San Pedro Claver, apóstol de los negros (1580-1654)
San Pedro Claver: el «mediocre» que impresionó a León XIII y liberó a 300.000 almas
En el día de su festividad litúrgica, desgranamos las claves de la apasionante figura de este jesuita leridano que entregó su vida en Cartagena de Indias
Cada 9 de septiembre, la Iglesia universal celebra la memoria de uno de los testimonios de caridad más sobrecogedores y radicales de la historia de la evangelización: el de San Pedro Claver (1580-1654). Este jesuita leridano, orgullo de Cataluña y de la Iglesia entera, tomó la determinación de despojarse de un porvenir sumamente brillante para consagrarse en cuerpo y alma como el «esclavo de los esclavos negros para siempre».
Su entrega heroica en el puerto de Cartagena de Indias representa la encarnación viva de la Providencia Divina, que se inclina ante el desamparado y devuelve la dignidad a quienes la sociedad de su tiempo trataba como simple mercancía.
A partir de una profunda homilía pronunciada por monseñor Alberto José González Chaves, desgranamos en cuatro claves fundamentales la vida, el magisterio espiritual y la imponente actualidad de este coloso de la fe.
1. El misterio de la vocación: del porvenir brillante a la «mediocridad» a los ojos del mundo
Nacido en el seno de una familia sumamente acaudalada en la localidad de Verdú (Lérida), el joven Pedro Claver parecía tener ante sí un destino brillante y halagüeño en el plano humano. Tras estudiar humanidades en Barcelona, decidió despojarse de cualquier ambición mundana e ingresó a los 22 años en la todavía joven Compañía de Jesús.
Sin embargo, los juicios humanos suelen errar el tiro cuando se trata de escrutar los designios divinos. En las breves notas de los archivos de la orden en España, los superiores de formación dejaron constancia de una valoración sorprendente sobre Pedro Claver: le reputaban como un hombre de «espíritu mediocre» y con un «discernimiento inferior a la media».
Considerándole únicamente apto «para predicar a los indios», fue enviado en 1610 (a los 30 años de edad) a completar su formación a Nueva Granada, la actual Colombia. Lo que el mundo catalogó como limitación, Dios lo transformaría en el instrumento de una de las misiones más extraordinarias de la historia de la Iglesia.
2. La escuela de Palma de Mallorca: la amistad providencial de dos santos
Antes de cruzar el océano, la Providencia tejió un encuentro crucial en la vida de Claver en la casa de formación de los jesuitas de Palma de Mallorca. Allí trabajaba un humilde hermano lego de salud quebrantada, dedicado a la prosaica y oculta tarea de portero: San Alonso Rodríguez.
Entre el joven Pedro y el veterano Alonso nació una profunda y providencial amistad espiritual. Alonso Rodríguez ejerció sobre el futuro misionero un magisterio espiritual que le acompañaría durante toda su existencia, estimulándole e infundiéndole el fuego sagrado del celo apostólico. Un encuentro que ejemplifica cómo Dios hace coincidir a los santos en el camino para sostenerse, guiarse y prepararse para las más altas empresas del Reino de Dios. Con ese bagaje espiritual indestructible, Pedro Claver partió rumbo a Cartagena de Indias.
3. El infierno de Cartagena de Indias y la caridad sin límites
A su llegada, Claver se encontró con la cruda realidad de Cartagena de Indias, que en la primera mitad del siglo XVII era el principal puerto de entrada de esclavos de toda América, recibiendo más de 3.000 almas al año arrancadas de las costas de África. Los esclavos completaban la travesía hacinados en condiciones infrahumanas en las bodegas de los barcos. Muchos morían en el trayecto, otros llegaban moribundos o desahuciados, y los supervivientes eran subastados en el puerto como mera mercancía. Un mundo supuestamente civilizado prefería mirar hacia otro lado, llegando incluso a dudar de si los negros poseían alma.
Impresionado por la labor de otro jesuita precursor, el padre Alonso de Sandoval, Pedro Claver hizo suya aquella misión titánica. En su profesión solemne, firmó con determinación su cédula de entrega con una fórmula que marcaría sus siguientes 40 años de vida: Petrus Claver, Etiopum semper servus (Pedro Claver, siempre siervo y esclavo de los etíopes).
Junto a Sandoval, Claver bajaba a las oscuras y pestilentes bodegas de los barcos cargado de comida, fruta, medicinas y consuelo espiritual, desafiando el insoportable y pegajoso calor del trópico. Con la ayuda de esclavos veteranos que le servían de intérpretes, curaba sus heridas físicas antes de sanar sus almas por medio de la catequesis y el bautismo.
Al término de su vida, que concluyó a los 74 años tras pasar sus últimos años sumido en el olvido, enfermo y solo en una celda de la residencia jesuita, le preguntaron cuántos esclavos calculaba haber bautizado. Con una humilde sonrisa, el santo estimó una cifra asombrosa: no menos de 300.000 personas.
4. Sembrador de dignidad y el desafío ante las esclavitudes modernas
La figura de San Pedro Claver trasciende el contexto del siglo XVII. Como recordó monseñor González Chaves basándose en los magisteriales mensajes de San Juan Pablo II (en el centenario de su nacimiento en 1980 y en su visita apostólica a Cartagena en 1986), la obra del santo español fue una auténtica revolución de la caridad y los derechos humanos. El Papa polaco subrayó cómo Pedro Claver infundió en el marginado la conciencia de su propia dignidad, haciéndele apreciar el valor de su persona y su destino divino. Rompió las barreras de la desesperación sin predicar la violencia o el odio, sino tejiendo un lazo de unión indestructible entre razas y culturas. No en vano, el Papa León XIII llegó a pronunciar una frase lapidaria sobre él: «Después de Cristo, es el hombre que más me ha impresionado en la historia».
Hoy, la fiesta de San Pedro Claver nos interpela directamente. Aunque la trata transatlántica de esclavos nos parezca una barbarie lejana en el tiempo, el mundo de hoy padece de esclavitudes igualmente degradantes que anulan la libertad de la personas, como las ataduras del consumismo, el dinero o la sutil pero implacable dictadura de lo políticamente correcto. San Pedro Claver, el buen samaritano que no pasó de largo ante el sufrimiento ajeno, nos enseña que la caridad heroica es el único distintivo indispensable que Jesús nos pide para reconocernos como sus verdaderos discípulos.