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Del País Vasco a la selva: el obispo que murió acribillado por las lanzas por predicar el Evangelio en Ecuador

León XIV ha autorizado este jueves al dicasterio para las Causas de los Santos la promulgación de un decreto sobre la «ofrenda de vida» de Alejandro Labaka y la hermana Inés Arango

Cuando uno contempla las imágenes de monseñor Alejandro Labaka en plena selva amazónica, es difícil no evocar La Misión, la película de Roland Joffé que retrata con intensidad dramática la entrega de los misioneros jesuitas entre pueblos indígenas. Aunque cambien los tiempos, los escenarios e incluso los desafíos, hay un hilo común que los une: el de aquellos sacerdotes que llevaron el Evangelio hasta los rincones más remotos de Hispanoamérica, muchas veces a costa de su propia vida.

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Monseñor Alejandro Labaka junto a hombres de tribus del Amazonas

Ahora, la figura de Labaka vuelve hoy a ocupar un lugar destacado en la memoria de la Iglesia. El Papa León XIV ha autorizado este jueves al dicasterio para las Causas de los Santos la promulgación de un decreto sobre la «ofrenda de vida» del obispo español, nacido en Beizama (Guipúzcoa) en 1920 y asesinado el 21 de julio de 1987 en Tigüino, en plena Amazonía ecuatoriana. Se trata de un paso clave hacia una eventual beatificación, reconociendo oficialmente la entrega radical que marcó toda su vida.

Tener «vocación de mártir»

Labaka fue misionero en dos continentes. Su vocación lo llevó primero a China, donde vivió entre 1947 y 1953. Después de esa experiencia, que dejó una huella imborrable en su visión de la misión, llegó a Ecuador en 1954. Allí trabajó durante más de 30 años en distintos entornos pastorales, aunque sería en la Amazonía donde descubrió su verdadera llamada: acompañar, comprender y vivir junto a los pueblos indígenas más aislados, como los huaorani.

Convivió con ellos durante más de dos décadas, aprendiendo su lengua, su visión del mundo y llevándoles con audacia el Evangelio al alma. «Hoy, los que trabajen por las minorías tienen que tener vocación de mártires», escribió en su Crónica Huaorani, escrita en chozas de palma en plena selva.

Su misión, sin embargo, no estuvo exenta de tensiones. La presión de las petroleras, los intereses políticos y la compleja relación con otras organizaciones de fuerte carácter proselitista marcaron una realidad difícil. Alejandro Labaka, tanto en sus cartas personales como en su Crónica, insistía en que cualquier proceso de integración debía hacerse «sin menoscabo de sus derechos humanos».

Dos almas misioneras unidas por el mismo destino

Pero el corazón de este pastor misionero estaba dispuesto a darlo todo. Desde niño, Alejandro Labaka solía entonar un himno misionero que, con el paso del tiempo, acabaría siendo una premonición de su destino: «Mi premio ha de ser, oh Madre, al pie de un árbol morir. De todos abandonado, de todos menos de ti». Y así fue.

El 21 de julio de 1987, acompañado por la hermana Inés Arango (Colombia, 1937)—quien, junto a Alejandro, también ha visto reconocida su «ofrenda de vida» este jueves—, se trasladó en helicóptero a una remota región habitada por los tagaeri, un grupo huaorani conocido por su aislamiento y resistencia al contacto exterior.

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Ambos misioneros compartieron una misma vocación y destino

Lo que comenzó como un gesto de acercamiento terminó en tragedia: Alejandro fue atacado con 17 lanzas y sufrió más de 80 heridas. La hermana Inés, que presenció el brutal asesinato, también fue herida mortalmente.

Hoy, ambos descansas bajo las losas de la catedral de Coca. Allí quedaron sus cuerpos pero su entrega sigue viva como signo de una misión que buscó llevar a Cristo hasta el último rincón, incluso al precio de su propia sangre.

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