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Los beatos Ricardo Gil Barcelón y Antonio Arrué Peiró

Los beatos Ricardo Gil Barcelón y Antonio Arrué Peiró

90 años de los primeros mártires de 1936

De escaparse dos veces de un manicomio a ser asesinado junto al sacerdote que le había acogido

Los beatos Ricardo Gil Barcelón y Antonio Arrué Peiró llevaban en Valencia una vida de extrema pobreza, ayudando a los más necesitados. «¡Es precisamente a los buenos a los que buscamos nosotros!», dijeron los milicianos

La historia de Antonio Arrué Peiró es una de esas muchísimas biografías desconocidas que merecerían ser estudiadas, analizadas y casi memorizadas. Había nacido en 1908 en Calatayud (Zaragoza), donde asistió unos años a la escuela, para aprender después de su padre el arte de la talla en madera.

En apenas 3 años, y recién cumplidos los 18, había perdido a su madre, a una hermana y a su padre. Tres mazazos para apenas un adolescente que, unidos al abandono de sus familiares y el desarraigo de su propia tierra –tuvo que trasladarse a Zaragoza para hacer el servicio militar–, le provocaron una profunda depresión. Antonio incluso estuvo hospitalizado en un manicomio del que escapó dos veces. «No estoy loco –le confió a un tío–. No quiero quedarme ahí. Volveré a huir, iré lejos y me haré misionero». Sus biógrafos le definen como «un joven piadoso, serio, trabajador y de pocas palabras».

Cuando cumple 23 años, en 1931, se cruza en su vida una persona que cambiará su vida por completo: el sacerdote Ricardo Gil Barcelón. El año anterior, el sacerdote nacido en Manzanera (Teruel) en 1873, había sido destinado a España por el propio Don Orione para comenzar la obra de la congregación dedicada a la atención a los más necesitados. Don Ricardo acogió a Antonio en su casa, en Valencia, y de inmediato se involucró en el apostolado con los pobres. Tal fue el impacto que experimentó el joven que solicitó entrar como postulante en la Pequeña Obra de la Divina Providencia, el nombre oficial de los orionistas. Don Ricardo le hizo estudiar y lo fue preparando para ingresar en la Obra de Don Orione.

La biografía de don Ricardo también merece ser conocida. Su procedencia era muy distinta de la de Antonio: había nacido en el seno de una familia noble y desahogada. «Tan brillante en los estudios como en la música, gozaba de la vida cómodamente: caballos, entretenimientos, alegres compañías, mitos juveniles», refieren sus biógrafos. Pero se encontraba «descontento de sí mismo y del mundo».

Soldado en Filipinas

«Tomó casi como un acto liberador la posibilidad de enrolarse en la artillería del ejército español que luchaba en Filipinas para mantener su hegemonía ante los independentistas», y hasta allí se fue. En un momento de gran peligro, rezó a la Virgen. «La inexplicable liberación del peligro le hizo pensar en el Cielo», prosiguen.

«Entró con los dominicos, frecuentó la Pontificia Universidad de Manila. Fue ordenado sacerdote en 1904 y ocupó los puestos de vice-bibliotecario de la universidad y capellán de la catedral. Sin embargo, parecía faltarle algo para estar en paz. Volvió a España; desde allí salió hacia Italia, a pie, mendigando, ayudando a los pobres y visitando santuarios, lugares de santos», explican sus biógrafos.

«La Divina Providencia le había dado cita, aquella mañana del 4 de febrero de 1910, con Don Orione, y en aquel encuentro vio su camino en la naciente congregación de la Pequeña Obra de la Divina Providencia. Estuvo por algún tiempo en la comunidad de los orionistas que oficiaban en Sant´Anna dei Palafrenieri en el Vaticano; se encontró con san Pío X. Había entendido por fin la fuente de su inquietud: la santidad y la caridad», añaden.

