25 de octubre de 2021

Fotograma de la película de Denis Villeneuve, Dune

Fotograma de la película de Denis Villeneuve, DuneIMDB

Dune, allá donde se cruzan las religiones

Quien haya leído la novela homónima  —publicada en 1965 y escrita por Frank Herbert— observará con asombro cómo la nueva versión pretende ser muy fiel al libro

El quebequense Denis Villeneuve es hoy quizá, y junto con Christopher Nolan y Alfonso Cuarón, uno de los directores que más reflexiones plantean o comparten en sus películas. Obviamente, pueden añadirse más nombres, empezando por el californiano Clint Eastwood. Sin embargo, en los largometrajes de Nolan, Cuarón y de Villeneuve hay preguntas que miran al futuro que estamos encarando, problemas nuevos y complejos a los que nos enfrentamos a tientas: desde el transhumanismo hasta las amenazas medioambientales. Eastwood, nonagenario, parece despedirse de este mundo, el mundo previo a la enorme e incierta transmutación que está padeciendo o atravesando la humanidad; por eso, insiste en que sigamos siendo nobles y sencillos como un caballero andante. Eastwood, como Cervantes, nos advierte de que toda afectación es un cáncer. Pero Nolan, Cuarón, Villeneuve no se saben en sus últimos años. Saben que hollamos una ruta tan ignota para los hombres como repleta de escotillones, paradojas y desafíos. Empezando por el desafío a casi todos los conceptos teológicos, antropológicos, culturales e históricos que hemos manejado hasta la fecha y desde que logramos manejar el fuego y el sílex.
Fotograma clave de Dune

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En el caso de Villeneuve, su nueva versión de Dune supone un capítulo de enormes dimensiones, tras La llegada (2016) y Blade Runner 2049 (2017), películas en que indagaba sobre cómo comunicarnos con unos hipotéticos alienígenas —y hasta qué punto debiéramos fiarnos de ellos— o sobre las lindes —cada vez más difusas— entre ser humano y cyborg.
Con una música enfática, una fotografía que recuerda a David Lean —o sea, Velázquez reencarnado para grabar imágenes en celuloide— y una intensa dirección de actores, el cineasta canadiense logra ubicar al espectador en el centro de un drama exento de banalidades. De hecho, tanto en Dune como en Blade Runner 2049, las escenas de acción evitan el regodeo cruento, sin que ello suponga un mínimo ahorro de la necesaria crudeza argumental y artística. Esta exquisitez en el equilibrio, más allá de una técnica manierista, va de la mano de su prurito a la hora de dotar de profundidad a la trama y a los personajes. Así, con su versión de Dune, Villeneuve presenta una interpretación que, en casi todos los registros —con la excepción de la banda sonora; aquí Hans Zimmer no aventaja a Toto y Brian Eno—, supera a la de David Lynch de 1984.
Trailer en español de Dune
Quien haya leído la novela homónima en que se basan Villeneuve y Lynch —publicada en 1965 y escrita por Frank Herbert— observará con asombro cómo, desde el mero inicio, la nueva versión de Dune pretende ser muy fiel al libro. Tal como ha destacado el catedrático de Historia Medieval, Alejandro Rodríguez de la Peña (Universidad CEU San Pablo), en Dune hay una mezcla futurista —la acción acontece en el año 10191 de la Era de la Cofradía Espacial— de religiones reales a día de hoy y de sistemas políticos que han existido de verdad, como el feudalismo o los imperios federados. Por tanto, no nos encontramos ante una ficción galáctica al uso, sino ante una suerte de hipótesis de qué puede suceder tras varios milenios. Por ejemplo, un consejo ecuménico de religiones acordó, en el universo de Dune, limitar la inteligencia artificial, tras perniciosos y macabros sucesos causados por robots contra humanos. En consecuencia, en esta película no veremos a máquinas que pelean, ni a clones como los del Imperio Galáctico de Star Wars, sino ingentes masas de bizarros soldados que blanden lanzas, dagas y espadas.
Cartel de Dune

