10 de diciembre de 2022

Jorge Soley

¿Existe el hombre? ¿Quién es Dios?

Estamos ante dos «divinidades», cada una generadora de su propio «sistema de valores», que no pueden hacer otra cosa que colisionar

Fue Proudhon quien nos advirtió, en un pasaje que no se le escapó a Donoso Cortés (quien lo rescató para su ensayo), de que «es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología». Desde aquel ahora lejano siglo XIX, aquellas palabras no han hecho más que confirmarse una y otra vez a ojos de cualquier observador un poco atento.
Asistimos ahora a disputas cada vez más frecuentes. Nos han explicado de todas las maneras que nuestras modernas sociedades occidentales están construidas desde la premisa de que, o bien Dios no existe, o bien es algo o alguien que no se inmiscuye en nuestras vidas y que, como máximo, es aceptable como hobby privado. A unos les da por la filatelia, a otros por los juegos de rol y aún habría quien dedica una parte de su tiempo a la religión. Pero lo cierto es que la realidad está a años luz de ese cliché: vivimos en una sociedad muy religiosa, con la salvedad de que su religión ya no es la cristiana. Nuestros «dioses», aquellos que guían nuestras vidas y que consideramos sagrados, el criterio último de nuestra moral, ya no es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, ni mucho menos su Hijo Jesucristo. Pero haberlos, haylos, y pretenden imponerse con un celo que creíamos que era cosa del pasado.
Solo cuando entendemos que no vivimos en una sociedad neutra, sino en una con unos dioses muy concretos que imponen sus criterios y juicios supremos, podemos comprender que el enésimo choque entre cristianos y fieles woke no es un accidente sino una necesidad. Estamos ante dos «divinidades», cada una generadora de su propio «sistema de valores», que no pueden hacer otra cosa que colisionar. Bastará un ejemplo para confirmar esta afirmación.
La cosmovisión woke concibe la sexualidad como lo más esencial al ser humano, aquello que define nuestra identidad por encima de nuestro carácter, creencias, familia, inclinaciones, hábitos… Desde esta perspectiva, lo que nos define es con quién deseamos mantener relaciones sexuales. Y como recordaba recientemente Gavin Ashenden, hay una jerarquía que establece que el homosexual es superior al sexo entre hombre y mujer y que, a su vez, en la cúspide se encuentra la transexualidad. Para esta visión, la pretensión cristiana de refrenar y canalizar ordenadamente la pulsión sexual es un disparate o, peor, una agresión, una blasfemia francamente ofensiva de la que hay que protegerse, no solo a uno mismo, sino a los miembros más jóvenes de la sociedad.

Vivimos en una sociedad muy religiosa, con la salvedad de que su religión ya no es la cristiana

Estas claves nos pueden dar una pista para discernir cuál es probablemente la gran cuestión de nuestro tiempo, que como ya avisaran Proudhon y Donoso, aunque pueda parecer política, tiene ramificaciones más hondas.
Permítame un poco de perspectiva histórica y temática amplia. Si la gran cuestión que siempre nos ha interesado y sigue siendo crucial es la de la relación entre Dios y el hombre, se puede decir que los primeros siglos después de Cristo se centran en saber quién es Dios, quién es Jesucristo. ¿Uno? ¿Trino? ¿Quiénes son esas tres personas? ¿Qué relaciones hay entre ellas? ¿Quién es Jesús? ¿Verdadero Dios? ¿Verdadero hombre? ¿Hijo adoptivo? ¿Cuerpo habitado por el Verbo? De eso fue de lo que se habló, con la pasión que se merece, en Nicea, Éfeso, Calcedonia y Constantinopla.
El tiempo de la Reforma y de la Contrarreforma de Lutero, Calvino y Trento vuelca su atención al modo en que el hombre puede llegar a Dios. ¿Nos salvamos por la gracia? ¿Por las obras? ¿Por algún tipo de combinación? ¿Estamos predestinados? ¿Juega nuestra voluntad algún papel? Un apasionante y complejo debate teológico que escindió la Cristiandad latina en dos.
Tras centrar nuestra atención en quién es Dios y en cómo podemos llegar a Él, el debate de nuestro tiempo se centra ahora en la cuestión de quién es el hombre. ¿Qué nos define? ¿Existe una naturaleza humana? ¿Qué peso tiene la biología? ¿Cuál es la relación entre cuerpo y alma? ¿Es nuestro cuerpo infinitamente maleable? ¿Hay algo definido o todo es fluido? ¿Es posible definir qué es una mujer (pregunta que toda una juez del Tribunal Supremo se ha declarado recientemente incapaz de contestar)? ¿Tienen existencia nuestros cuerpos previa a nuestra conciencia o, como sostiene Judit Butler, son materia informe a nuestra disposición?
En definitiva, ¿qué es el hombre?: una pregunta no estrictamente teológica, sino antropológica, sobre la que pivotan las diferentes «religiones» en disputa de las que hablábamos antes. Una pregunta decisiva y que cierra el esquema que une a Dios con el hombre. La Iglesia se volcó en estos debates, tanto en los Primeros Concilios como en Trento, consciente de que había allí mucho en juego. Quizás sea el momento de volcarse también en este apasionante debate sobre el hombre que marcará el futuro del mundo y en el que la Iglesia, maestra en humanidad, debería comparecer urgentemente para exponer toda la potencia de su visión antropológica, abandonando definitivamente ilusorias conciliaciones y síntesis imposibles.
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