Con Don Orione

«Viajó con Don Orione a Mesina al tiempo de la reconstrucción de la ciudad después del terrible terremoto, y después, durante 10 años en Cassano Ionio, en Calabria, fue custodio del santuario de la Virgen de la Cadena y de un grupito de huérfanos allí acogidos», señalan. Desde 1923 a 1927 vivió en Roma, dividiendo su tiempo entre la colonia agrícola de Santa María, en Monte Mario, y la populosa parroquia de Ognisanti, fuera de la puerta de San Juan. «Vuelto a Cassano Ionio por un breve periodo, tuvo que probar el cáliz amargo de una calumnia terrible que fue seguida de un mes de cárcel», refleja su biografía.

«En 1930, Don Orione envió al Padre Gil a España con la orden de abrir una avanzadilla de su joven congregación. Empezó en extrema pobreza, a la orionista: evangelio, obras de caridad y mucha confianza en la Divina Providencia», explica. Al año siguiente se produjo el providencial encuentro con Antonio Arrué.

Durante cinco años, Antonio se fue preparando para el sacerdocio y acompañaba a don Ricardo a la iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados y al albergue de tuberculosos, donde ningún sacerdote se atrevía a ir a celebrar la misa. Antonio fue ejemplar, como testimonia Josefa Salavert Benavent: «Siempre lo he visto cerca del P. Ricardo, porque vivían enfrente de mi casa. Su vida fue de extrema pobreza; ambos mal vestidos y de tal manera que eran objeto de constantes bromas, a las que siempre respondían diciendo: ¡Viva Cristo Rey! No tenían ropa de repuesto, ya que daban todo a los pobres. Antonio tenía un espíritu muy humilde: limpiaba las escaleras, lavaba los platos… Siempre fue amable con todos. Completamente identificado con el P. Ricardo, compartía su comida con los pobres y, cuando no tenía nada, compraba un poco de pan y lo repartía con los pobres».

Un noviciado doméstico

«Apegado solo al Señor y al P. Ricardo, pasó nada menos que cinco años, de 1931 a 1936, en ese noviciado doméstico, entre la oración, el trabajo diario y la caridad hacia los más pobres», relatan sus biógrafos.

Pero llegó el fatídico mes de julio de 1936, cuando estalló la Guerra Civil. El Padre Gil fue respetado hasta el final porque se ocupaba de los más pobres. «Dos veces fueron a su casa los milicianos para eliminarle como a tantos otros. Dos veces se interpuso la gente del vecindario diciendo: ¡Es bueno, ayuda a los pobres, nuestros hijos comen porque está él!». La respuesta que dieron los milicianos la tercera vez que acudieron, el 3 de agosto, fue tremendamente significativa: «¡Es precisamente a los buenos a los que buscamos nosotros!».

«En ese momento, Antonio estaba en casa de un vecino, donde había ido a buscar agua. Sabiendo que el P. Ricardo estaba en peligro, rechazando la invitación de esconderse y huir, corrió hacia su casa para ver por sí mismo cómo estaba el religioso que tanto lo había ayudado. Los milicianos se los llevaron a ambos, conduciéndolos en un vehículo con la inscripción FAI (Federación Anarquista Ibérica)», detallan sus biógrafos.

No hay datos precisos de lo sucedido tras la detención, salvo que, el 4 de agosto, el P. Ricardo y Antonio fueron llevados a la playa de El Saler, a unos quince kilómetros de Valencia. Se les pidió que gritaran «Viva la FAI» si querían salvar la vida, pero el P. Ricardo, alzando su crucifijo, gritó: ¡Viva Cristo Rey! «En respuesta, recibió un disparo de inmediato, con un tiro en la parte posterior de la cabeza. Antonio se apresuró a sostenerlo, mientras, agonizante, se desplomaba en el suelo. Al ver este gesto de misericordia, un miliciano se dirigió hacia él y lo golpeó violentamente con la culata del rifle, hasta romperle el cráneo», concluyen.

Ambos fueron beatificados en Tarragona el 13 de octubre de 2013, durante el pontificado de Francisco.

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