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TribunaMarcelo Wio

El inconfundible dibujo del telar totalitario

«Entreveo la posibilidad de neutralizar a la prensa con la prensa misma. Ya que hay una fuerza tan grande como el periodismo, ¿sabéis qué haría mi gobierno? Se haría periodista, sería la encarnación del periodismo [...] Como el dios Vishnú, mi prensa tendrá cien brazos, y esos brazos darán la mano a todo matiz de opinión»

Basta con seguir al hilo para encontrar el telar del que surge, el patrón del que forma parte. En 1864 apareció en Bruselas un escrito titulado Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu. Se trataba de una sátira política de un tal Maurice Joly contra Napoleón III –Luis Bonaparte.

En la misma, el Maquiavelo ficcional, como apuntaba Carlo Ginzburg (El hilo y las huellas), no veía salvación posible para una sociedad con «pies de arcilla» –sin más sostén que la credulidad, podría decirse - a menos que es instaurara una centralización a ultranza que ponga toda la fuerza pública a disposición de quienes gobiernan:

«… Una administración jerárquica… que regule mecánicamente todos los movimientos de los individuos; un vasto sistema de legislación que recupere todas y cada una de las libertades que fueron imprudentemente dadas; un despotismo gigantesco, por último, que inmediatamente y en todo momento pueda caer sobre todo aquello que oponga resistencia, sobre todo aquello que se queje».

En otra parte del texto, otra vez por boca de Maquiavelo, el autor decía:

“Uno de mis grandes principios es contraponer cosas similares entre sí. Al igual que uso la prensa contra la prensa, usaré la tribuna contra la tribuna [...]. Diecinueve vigésimos de la Cámara habrían de ser hombres míos que votarían conforme a mi consigna, mientras por mi parte haría mover los hilos de una oposición ficticia y reclutada subrepticiamente.

Esa estrategia - observaba el Montesquieu de Joly a su interlocutor - llevará a «la aniquilación de los partidos y la destrucción de las fuerzas de la colectividad»; aunque, acotaba Ginsburg, la libertad política permanecerá formalmente intacta.

Respecto de la prensa, el Maquiavelo ficcional proponía utilizar fundamentalmente la misma táctica:

«Entreveo la posibilidad de neutralizar a la prensa con la prensa misma. Ya que hay una fuerza tan grande como el periodismo, ¿sabéis qué haría mi gobierno? Se haría periodista, sería la encarnación del periodismo [...] Como el dios Vishnú, mi prensa tendrá cien brazos, y esos brazos darán la mano a todo matiz de opinión sobre la faz del país. Se pertenecerá a mi partido sin saberlo. Quienes crean hablar su lengua hablarán la mía, quienes crean obrar en pro de su partido lo harán en pro del mío, quienes crean marchar bajo sus banderas marcharán bajo las mías».

Ginzburg añadía que según Joly, la forma moderna de despotismo incluye elecciones libres y libertad de prensa. En torno a unas y a la otra no compartía, por cierto, las ilusiones de los liberales; según su perspectiva, el verdadero poder estaba situado en otro sitio.

Por ahí, entonces, se vislumbran las hebras de los independentismos provincianos, los ultras de ambos lados de la herradura ideológica. El piolín de los profesionales de la obediencia verbal, de la aparatosa obsecuencia artística; el del progresismo que atrasa de hora hasta el símil de un pasado tenebroso.

Hay un hilo que conduce de Pedro Sánchez, José Luis Rodríguez Zapatero, el PSOE y sus socios – los evidentes, los entrevistos y los aún desconocidos - al telar de esta otrora sátira del despotismo, hoy devenida tragedia real. Con el dudoso honor de quedar vinculado al mismo dibujo del que bebieron los servicios secretos rusos a principios de 1900 para elaborar la más infame falsificación literaria antisemita: los Protocolos de los Sabios de Sion.

A su vez, el tejido se conecta, tal como señalaba el propio Ginzburg, con hebras o entramados pretéritos: «el Maquiavelo imaginario desarrolla argumentaciones ya presentadas por el verdadero [Joseph] De Maistre, que a su vez desarrolla argumentaciones presentadas por el verdadero Maquiavelo».

En un libro (The Crooked Timber of Humanity) que precisamente indagaba en las conexiones entre las ideas del pasado y las circunstancias del presente desde que fue escrito, su autor, Isaiah Berlin, concluía el mencionado De Maistre (siglo XVIII), que era contrario a la Ilustración, fue uno de los primeros precursores intelectuales y psicológicos del fascismo del siglo XX.

Las hebras pueden parecer disímiles, distantes, hasta incompatibles o, incluso elementos de un lienzo completamente distinto, pero ni el patrón que forman ni la sustancia de la que están hechas varía de manera decisiva –a lo sumo, un cambio de color, de mera apariencia, de pura actualización. De hecho, Berlín decía que, si bien De Maistre puede haber hablado el lenguaje del pasado, el contenido de lo que tenía para decir presagiaba el futuro. O, puesto de otra manera, que se emparentaba en su más íntima esencia con los totalitarismos que aparecerían en el siglo XX y se continúan con sus manifestaciones presentes.

Los filamentos de este telar unen a unos pocos sujetos y a sus partidos sometidos, con una forma de sobreponerse a los designios de una palmaria mediocridad –rebasada, eso sí, por una falta absoluta de escrúpulos- de una realidad a la que no pueden enfrentarse más que con esas viejas estrategias tajantes, y antes o después, brutales.

En breve, estos hilos no componen, una y otra vez, más que la supervivencia y la impunidad de quienes se vinculan irreversiblemente a ellos, volviéndose casi inidentificable su propia sustancia; esto es, transformándose en el sustento, el vehículo y los ejecutores de una forma atroz de hacer historia, de perpetuar sus maneras.

  • Marcelo Wio es director asociado de CAMERA Español
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