29 de junio de 2022

Nieves B. Jiménez
todavía la vida

Aprender a vivir, cueste lo que cueste

Desde mi fe en Dios, creo que todo lo vivido y trabajado hasta ahora encaja como un puzzle, donde cada etapa ha ido madurando en mi interior la base para vivir la siguiente

A aquellos que cocinamos a diario nos gusta el sosiego del sábado para recuperar esa inolvidable receta familiar y ponerle a la liturgia fogonil más corazón y el amor que guarda cada plato. Reunidos en la mesa, cada cucharada la celebro como ese bálsamo de entusiasmo para afrontar algunas heridas. Y sanan ¡vaya que sí sanan! Tomo conciencia de que existen amarras para encontrar la escala de grises entre tanto color hormiga. Heridas, sí, porque como dijo Kurt Cobain, «nadie muere virgen... la vida nos jode a todos». Doy gracias a todas esas heridas que dejaron una cicatriz en mis días. Como me dijo el fotógrafo Pablo Sola, no podría hacer lo que hago si no tuviera resquicios de momentos amargos porque no sentiría los buenos con la intensidad que merecen. Me tomo la vida como un canto lleno de elementos positivos en una biografía salpimentada con el Caldero en el Mar Menor de la infancia, el arroz a la lumbre, la fruta de temporada del terreno de la huerta. Recordar cómo mis mayores hacían tomate o melocotón en conserva de forma artesanal. Compruebo que cada uno tiene sus tiempos para llegar a ser lo que quiere y que abandonarme a las olas que me van llevando a la orilla me sigue confirmando que me gustan las caricias llenas de ternura, la quietud del atardecer, dormir escuchando las olas del mar. Comer junto a un río que murmura. Desayunar mirando cómo amanece...
María del Monte acaba de presentar Todo vuelve. A pesar del dolor sufrido está convencida de que es hora de alzar el vuelo: «Siempre hay un plan al que agarrarse, escojan el de vivir, el de seguir adelante» ahora que el sentimiento de catástrofe parece no acabar. Y añadió, en la charla con Ortiz Poole, que tenemos un problema tremendo de incomunicación: «A veces ves a dos sentados en un bar con cada uno entregado al móvil ¡y después dirán que han tomado café juntos!» Sólo hablamos de trabajo, «me fastidia que la gente te pregunte cómo te va en vez de cómo estás». Ella ya no duda en cuáles son las cosas que importan: el amor, la música, la vida…

Tenemos que tener un grado de exigencia con todo. No vale cualquier cosa. Ponga el listón de sus necesidades un poco más alto. Una buena comida elaborada, un libro de calidad, una obra cuidada…

Creo que la voluntad es la mayor de las fuerzas. Existen bajadas que provocan ansiedad y dolor cuando las cosas no salen bien. Pero alguien me dijo que, «si no hay subidas y bajadas en tu vida significa que estás muerto». Siempre he tratado de rodearme de gente que sepa más que yo. Se nos llena la boca cuando decimos que ponemos el alma en lo que hacemos y por eso creemos que nuestro trabajo cobra mayor valor de cara a los demás. Pero el alma está siempre, después todo tomará forma desde la constancia y la dedicación. Escuché a Les Luthiers que lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe. Y sobre todo de gente buena. Creo que, simplemente, tenemos que tener un grado de exigencia con todo. No vale cualquier cosa. Ponga el listón de sus necesidades un poco más alto. Una buena comida elaborada, un libro de calidad, una obra cuidada… Por favor, rechacemos lo mediocre. De cuando viajaba, recuerdo un restaurante en París en la terraza del Bourbourg. Al frente, contemplabas los Campos Elíseos; a la derecha Montmartre. ¿La música? ¡Me he convertido en la abuela cebolleta con la eterna disputa entre «música antes, música ahora». Pero los clásicos siempre me dan la razón, como esa escena en Local Hero, con Burt Lancaster, ya mayor, hipnotizado ante un horizonte absolutamente despejado desde la bahía, reflexionando: «El mar ya no es lo que era»: pues eso, igual con la música. Quizás caigo en el error del personaje. Por cierto, la de la película es de Mark Knopfler.
Hay frases aún en mi memoria porque desgarran, como una de Magnolia, «puede que hayamos terminado con el pasado pero el pasado no ha terminado con nosotros»; otras te despiertan una sonrisa optimista, como el final de El apartamento, cuando Shirley MacLaine le dice a Jack Lemmon «calla y reparte». Ahí estamos, afortunadamente. Desde mi visión providencialista de la vida, desde mi fe en Dios, creo que todo lo vivido y trabajado hasta ahora encaja como un puzzle, donde cada etapa ha ido madurando en mi interior la base para vivir la siguiente, y seguir creciendo. Saber vivir, aunque cueste toda una vida aprender a vivir, como dice la protagonista de una novela de Jonathan Safran Foer.
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