Fundado en 1910
1. Basílica de la Sagrada Familia — Barcelona, España

La monumental basílica diseñada por Antoni Gaudí aún no está terminada: cuando instale la cruz completa, alcanzará los 172,5 metros proyectadosGetty Images

¿Qué podría lograr una visita del Papa a España?

Quince años después de que Ratzinger se despidiera de una «gran nación» de alma católica, y diez desde que afirmara que «el diablo quiere destruir España», el Vaticano ha comenzado a trazar el regreso del Sucesor de Pedro a nuestra tierra

Quince años después de la última visita de un Pontífice a España, el rumor ha empezado a tomar cuerpo. No es aún anuncio oficial, pero sí algo más que una hipótesis: el Papa León XIV quiere venir a España y el Vaticano ya ha puesto en marcha los primeros engranajes para hacerlo posible. El lápiz ha comenzado a dibujar lo que podría convertirse en uno de los acontecimientos eclesiales más relevantes de los últimos años.

La reunión celebrada recientemente en Roma entre la Secretaría de Estado y la cúpula de la Conferencia Episcopal Española —con monseñor Luis Argüello y los cardenales José Cobo y Juan José Omella— no cerró fechas ni itinerarios, pero sí confirmó lo esencial: el proyecto existe y ha nacido de la iniciativa directa del Pontífice. Madrid, Barcelona y Canarias figuran en un primer borrador aún flexible, con una duración media de tres o cuatro días y una posible fecha en junio.

«El diablo quiere destruir España»

La última vez que un Papa pisó suelo español fue en agosto de 2011, cuando Benedicto XVI viajó a Madrid con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Fue un viaje intenso, vibrante, marcado por el encuentro con una juventud católica que sorprendió al mundo. Pocos minutos antes de regresar a Roma, en el aeropuerto de Barajas, Joseph Ratzinger definió a España como «una gran nación» capaz de progresar sin renunciar a su alma «profundamente religiosa y católica».

No eran palabras de cortesía. Benedicto XVI amaba profundamente a España. Lo demostró en Valencia, en Santiago, en Madrid, y también en privado. Años después, ya Papa emérito, llegó a afirmar —según relató el ex ministro de Interior Jorge Fernández Díaz tras una conversación con él en 2015— que «el diablo quiere destruir España» precisamente por el testimonio que España ha dado de la fe y la Iglesia a lo largo de su historia: la evangelización de América, la defensa de la fe en la Contrarreforma, el testimonio martirial del siglo XX durante la Guerra Civil...

«El diablo ataca más a los mejores y, por eso, ataca especialmente a España y quiere destruirla», aseveró el Pontífice alemán. Pero aquel diagnóstico venía acompañado de esperanza: «No lo conseguirá, pero apliquen las cuatro herramientas para enfrentar al diablo en esta batalla», le dijo. Herramientas sencillas pero poderosas: la humildad, la oración, el sacrificio y la devoción a la Virgen. Y añadió con firmeza: «Tenga confianza: el diablo no destruirá España».

Entonces, ¿por qué es especialmente significativa una visita papal a españa?

Porque España no es un país cualquiera en la historia del cristianismo. Fue nación misionera cuando Europa se agotaba, bastión de la fe cuando esta era discutida, apoyo constante del Papado en momentos decisivos. Es cuna de grandes santos y fundadores que marcaron a la Iglesia universal: Santo Domingo de Guzmán, San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, San Josemaría Escrivá, San José de Calasanz, Santa Maravillas de Jesús, San Isidro Labrador, San Pedro de Alcántara, San Juan de Dios... e incluso ordenes como la de los mercedarios para redimir cautivos se fundaron en la península.

Y no podemos olvidar la pléyade de mártires —más de 7.000 asesinados in odium fidei durante la persecución religiosa de los años 30, muchos de ellos ya en proceso de canonización—, testigos de una fe que se defendía tanto con palabra como con obra.

Mártires españoles

Algunos de los 10.000 mártires españoles asesinados en los años 30 del siglo XX

España estuvo en Lepanto cuando se trataba de frenar la expansión musulmana en el Mediterráneo; estuvo en Trento cuando la Iglesia necesitó reafirmar sus dogmas tras la ruptura de Lutero y dar una respuesta firme a la confusión doctrinal; y también en la lucha de Carlos V contra la herejía protestante, defendiendo la unidad de la fe en Europa.

Hoy, esa misma herencia histórica de defensa de la fe se proyecta en un escenario distinto. La fe ya no se hereda: se elige. Y eso cambia la forma de vivirla. Antes estaba más extendida, pero a menudo se vivía como una tradición cultural, no como una decisión capaz de transformar la vida. Hoy los jóvenes católicos son menos, sí, pero son más comprometidos, y viven la fe tras una experiencia personal de búsqueda y elección.

Es exactamente lo que el joven Ratzinger intuyó hace décadas: comunidades más reducidas, pero convencidas; minorías creativas capaces de irradiar fe, cultura y caridad en medio de sociedades secularizadas. Es así como una visita del Papa no sería un evento más en la agenda internacional, sino una confirmación en la fe, un impulso, una llamada a despertar, un refuerzo de esperanza y un recordatorio de esas herramientas que, según el Papa bávaro, garantizan que el mal no prevalecerá.

Y hay algo más. España es, como dijo san Juan Pablo II, «tierra de María». Desde el Pilar hasta Guadalupe, desde Montserrat hasta el Rocío, la devoción mariana ha sido el hilo invisible que ha sostenido la fe del pueblo en los momentos de esplendor y en los de oscuridad.

Quizá por eso una visita del Papa a España no sería solo un viaje pastoral más. Podría convertirse en un recordatorio providencial de quiénes fuimos, de quiénes somos y de quiénes estamos llamados a ser. Una palabra de aliento para una Iglesia que no se apaga y que se purifica a través de los siglos. Un gesto de confianza en una nación que, incluso herida y tantas veces discutida y puesta en duda, sigue teniendo mucho que ofrecer a la Iglesia universal.

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