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Entrando en el aspecto más relevante, nos topamos en Dune —y Villeneuve lo narra con esmero y sutileza— con un despliegue religioso en consonancia con el pergeñado por Herbert, cuya novela incluye una vasta terminología que nos resulta familiar, como ulema, burka o baraka. En muchos casos, conservando el significado originario. Podríamos decir que en este universo del futuro hay un desarrollo del aspecto sincrético (en parte) y evolutivo de las religiones; las religiones más o menos «pacíficas» tienen en Dune un punto de encuentro, mientras que las religiones «sangrientas» son lo contrario —los belicosos Sardaukar asisten a un sacrificio masivo de hombres crucificados boca abajo, cuya sangre se unge en sus frentes. 

Villeneuve guiña al público hispano con varias imágenes de auténtica pose de matador y traje de luces.José María Sánchez Galera

Son claras las referencias budistas, evidente el replanteamiento muslim —un islam no fanático, ni fundamentalista, sino muy simplificado para eludir el integrismo—, notable la huella cristiana y también la pagana griega. No debe olvidarse que la saga de los Atreides —grandes protagonistas de esta historia— emulan, en cierto modo, a los Atreidas o Atridas homéricos (Menelao y Agamenón), los reyes aqueos que guerrearon contra Troya. A ello se une una evidente inclusión de la tauromaquia que nos vincula de una manera más o menos religiosa con los cretenses. En este punto, Villeneuve guiña al público hispano con varias imágenes de auténtica pose de matador y traje de luces.
Oscar Isaac interpretando al duque Leto Atreides,

Oscar Isaac interpretando al duque Leto Atreides,Imdb

Atreides, entre Homero el Medioevo

Los Atreides son señores feudales que, además del aire torero —una fascinante herencia que la Grecia arcaica parece legar a los españoles, y nosotros a los futuros habitantes de un orbe situado en lejanas estrellas—, lucen rasgos de noble ruso de la época zarista —Moscú, la nueva Constantinopla—, y llevan barba de cerámica espartana. Jessica, la concubina de Leto Atreides, recuerda al mismo tiempo a Circe, a Helena (esposa de Menelao, precisamente), y también a una monja quizá ortodoxa o católica; de hecho, pertenece a las Bene Gesserit, «una especie de brujas blancas», en palabras de Luis Alberto de Cuenca. A pesar de este aroma homérico, los Atreides se comportan como genuinos caballeros cristianos medievales; su sentido del deber y de servicio a la comunidad y al emperador son su máxima divisa, y un emblema moral que convence a todos los corazones limpios. Quizá por esto, Villeneuve muestra la muerte de Leto Atreides como si fuera un Cristo desnudo en la cruz —y otra vez nos acordamos de Velázquez.
Por su parte, los Fremen, una suerte de bereberes o tuareg que habitan Arrakis (el verdadero nombre del planeta Dune), representan ese islam desprovisto de intransigencia al que antes aludíamos; o sea, un islam que repugnarían Ibn Khaldún, Osama Ben Laden y los autodenominados talibes («estudiantes») que ahora señorean Afganistán. Arrakis es un desierto muslim desprovisto de aridez fundamentalista; es un seco océano de Far West con tipos duros y honestos que encajarían en el dorado anhelo de arena de Lawrence de Arabia —de nuevo David Lean. Los Fremen, liderados por Stilgar (nuestro excelso Javier Bardem) sabrán encontrar un aliado en Paul Atreides, al que tomarán por «Mahdi», el equivalente mahometano del Mesías. Para llegar a ellos, Paul deberá atravesar, como un peregrino, y de la mano de su madre, el ondulante y tormentoso desierto —igual que Jesús y María huyendo de Belén y camino de Egipto. Y habrá aprendido una lección: la vida no es un problema a resolver, sino una realidad a la que sumarse. Los Atreides procedían de Caladan, un planeta cubierto de mares, bosques y pingües prados, fruto de su gobierno prudente y en equilibrio con la naturaleza; algo que podría suceder también en Arrakis, si esa suerte de petróleo en que abunda —la especia «melange»— no lo hubiera convertido en una explotación comercial despiada, capaz de sacar lo peor del culto al dinero y al poder.