22 de mayo de 2022

Discreto, silencioso, fue un agente fundamental en la evangelización de África en el siglo XX

Discreto, silencioso, fue un agente fundamental en la evangelización de África en el siglo XXL.B.

La gran historia del padre Miguel: de caer en una trampa para monos en el Congo a su callada muerte

El prior del monasterio carmelitano de Las Batuecas nos cuenta la aventura de este sacerdote discreto, aplicado y silencioso que durante 50 años estuvo en África como un gran propulsor de la Buena Nueva

Jesús Gutiérrez Portero, conocido dentro del carmelo descalzo como el padre Miguel de los Sagrados Corazones, nació en Bernuy de Zapardiel (Ávila) el 2 de enero de 1939. Hijo de Rosalino y María Visitación, era el menor de cinco hermanos: Julián, Isabel, Araceli y Felisa, la que le precedía; era ocho años mayor que él. Nada extraña que él nos dijera que jugó más con sus sobrinos que con sus hermanos. Su vida sencilla en el pueblo como hijo de labradores, trabajando desde pequeño, la vivió hasta su ingreso en el seminario de los Carmelitas Descalzos en Medina del Campo el año 1952.
Con trece años cumplidos era en edad mayor que sus compañeros de curso. Le habían precedido algunos primos. Recordaba como algo especial en su vida ese primer viaje con su padre a Medina del Campo. Siempre se mostró aplicado, con buena conducta y por el hecho de ser de más edad se le encomendaban algunas tareas de más responsabilidad. El 5 de agosto de 1956 comenzaba su etapa de noviciado en Segovia, acabado éste el 6 de agosto de 1957 emitió sus primeros votos religiosos en la Orden del Carmen Descalzo. Pasaron casi seis años y el 18 de julio de 1963 hizo su profesión solemne en Salamanca. Durante este tiempo, cursó en Ávila estudios de Filosofía, y en Salamanca del 1961 a 1965, los de Teología. En este tiempo recibió también las Sagradas Órdenes: diaconado, el 28 de diciembre de 1964, y el 19 de marzo de 1965 fue ordenado sacerdote.
Con sorpresa recibió el mandato del Provincial de aquel entonces, el padre José Antonio Carrasco, que le destinaba como misionero a África, que entonces era Provincia de Castilla. En su mente estaba ir a Roma a estudiar Historia de la Iglesia, pues era un buen estudiante y una memoria sobresaliente, pero Dios y la Iglesia tenía otro plan para él. Tras pasar por el Instituto Católico de Toulouse para cursar la licenciatura en Teología, al tiempo que dominaba la lengua francesa, se preparaba para la gran misión de su vida: 50 años recorriendo África con la Buena Nueva a cuestas.

La columna dañada por una trampa

Su aventura en este territorio de misión comenzó en 1965, donde hasta 1971 estuvo como vicario en la parroquia de Nyakariba. Después fue a parar a la misión de Masisi, y allí estuvo de párroco de 1971 a 1979. Fueron sus primeros años de misionero donde aprendió a vivir como tal de los Padres Blancos; a los que siempre admiró. Tiempo después le pidieron pasar a formar parte de la comunidad del noviciado en Kananga, en la República Democrática del Congo, y allí estuvo hasta 1983, donde regresó a Nyakariba hasta 1989. Durante todos estos años, el padre Miguel no descuidó su formación académica. En 1972 estudia y obtiene su doctorado en Teología en la Universidad de Comillas (Madrid), en el 79 obtiene la licenciatura en Catequética en San Dámaso y en 1989 la licenciatura en Filosofía en el Instituto Católico de Toulouse.
Su labor misionera unida a su labor como formador, junto a inestabilidad provocada por la guerra, le obligaron a exiliarse con los estudiantes carmelitas al Camerún en los años 1996 y 97. Desde allí, «como fundador», tal y como él se autodenominaba, llega a Costa de Marfil, donde estará hasta el año 2000 en que vuelve al Congo.
Uno de los hechos por los que siempre se recordará al infatigable padre Miguel fue el episodio acontecido el 15 de octubre de 2015, en la inauguración del santuario de la Virgen del Carmen en la ciudad de Bukavu, en cuya construcción había tomado parte de forma activa. Al salir de la celebración, emocionado, según cuenta el padre carmelita Roger Balowe Tshimanga, exclamó: «Oh Madre Soberana, ahora tu puedes dejar a tu siervo irse en paz». Era el preludio de su pronto regreso a España. Cuando expresó sus deseos de partir, los feligreses y comunidad de fe del Congo, no parecían entenderle, después de tantos años de servicio. ¿Cómo no quedarse allí hasta su muerte? Pero en su decisión se plasmó lo que siempre había vivido: el pasar desapercibido y sobre todo el no ser carga para nadie.
En 2016, cumplidos sus 50 años en África, cumplidos los 77 años de edad, sufre una aparatosa caída en una trampa para monos, que le dañó la columna de por vida; impidiéndole volver a ponerse derecho. Tras el accidente, opta por regresar a España. No se dejó acompañar en la partida, sino que con una mochila roja, que conservó al llegar a nuestro país, hizo el viaje sin más equipaje que todo lo vivido.
El padre Miguel, junto a la huerta del monasterio de Las Batuecas, en Salamanca

