27 de mayo de 2022

Carlos Marín-Blázquez

Vulnerables

Nos sometemos a su imperio cuando permitimos que se apodere de nosotros la neurótica fijación por prever todos los cataclismos posibles y anticiparnos a la totalidad de las amenazas que encierra el mundo

Es muy probable que el final de la infancia coincida con el momento en que tomamos conciencia de nuestra vulnerabilidad. Hasta ese instante, la vida transcurre en una plácida ignorancia acerca de los límites que la acotan. Luego, con el correr de los años, un miedo de naturaleza muy diferente a los temores puramente instintivos que hemos experimentado hasta entonces se introduce en nosotros. No es un sentimiento transitorio, producto de una vivencia aislada y traumática, sino algo más etéreo y a la vez persistente, llamado a incrustarse en lo más profundo de nuestro ser. De un modo paulatino, sin que nos percatemos de ello, modifica la manera en que nos relacionamos con el mundo. Nos induce a atenuar la espontaneidad de nuestros actos a través del despertar de un cada vez más afilado sentido de la prudencia. Nos mantiene atentos. Aguza nuestra percepción y nos obliga a permanecer en una alerta constante frente a ese rumor, tenue pero insistente, que vibra amenazadoramente desde algún punto bajo la tersa superficie de las cosas.
Sucede, además, que el descubrimiento de esa grieta por la que sentimos que podría resquebrajarse el delicado envoltorio que recubre nuestros días acontece al mismo tiempo que se nos revela la fragilidad irremediable de aquéllos que cuidan de nosotros. Su fragilidad, la evidencia de su integridad siempre en riesgo nos sitúa por primera vez frente a un tumulto de presagios desfavorables. Todo se nos representa entonces bajo el signo de su condición caduca, como penetrado por un virus maligno que bajo el esplendor de las apariencias hubiera depositado ya la semilla de su deterioro y su extinción inevitables, la desalentadora promesa de nuestros padecimientos futuros. Desde ese momento, la vida se amolda a las hechuras de un miedo que ostenta cierto cariz abstracto, inespecífico, y al que únicamente contemplamos adquirir una concreción real cuando nos toca ser testigos de su irrupción a través de alguna de las manifestaciones súbitas con que la desgracia se hace presente entre nosotros.

El mundo es ahora mismo un lugar estremecido por la obsesión higiénica de una inmunidad absoluta

El precio a pagar por este aprendizaje es una inquietud subterránea que, a poco que le cedamos el dominio de nuestras vidas, proyectará sobre ellas una sombra funesta. Pero también nos sometemos a su imperio cuando permitimos que se apodere de nosotros la neurótica fijación por prever todos los cataclismos posibles y anticiparnos a la totalidad de las amenazas que encierra un mundo al que, no por casualidad, los medios de comunicación tienden a mostrarnos en sus contornos más desgarradores. Nos convertimos entonces no ya en individuos sujetos a las razonables cautelas destinadas a conjurar los peligros más obvios, sino en seres poseídos por un delirio de prevenciones con las que aspiramos a fabricarnos un entorno de seguridad infranqueable, una acogedora y hermética burbuja de asepsia.
El mundo es ahora mismo un lugar estremecido por la obsesión higiénica de una inmunidad absoluta, por el ansia prácticamente unánime de retorno al tiempo idílico en que todavía ignorábamos que vivir entrañaba riesgos. Las colas para las vacunaciones masivas, las insaciables prospecciones a la búsqueda de un diagnóstico que nos declare libres del mal pandémico son la metáfora evidente de una sociedad convulsionada por la aprensión a cualquiera de esos patógenos susceptibles de minar nuestra salud y que el aire propaga en virtud de un azar ciego. Pero también representan el síntoma de una época en la que no hemos aprendido a convivir con el clima de intemperie al que antes o después nos veremos expuestos. Refractarios a nuestras propias insuficiencias, adoctrinados en la esfera del rechazo a las vertientes menos amables de la realidad, hemos transferido el cumplimiento de nuestras expectativas y la satisfacción de nuestras necesidades (materiales, pero también psicológicas, las que se derivan, por ejemplo, del miedo a la soledad y la incomunicación) a lejanas instancias desprovistas de rostro que, al amparo de una retórica humanitaria, operan de acuerdo a una estricta lógica de control. Resulta ocioso insistir en que el correlato a la dependencia generada por esta dejación de responsabilidades no puede medirse en términos distintos a los de una servidumbre creciente.

Las innovaciones tecnológicas que vemos sucederse a diario prefiguran un futuro en el que cada supuesto logro que ensanche los márgenes de nuestra seguridad lo habremos de pagar a un coste muy alto

El mito de la invulnerabilidad, la ilusión de someter al conjunto de las fuerzas que hacen de la vida un suceso tan impredecible como al mismo tiempo fascinante ha arraigado con una determinación extraordinaria en la conciencia del hombre moderno. Fruto de esa fijación, la debilidad, su encarnación concreta en la figura de esos «seres de desgracia» a los que solía referirse en sus textos José Jiménez Lozano, ha pasado a inspirarnos un sentimiento de rechazo. Cabe la posibilidad de que el inicio de la caída coincidiera con el instante en que renunciamos a la idea de que para ser verdaderamente libres debíamos abrazar la realidad de nuestra condición vulnerable. Muchas de las innovaciones tecnológicas que vemos sucederse a diario, actuando al unísono con la infiltración en nuestras vidas de un poder cada vez más arbitrario e invasivo, prefiguran un futuro en el que cada supuesto logro que ensanche los márgenes de nuestra seguridad lo habremos de pagar a un coste muy alto. Antes o después habrá que preguntarse dónde establecemos el límite. Antes o después tendremos que interrogarnos acerca de si tras la cornucopia de dádivas gubernamentales y el abrumador despliegue de prodigios tecnológicos con los que se nos emplaza al disfrute de un tiempo de plenitud y autorrealización no estará latiendo en realidad el corazón enfermo de la bestia. 
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