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El Papa Francisco a los asistentes durante la bendición Urbi et Orbi tras la misa del Domingo de Resurrección en la Plaza de San Pedro Vaticano - EFE

El Papa Francisco durante la bendición Urbi et Orbi tras la misa del Domingo de ResurrecciónEFE

El impactante último mensaje que el Papa Francisco transmitió al mundo: desarme general y contra el aborto

La última aparición del Santo Padre se produjo justo en el mismo lugar en que, doce años antes, saludó al mundo por primera vez: el balcón central de la basílica de San Pedro

Si algo ha marcado los doce años del pontificado del Papa Francisco ha sido, sin duda, la importancia de sus gestos, tenidos incluso por una suerte de «encíclica continua» que transmitían el valor de su Magisterio. Una importancia simbólica que, de forma providencial, revistió el que iba a ser el último mensaje que dedicó al mundo, al pronunciar la bendición Urbi et orbi el Domingo de Resurrección.

Lo hizo al aparecer en el balcón central de la plaza de San Pedro en la mañana de la Pascua, el mismo lugar desde el que por primera vez se presentó al orbe como primer Sucesor del apóstol que llegaba del Nuevo Mundo. Como en aquel 13 de marzo de 2013, únicamente revestido con una estola sobre su sotana blanca, recortando su silueta sobre el negro vano de la logia vaticana, el Pontífice trazó con una sola mano la señal de la cruz.

Minutos antes, con a penas un hilo de voz y visiblemente sofocado, había dado la palabra al maestro de ceremonias de la Santa Sede, monseñor Diego Ravelli, para que leyese su mensaje. Un mensaje que, a la postre, iba a resultar un verdadero testamento al mundo, que condensaría todo su magisterio social y espiritual, y en el que realizó un potente llamamiento a la paz, una encendida defensa de la vida frente al aborto, la eutanasia, y en el que volvió pedir respeto para los migrantes, para los cristianos perseguidos y para todos aquellos que sufren a causa de los diferentes conflictos armados.

Contundente llamamiento a la paz

«La paz no es posible sin un verdadero desarme: la exigencia que cada pueblo tiene de proveer a su propia defensa no puede transformarse en una carrera general al rearme», reclamó Francisco en su mensaje.

Y, de forma explícita, exclamaba: «Hago un llamamiento a cuantos tienen responsabilidades políticas a no ceder a la lógica del miedo que aísla, sino a usar los recursos disponibles para ayudar a los necesitados, combatir el hambre y promover iniciativas que impulsen el desarrollo. Estas son las 'armas' de la paz: las que construyen el futuro, en lugar de sembrar muerte». Además, pedía aprovechar las fiestas de Pascua «para liberar a los prisioneros de guerra y a los presos políticos».

El llamamiento del Papa se producía sólo unos minutos después de que hubiese mantenido un breve encuentro privado con el vicepresidente de Estados Unidos, el católico converso J.D. Vance, quien iba a convertirse en el último dirigente político en encontrarse con Francisco, a pesar de los últimos y notables desencuentros que la Administración Trump había tenido con la Santa Sede.

Aborto, eutanasia y migrantes

En su mensaje, el Sucesor de Pedro iba a alzar la voz, como tantas otras veces había hecho durante su papado, contra el aborto y la eutanasia, exponentes de su tantas veces denunciada «cultura del descarte». Lo hacía al recordar que «¡Dios nos ha creado para la vida y quiere que la humanidad resucite! A sus ojos toda vida es preciosa, tanto la del niño en el vientre de su madre, como la del anciano o la del enfermo, considerados en un número creciente de países como personas a descartar».

Además, denunció la «violencia que percibimos a menudo también en las familias, contra las mujeres o los niños. Cuánto desprecio se tiene a veces hacia los más débiles, los marginados y los migrantes». Y pedía a los fieles, una vez más, «volver a confiar en los demás –incluso en quien no nos es cercano o proviene de tierras lejanas, con costumbres, estilos de vida, ideas y hábitos diferentes de los que a nosotros nos resultan más familiares–; pues todos somos hijos de Dios».

Una expresión que ya había empleado en otras ocasiones, y que no estaba exenta de polémica por su ambigüedad teológica, pues según el Magisterio de la Iglesia la filiación divina se adquiere sólo en el bautismo (sacramental, de sangre o de deseo), de modo que aquellos no bautizados son criaturas de Dios, y sólo pueden ser considerados «hijos de Dios» de un modo más bien simbólico, en tanto que han sido llamados a la vida por un Dios que es Padre.

Palabras contra la «voluntad de muerte»

El último mensaje del Obispo de Roma, que permanecía jadeante pero en oración mientras el ceremoniero vaticano leía el texto, repasaba también, con especial emoción, los distintos conflictos en los que la «voluntad de muerte» asola el mundo.

«Me siento cercano al sufrimiento de los cristianos en Palestina y en Israel, así como a todo el pueblo israelí y a todo el pueblo palestino», comenzó enumerando. Y denunció «el creciente clima de antisemitismo que se está difundiendo por todo el mundo», así como «el terrible conflicto de Gaza» que «sigue llevando muerte y destrucción, y provocando una dramática e indigna crisis humanitaria». «Apelo a las partes beligerantes: que cese el fuego, que se liberen los rehenes y se preste ayuda a la gente, que tiene hambre y que aspira a un futuro de paz», manifestó.

Los perseguidos y los olvidados

Sus últimas palabras iban a poner ante el mundo otra de las grandes preocupaciones de Francisco: las víctimas de los conflictos olvidados y el sufrimiento de los cristianos perseguidos a causa de su fe.

Así, consciente de la repercusión de su voz, quiso hacer presentes en ese solemne momento a las comunidades cristianas del Líbano y Siria, y las víctimas de los conflictos que asolan el mundo. En un ejercicio que ya había repetido en diferentes momentos, y que ningún otro líder occidental ha hecho, repasó las guerras y crisis humanitarias olvidadas: Yemen, el Cáucaso Meridional, Armenia y Azerbaiyán, Birmania, los Balcanes occidentales, la República Democrática del Congo, Sudán y Sudán del Sur, el Sahel, el Cuerno de África y la Región de los Grandes Lagos. Y, junto a ellos, mostró su cercanía a los cristianos «que en muchos lugares no pueden profesar libremente su fe».

Porque «allí donde no hay libertad religiosa o libertad de pensamiento y de palabra, ni respeto de las opiniones ajenas, la paz no es posible», señalaba Francisco en su mensaje, proclamado por el ceremoniero.

Una última bendición

Ante la emoción de miles de personas congregadas, que no podían imaginar la trascendencia histórica del momento que estaban viviendo, el Papa Francisco se dejó poner la estola. Con una visible dificultad de movimientos, el Santo Padre terminó por realizar la solemne bendición A la ciudad y al mundo.

Y trazando la señal de la cruz sobre el orbe entero, el Sucesor de Pedro volvió al interior del Vaticano, donde pocas horas después entregaría su espíritu a Dios.

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