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La Sagrada Familia de Gaudí, esa «belleza que salvará al mundo» (Dostoievski)

La que mejor cumple esta misión salvífica es la Iglesia Católica, puesto que «la Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad»

Barcelona's Grid pattern truly comes to life when viewed from above. Definitely one of the most beautiful cities in the world with the Sagrada Familia Cathedral as the crown.

Barcelona's Grid pattern truly comes to life when viewed from above. Definitely one of the most beautiful cities in the world with the Sagrada Familia Cathedral as the crown.Getty Images/iStockphoto

Con motivo del hermosísimo recibimiento al Papa León XIV en Barcelona, monseñor José Ignacio Munilla encabezó una fotografía de La Sagrada Familia con la siguiente cita de Fiódor Dostoieviski: «La belleza salvará al mundo»; frase a la que habría que adjuntarle la reciente declaración de Antonio Banderas, esa que reza: «La Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad».

El hecho de que la Iglesia Católica sea el ángel custodio de esa belleza que salvará al mundo, al erigirse en el mayor productor de arte de la historia de la humanidad, es precisamente aquello que provocó conversiones masivas entre la pléyade de pensadores británicos (de finales del siglo XIX y principios del XX); es decir, de personas con una capacidad protohumana para apreciar la hermosura artística y la profundidad intelectual.

Uno de estos eruditos conversos fue G.K. Chesterton, quien se caracterizó por sostener que podemos «llegar a Dios a través de la belleza», hermosura que se transluce en las exquisitas paradojas que nos brinda la fe católica; algo en lo que, también, hizo un hincapié desaforado el español y ¡Ateo! de Don Miguel de Unamuno.

Un testimonio paradigmático de este vendaval de conversiones británicas sería el de Oscar Wilde (irlandés de origen, pero forjado como escritor en Inglaterra), quien admitió, en su epístola De profundis, que una de las razones que le espoleó a convertirse al catolicismo fue la belleza sin par, inigualable en la historia, que atesoraban las Sagradas Escrituras; a las que consideró de una calidad literaria inalcanzable, estratosféricamente superior a todos los colosos cumbre de la literatura universal. En estos términos, lo puso de manifiesto: «Ni en Esquilo ni en Dante, maestros severos de la ternura, ni en Shakespeare, el más puramente humano de todos los grandes artistas, ni en la totalidad del mito y las leyendas celtas (…) no hay nada que (…) pueda ni equipararse ni acercarse siquiera al último acto de la Pasión de Cristo».

Oscar Wilde redondeó -y culminó- esta declaración con este párrafo excelso: «La parva cena con sus compañeros, de los cuales uno ya le había vendido a un precio; la angustia en el silencioso olivar bajo la luna; el falso amigo que se acerca para entregarle con un beso; el amigo que todavía creía en él, y en quien como sobre una roca había esperado edificar su Casa de Refugio para el Hombre, que le niega cuando el gallo grita al amanecer; su soledad absoluta, su sumisión, su aceptación de todo; y al lado de todo eso, escenas como el sumo sacerdote de la ortodoxia que rasga iracundo las vestiduras, y el magistrado de la justicia civil que pide agua con la vana esperanza de limpiarse de esa mancha de sangre inocente que hace de él la figura escarlata de la historia; la ceremonia de coronación del Dolor, una de las cosas más prodigiosas que haya en toda la crónica de los tiempos; la crucifixión del Inocente ante los ojos de su madre y del discípulo al que amaba; los soldados que se juegan sus ropas a los dados; la terrible muerte con que dio al mundo su símbolo más eterno; y su entierro final en el sepulcro del hombre rico, con el cuerpo envuelto en lino egipcio y especias y perfumes caros como si hubiera sido el hijo de un Rey…».

Además de parecerle que no hay nada escrito con mayor penetración poética que el mensaje de Jesucristo, agrega que «dondequiera que haya un movimiento romántico en el Arte, allí del algún modo, y bajo alguna forma, está Cristo, o el alma de Cristo»; y pone como ejemplo «las notas de piedad de las novelas rusas», «los turbados mármoles románticos de Miguel Ángel» o Los miserables de Víctor Hugo, entre muchos otros.

