo.
Lalo Schifrin siempre fue muy consciente de la importancia del tema originario de Misión Imposible en su popularidad y reconocimiento a nivel mundial, pese a su imponente trayectoria musical previa y posterior. Seguramente por ello, cuando la Academia de Hollywood le entregó en 2018 el Oscar honorífico, con 86 años de edad, pudo decir con su elegancia y su ironía características: «Recibir este Óscar honorífico es la culminación de un sueño. Esta es una misión cumplida».
Así fue, maestro, con una resolución final que no habría mejorado ni siquiera el agente Ethan Hunt y que esta vez, por suerte, sí acabó llegando a tiempo.
- Josep Maria Aguiló es periodista