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La arzobispo de Canterbury, Sarah Mullally, durante un sermón, la pasada Semana Santa

La arzobispo de Canterbury, Sarah Mullally, durante un sermón, la pasada Semana SantaEuropa Press

Los anglicanos siguen en caída libre: la arzobispa de Canterbury reconoce «miles de adopciones forzosas»

Sarah Mullally, líder de la comunión anglicana, ha reconocido su «vergüenza» por la separación de miles de bebés de madres solteras después de la Segunda Guerra Mundial.

La Iglesia anglicana atraviesa uno de los momentos más complicados de su historia, desde que nació como confesión cristiana separada de Roma, tras el escándalo sexual de Enrique VIII que derivó en un cisma –y en el martirio de, entre otros, santo Tomás Moro–.

El último escollo que enfrenta es el doloroso reconocimiento de haber participado en la separación forzosa de miles de bebés nacidos de madres solteras, tras la Segunda Guerra Mundial.

Así lo ha reconocido la «arzobispa» de Canterbury, Sarah Mullally, quien ha tenido que pedir perdón a las víctimas y que ha expresado su «profunda vergüenza».

Una investigación de la Iglesia anglicana ha probado que, durante las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, miles de mujeres británicas, sobre todo jóvenes y adolescentes, que se habían quedado embarazadas sin estar casadas fueron enviadas lejos de sus hogares para ocultar la gestación. Después del parto, sus hijos les fueron arrebatados y entregados en adopción bajo fuertes presiones administrativas, sociales, familiares y de la comunión anglicana.

«Profunda vergüenza»

Ahora, la Iglesia de Inglaterra ha pedido ahora perdón por su participación en aquel sistema estatal, y la reverenda Mullally ha expresado su «profunda vergüenza» por el papel desempeñado por instituciones vinculadas a la confesión anglicana en esa separación forzada de madres y bebés.

«Lamentamos profundamente el dolor, el trauma y el estigma experimentados –y todavía soportados– por muchas personas debido a las prácticas históricas de adopción en hogares vinculados a la Iglesia de Inglaterra», afirmó Mullally. La responsable anglicana reconoció haber escuchado directamente a madres que fueron separadas de sus hijos cuando apenas disponían de «opciones reales» para negarse a ello.

Un sistema mixto con el Estado

Entre 1949 y 1976, alrededor de 185.000 niños fueron adoptados en Inglaterra y Gales dentro de un sistema público que estigmatizaba la maternidad fuera del matrimonio.

El Gobierno impulsaba el sistema, y la Iglesia anglicana (cuya cabeza pastoral es el arzobispo de Canterbury, pero cuyo líder máximo es el rey de Inglaterra) estuvo vinculada a cerca de 200 hogares para madres y bebés, además de gestionar agencias de adopción.

Aunque la normativa oficial afirmaba respetar la posibilidad de que las mujeres conservaran a sus hijos, la práctica parece que fue muy distinta en numerosos centros. Las madres fueron presionadas para firmar consentimientos, obligadas a realizar trabajos domésticos y tratadas como si su embarazo fuera una culpa que debían expiar. Algunas trabajaban en cocinas y lavanderías o fregaban suelos durante la gestación.

El informe de la Iglesia también reconoce prejuicios relacionados con la raza y la discapacidad, así como una cultura en la que el puritanismo británico y la «respetabilidad social» pesaron más que el cuidado de las madres y sus hijos.

Perdón insuficiente para las víctimas

La disculpa ha sido recibida como un paso significativo, pero algunas asociaciones de afectados consideran que llega tarde y sin medidas suficientes de reparación. El Adult Adoptee Movement ha criticado que las víctimas no hayan participado adecuadamente en el proceso, y reclama apoyo psicológico, acceso más sencillo a los archivos y reconocimiento pleno del daño causado.

Con todo, la confesión anglicana se ha adelantado a los estamentos políticos, al encargar el informe y pedir perdón a la víctimas. Ahora, el Gobierno británico también prepara una disculpa formal por lo que ha calificado como un periodo «vergonzoso».

Abandono del anglicanismo

La petición de perdón llega, además, en un momento delicado para la Iglesia de Inglaterra. Sus propios datos reconocen que la participación en los oficios litúrgicos continúa por debajo de los niveles anteriores a la pandemia y que la caída acumulada desde 2015 supera el 25 % en algunas diócesis.

El problema es especialmente visible entre las nuevas generaciones: varios estudios han mostrado que la identificación anglicana es ya residual entre los británicos más jóvenes, mientras crece el número, no sólo de quienes declaran no profesar ninguna religión, sino también de jóvenes que se sienten atraídos por el catolicismo.

Divisiones por el anglicanismo woke

A esta pérdida de arraigo se suman las profundas divisiones internas entre los anglicanos de todo el mundo por la adopción de los postulados de la ideología de género y el movimiento woke.

Cuestiones esenciales como el matrimonio, la homosexualidad, la ordenación femenina y las bendiciones de parejas del mismo sexo han derivado en un proceso de enfrentamiento entre obispos, sacerdotes y comunidades, hasta el punto de que el Sínodo General Anglicano decidió en febrero de 2026 crear un nuevo grupo de trabajo sobre relaciones, sexualidad y género.

Las disputas doctrinales, que sólo han ahondado en la laxitud de los preceptos morales sobre los que la erigió Enrique VIII para avalar su promiscuidad y sus deseos de divorciarse, han debilitado la unidad de una institución que trata de recuperar credibilidad después de varios escándalos de abusos y fallos de protección.

Cada vez más católicos en Inglaterra

En paralelo, las conversiones de anglicanos hacia la Iglesia católica han adquirido una dimensión difícil de ignorar. Un estudio publicado en 2025 calculó que unos 700 antiguos clérigos y religiosos anglicanos habían sido recibidos en la Iglesia católica desde 1992, incluidos 16 obispos.

Cerca de 500 recibieron posteriormente la ordenación católica y los antiguos ministros anglicanos representaron alrededor del 35 % de las ordenaciones sacerdotales –diocesanas y del Ordinariato especial creado por Benedicto XVI– celebradas en Inglaterra y Gales entre 1992 y 2024.

Un fenómeno que no afecta sólo al clero: entre los jóvenes británicos que acuden regularmente a la iglesia, el catolicismo ha ganado un peso superior al anglicanismo, atraídos muchos de ellos por la liturgia, la continuidad doctrinal y la búsqueda de una fe más sólida frente a modas ideológicas de connotación sexual.

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