Lo que, para Oscar Wilde, hace verdaderamente explícito que ese dolor que redime rebosa, a su vez, de belleza es aquel gesto que tuvo Cristo –con todos nosotros– en lo alto de la cruz. Ahí, es donde la fealdad mendicante y la hermosura poética convergen en un punto. En este sentido, reconoció que pasó de vivir postrado ante el placer hedonista y el endiosamiento del arte a comprender que la belleza y el dolor están unidas en santo matrimonio, a los pies de la cruz de Cristo; quien –en palabras del erudito irlandés– fue crucificado con «cuerpo de mendigo» y «alma de poeta».

Otro mensaje del Evangelio que suscita en Wilde una rendida admiración es la paradoja de que Cristo fuese «ojos para los ciegos, oídos para los sordos, y un grito en los labios de quienes tenían la lengua atada».

Sobre esa cita bíblica que reza «no penséis en el mañana. ¿No es el alma más que la comida? ¿No es el cuerpo más que el vestido?», Wilde indica lo siguiente: «Un griego podría haber dicho la segunda frase. Está llena de sentimiento griego. Pero solo Cristo pudo decir las dos, y así darnos la vida tan perfectamente compendiada».

El filósofo Sir Roger Scruton, a pesar de profesar el anglicanismo, nos recordó cómo multitud de almas británicas han pasado de la incredulidad a la conversión al quedar deslumbradas por la hermosura del rito y la arquitectura cristiana. En palabras de este pensador, «nadie sabe si Ruskin era un cristiano residual, un compañero de viaje o un ateo profundamente apegado a la visión medieval de una sociedad ordenada por la fe (…) El estilo gótico, tal como lo describía y prescribía, existía para recobrar lo sagrado en una época secular; para ofrecer visiones de sacrificio y labores sagradas, para contrarrestar, así, los productos sin alma de la maquinaria industrial. Sería, en medio de la locura utilitaria, una ventana a lo trascendente, donde pudiéramos una vez más descansar y maravillarnos, y donde nuestras almas se llenarían de la luz de mundos olvidados. El Neogótico -tanto para Ruskin como para el ateo William Morris, como lo había sido para el católico devoto Augustus Pugin- fue un intento de volver a consagrar la ciudad como una comunidad terrena construida sobre suelo santo».

Scruton incidió en que «dependemos del dominio de lo sagrado incluso sin creer necesariamente en su fuente trascendental, que es por lo que la cultura nos importa»; a esto, agregó la hegemonía de lo sacro en los “cascos urbanos y edificios históricos, en la defensa de las formalidades y ceremonias de la vida pública, y en el mantenimiento de la alta cultura de Europa».

Una cosa que se hace muy visible en el mundo de hoy -en la cual, también, insiste Scruton- es la manera que tiene Sir James Fitzjames Stephen de ver el impacto de la religión entre las gentes, la cual versa sobre el consuelo que irradia en la psique humana de la comunidad, incluso en los momentos en lo que ésta no fuese especialmente practicante. En esta línea, se pronunció el celebérrimo George Orwell, al afirmar que, en Gran Bretaña, existe un poderoso sentimiento cristiano, aun en los periodos en los que su práctica resultase un tanto abandonada.

Abordadas todas estas cuestiones, me voy a atrever a responder a la siguiente pregunta: ¿Por qué «la belleza salvará al mundo», tal y como sentenció el titánico Fiódor Dostoeivski?

Además de las poderosas razones a las que he aducido en los renglones anteriores, pienso que la belleza es una realidad inmaterial, que se aloja más allá de lo tangible, por lo que buscarla nos empuja a profundizar sobre las realidades invisibles que dan explicación a aquello que podemos ver y tocar; porque las cosas tienen su encarnación material, pero el significado y la causa de éstas son de corte intangible. En resumen, hay una forma y un fondo, lo que, en griego clásico, se conoce como hylé y morphé.

Por esto último, precisamente, «la belleza salvará al mundo»; y la que mejor cumple esta misión salvífica es la Iglesia Católica, puesto que, como nos ha recordado el actor Antonio Banderas, «la Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad»; a lo que cabría añadir una de las reflexiones de Oscar Wilde citadas ut supra, la cual dice así: «Ni en Esquilo ni en Dante, maestros severos de la ternura, ni en Shakespeare, el más puramente humano de todos los grandes artistas, ni en la totalidad del mito y las leyendas celtas (…) no hay nada que (…) pueda ni equipararse ni acercarse siquiera al último acto de la Pasión de Cristo».

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