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El Cristo que pisa las uvas

Desde el Cristo de la Sangre de Murcia hasta los lienzos de Córdoba y Castilla, el arte español recordó que la redención no es una idea abstracta, sino una vida entregada hasta el extremo. Julio, mes de la Preciosísima Sangre, invita a mirarla de frente

"La Prensa Mística como redención de las ánimas del Purgatorio" (c. 1649-1655)

«La Prensa Mística como redención de las ánimas del Purgatorio» (c. 1649-1655)

En la iglesia del Carmen de Murcia se venera un crucificado que no es un crucificado al uso. El Cristo de la Sangre, tallado en 1693 por Nicolás de Bussy, pisa las uvas del lagar místico mientras un ángel recoge en un cáliz la sangre que brota de su costado. La antigua composición incluía otros ángeles para las cinco llagas; hoy queda esa imagen esencial: Cristo, la uva, el cáliz, la Sangre. Durante la restauración posterior a la Guerra Civil se halló en la imagen una cédula de Bussy, fechada en 1693: declaraba haber trabajado para avivar la fe y la piedad de los fieles. La talla, titular de la Archicofradía de la Preciosísima Sangre —los «Coloraos», que cada Miércoles Santo tiñen Murcia de rojo—, no es una rareza devocional. Es un tratado de teología eucarística en madera policromada.

El Cristo de la Sangre, de

El Cristo de la Sangre, de Nicolás de Bussy (1693)

Los historiadores del arte llaman a esta iconografía «lagar místico» o «prensa mística». Puede parecernos dura. Y lo es. Cristo aparece como racimo pisado, fruto entregado, cuerpo del que mana la Sangre convertida en vino de salvación. Pero la imagen no nace de una imaginación morbosa, sino de una catequesis profundamente eucarística: el cristianismo nunca ha escondido que la redención pasa por una entrega real, corporal, sangrante. La Sangre de Cristo no es metáfora piadosa. Es el precio de la alianza nueva.

España conoció bien este lenguaje. En Córdoba, en la iglesia de San Francisco y San Eulogio, se conserva un monumental lienzo de comienzos del siglo XVII atribuido tradicionalmente a Agustín del Castillo, conocido como «Prensa mística» o «Psalmodia eucarística»: Dios Padre acciona la prensa, Cristo —cargado con la cruz— pisa las uvas, y la sangre se mezcla con el vino bajo la mirada del Espíritu. En Castilla y León, el mismo tipo iconográfico está documentado en templos de Burgo de Osma, Zamora, Salamanca, Medina de Rioseco y Segovia. No era una rareza, sino predicación visual: durante siglos, la fe predicó con imágenes que aún nos detienen.

La Escritura había preparado este lenguaje. Isaías pone en boca del vencedor una frase terrible: «Yo solo he pisado el lagar; de mi pueblo nadie estaba conmigo» (Is 63,3). La tradición cristiana leyó ese texto a la luz de la Pasión. El libro de los Números ofrecía otra figura: los exploradores que regresan de la tierra prometida llevando entre dos, colgado de una vara, un racimo de uvas (Nm 13,23). Los Padres vieron en aquel racimo suspendido una imagen de Cristo en el madero, fruto prometido de la salvación.

San Agustín, comentando los salmos que la antigua versión latina titulaba «pro torcularibus» —«para los lagares»—, desarrolló la intuición con una imagen luminosa: mientras la uva permanece en la vid parece intacta, pero nada brota; sólo cuando entra en el lagar, cuando es pisada y comprimida, manifiesta su fecundidad. Así Cristo en la Pasión; así también su Cuerpo, que es la Iglesia, en las angustias de la historia. El daño aparente se convierte, por gracia, en vino nuevo.

La devoción tiene su historia moderna. En 1849 Pío IX extendió la fiesta de la Preciosísima Sangre a toda la Iglesia; Pío X la fijó el 1 de julio; Pío XI, en el XIX centenario de la Redención, elevó su rango litúrgico. La reforma del calendario de 1969 no la mantuvo como celebración autónoma, pero el misterio no desapareció: quedó unido a la solemnidad que desde entonces se llama del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, y pervive en la Misa votiva de la Preciosísima Sangre. El antiguo himno del Oficio, «Salvete Christi vulnera», lo había dicho con sobriedad estremecedora: «ut plena sit redemptio, sub torculari stringitur»: para que la redención sea plena, Cristo es estrechado bajo el lagar. Y añade que Jesús, olvidado de sí, no se reserva nada de su Sangre.

Un ojo no educado puede detenerse sólo en la violencia de la escena. ¿Por qué representar a Cristo como racimo triturado? La respuesta no está en el gusto por la sangre, sino en la lógica del amor: el Hijo no es víctima pasiva de una violencia externa; se ofrece libremente. No asistimos a una crueldad divina, sino a una caridad que no se reserva nada. Allí donde el mundo ve una presión intolerable, la fe contempla una fuente. Allí donde el cuerpo parece vencido, la Iglesia reconoce el cáliz. Allí donde la sangre parece signo de muerte, la liturgia canta el precio de la vida.

Julio, mes de la Preciosísima Sangre, devuelve la mirada a este centro: Cristo no se reservó nada. Ni su cuerpo, ni su aliento, ni su costado, ni su Sangre. En tiempos que rehúyen mirar la sangre, el lagar místico obliga a mirar de frente el corazón del cristianismo: no una idea abstracta de redención, sino un cuerpo entregado y una Sangre derramada por la vida del mundo.

Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.

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