El padre Miguel, junto a la huerta del monasterio de Las Batuecas, en SalamancaOCD Ibérica

Su retiro en el desierto de Las Batuecas

Tras estar unos meses en Salamanca, al poco tiempo expresó su deseo de ir a parar al desierto de San José de Las Batuecas, nombre con el que se conocen las casas y lugares de retiro dentro de la orden fundada por santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz.
Llegó en agosto de 2017. Seguro que para hacer realidad lo que proclamaba de su vocación, donde «el carmelita tiene que ser cien por cien misionero y cien por cien contemplativo», sin descafeinar ninguna de las dos facetas, y después de haber vivido 50 años en la Misión, quería ahora vivir la vida contemplativa en un Desierto carmelitano.
Quienes hemos compartido con él estos últimos años de su vida hemos venido a conocer plenamente su verdad al ser testigos de su muerte. En el desierto ha conocido a muchas personas que nos han dado testimonio de lo mucho que le apreciaban por lo mucho que les enriquecía su presencia y sus pequeños gestos. Como era el orar nombrando a tanta gente que le pedía oraciones, o por situaciones que el mejor modo de acercarse a ellas es el de la oración.

Sin quejas y aprendiendo hasta el final

En los años que ha pasado en Batuecas, ni un sólo día ha dejado de seguir la vida regular, desde la mañana a la noche. Nunca le hemos oído quejarse de nada. Para nada ha necesitado los servicios de un médico, salvo el que acudió con puntualidad cuando le avisaron que debía vacunarse de la COVID-19. Aprendió a manejar la lavadora para lavarse su ropa con la mayor naturalidad. «Simplicidad de vida» lo llamaría él. Su recuerdo de África era continuo, vivía con gozo el aumento de vocaciones, y solía repetirnos que los carmelitas que había en África cuando él llegó, y los que ahora eran, para hacernos notar el fabuloso aumento de los mismos.
El día 9 de abril, en el momento de comenzar Laudes nos pidió que lo iniciáramos nosotros porque le dio una tos molesta, que con un trago de agua se le fue pasando. Nada más de extraño notamos a lo largo del día, ni en la comida, que hizo como todos los días. Nos llamó la atención que en la tarde, momento en que solía subir al refectorio para preparar la lectura, no bajó por la escalera, sino que tomo el ascensor. Fueron los momentos últimos en los que tuvo que sentirse mal, pero salió sin problemas del ascensor, para a los pocos pasos dejarse morir en paz, sin molestar a nadie.
Así tumbado lo vio Isabel, una de las personas que estaba como huésped y entró en la recepción, seguro que para enviar algún mensaje, pues es el único punto del convento donde hay cobertura. Ella nos avisó y quienes primero pudieron acudir, el padre Lázaro, rezó junto a él. Llamamos a urgencias, bajaron con la ambulancia, pero ya había muerto. Era su modo de vivir, y morir, sin molestar. No hubo que llevarle a ningún sitio. Pudimos ya con el certificado de defunción colocarle en la iglesia, y allí, desde el sábado, víspera de Ramos, hasta el lunes, estuvo discretamente en la Iglesia, entre el retablo y el altar.

«Decidme si por aquí ha pasado»

Como él había expresado, pudo ser enterrado en el cementerio del Monasterio. Y para él se abrió una sepultura nueva. Celebramos la misa funeral y el entierro en paz con un nutrido grupo de carmelitas descalzos, presididos por el padre provincial, al que pudieron acudir la mayor parte de sus sobrinos. Nos acompañaron también algunos vecinos de La Alberca y de Las Mestas, los lugares cercanos, que a través de sus homilías dominicales, en los domingos que presidió, le conocían y apreciaban.
Nos queda su vivo recuerdo, y el vacío que ha dejado en estos momentos en que se inicia una etapa nueva en la vida del desierto del Monasterio de San José de Las Batuecas.
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