28 de octubre de 2021

Entrevista

Bullón de Mendoza: «No existe nada similar a lo que El Debate quiere hacer»

El presidente de la Asociación Católica de Propagandistas destaca que nace «un periódico con gran preocupación por los principios»

Alfonso Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera es desde julio de 2018 el presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, la organización que impulsa El Debate. Bullón de Mendoza, que es doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad CEU San Pablo, reflexiona en esta entrevista sobre los principios que fundamentan este proyecto y el momento que atraviesa la educación en España.
–¿Por qué el lanzamiento de El Debate y por qué ahora?
–Cuando en 1908 surgió la Asociación Católica de Propagandistas, fue porque se pensaba que en España había una gran fuerza del catolicismo desde el punto de vista social, pero eso no se veía reflejado en la política ni en los medios. Y si eso ocurría en 1908, ni cuento lo que ocurre en la actualidad. Realmente se siente la necesidad de que haya un periódico que recoja unos puntos de vista que hoy en día parecen bastante postergados.
–El Debate nace para defender justamente esos principios, esos valores, esas ideas… ¿Cuáles podíamos decir que son los principios capitales que van a ser el aliento ideológico de esta publicación?
–En el fondo son los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, que son la defensa de la dignidad de la persona, la defensa de la vida, la defensa del principio de subsidiariedad y, si queremos concretar un poco más en el caso español, evidentemente, hablaremos de la defensa del orden constitucional, del apoyo a la familia, del reconocimiento de lo que ha supuesto la Iglesia y el catolicismo dentro de la historia española, el papel que ha tenido también la Corona…
–El nuevo periódico enlaza con el gran rotativo que dirigió Herrera Oria en los años veinte y treinta y cuenta con idéntico editor, la Asociación Católica de Propagandistas. Resulta singular, y de mérito, ver que se trata en cierto modo de una obra sostenida en el tiempo. ¿Le confiere su historia un carácter especial al nuevo El Debate?
–Yo creo que lo que supone es una obligación, tenemos un precedente que ha dejado muy alto el listón y hay que estar a la altura. Opino que hablar de El Debate es hablar de un periódico profesionalmente muy bien hecho, que tiene claros cuáles son sus principios, que quiere prestar un servicio a la sociedad y, por tanto, que está buscando cómo enfocar las cosas de manera que apoyen a construir una sociedad mejor, no que lleven hacia la confrontación. Cuando El Debate fue clausurado en 1936 desapareció buena parte de su redacción, pero después de la guerra no se abrió porque era el periódico con el que los católicos habían tratado de dialogar con la República; algo que, evidentemente, no había funcionado, pero no era la vía en la que se quería incidir después de la guerra.

Lo bueno es que en la sociedad actual todo eso se mide con una enorme rapidez. Dentro de muy poco sabremos si nuestros planteamientos son o no correctos

–¿En qué aspira a marcar diferencias El Debate respecto al periodismo que hoy viene siendo común en España?
–Posiblemente, en que es un periódico que tiene una gran preocupación por los principios, por los fundamentos. No se trata de estar simplemente en una especie de seguimiento de la sociedad líquida, corriendo de un lado a otro, sino estando en la actualidad, siguiéndola. Sin embargo, parte desde un punto de vista que obliga a mantener unos valores y a tratar de proyectarlos sobre la sociedad.
–¿Cree que hay muchos españoles esperando un periódico así?
–Pienso que sí, entre otras cosas porque, según las encuestas del CIS, los católicos en España todavía son una mayoría y porque, además, no hay nada similar a lo que nosotros queremos hacer. Lo bueno es que en la sociedad actual todo eso se mide con una enorme rapidez; es decir, que dentro de muy poco sabremos hasta qué punto nuestros planteamientos son o no correctos.
–¿Qué le diría para animarlo a acercarse a El Debate a un lector que todavía no lo conoce?
–Yo le diría que se atreva. Es verdad que hay un gran número de medios, pero este va a ser bastante distinto; por lo tanto, que se acerque y se tome su tiempo, que lo lea y vea si responde a sus expectativas.
–Usted ha tenido la oportunidad de conversar con todos los miembros de la redacción. ¿Cómo diría usted que son los periodistas de El Debate?
–Me he quedado muy asombrado porque no creí que hubiera la posibilidad en la actualidad de crear un periódico con una redacción tan impresionante como la que tenemos. Contamos, por un lado, con un grupo de periodistas senior de gran trayectoria muy valorados dentro de su oficio y, por otro, con gente joven y de edad intermedia de la cual asombra su nivel de formación, su grado de compromiso, su calidad humana… Yo estoy muy contento con el plantel de periodistas con el que estamos empezando nuestra andadura.
–¿Por qué ha decidido impulsar un periódico en abierto, sin muros de pago ni trabas para el lector?
–Porque nosotros no tenemos ánimo de lucro. Lo que queremos es prestar un servicio a la sociedad, difundir y dar a conocer ideas y ejercer una influencia positiva sobre un mundo que hoy en día está en crisis, pero sin un norte, muy desorientado. Ahí es donde queremos estar y cuanta más gente haya con la que podamos compartir nuestros postulados, mucho mejor.
Bieito Rubido y Alfonso Bullón de Mendoza, durante la entrevista

Bieito Rubido y Alfonso Bullón de Mendoza, durante la entrevistaPaula Argüelles

–Usted es el presidente de la Asociación Católica de Propagandistas. Muchos europeos parecen estar dando la espalda al cristianismo, cuando está en la médula de Europa. ¿Cómo revertir esa ola de descreimiento?
–A través del pensamiento ignaciano —la ACdP es, naturalmente, de origen jesuítico y, por lo tanto, ignaciano—, que dice que hay que hacer las cosas como si todo dependiera de ti sabiendo que, en última instancia, todo depende de Dios. Por lo tanto, nosotros vamos a poner lo que está de nuestra parte, con el trabajo, con la oración y esperando también a la divina providencia.
–En alguna ocasión ha dejado usted una reflexión muy interesante: los católicos no podemos ser «el partido del no» frente al mundo moderno, pero tampoco caer en una «posición adaptativa». ¿Podría explicarnos con más detalle en qué consisten ambos errores?
–Lo propio del catolicismo es una propuesta positiva de vida y, evidentemente, al hacer esto puedes encontrarte con que estás entrando en contradicción con una serie de valores que hoy pueden estar bastante admitidos en la sociedad y que, incluso, puede causar algo de escándalo. Pero esto siempre fue así desde el comienzo de la predicación de Jesucristo y, por lo tanto, no es algo ante lo que tengamos que alarmarnos. Lo importante es que no se trata de decir simplemente «no» a las cosas, sino de que tú tienes una propuesta que es buena y que merece la pena compartir.
–¿Cuál es hoy el estado de salud de la Universidad española?
–Creo que es bastante malo, sin entrar en aspectos concretos, porque nos estamos aburriendo. La Universidad tiene que ser una gran aventura intelectual. Es algo de lo más fascinante a lo que se puede dedicar una persona. Pero últimamente se está haciendo mucho hincapié en todos los aspectos de equiparar la Universidad con una empresa que cumple unas normas y que te lleva a pasar todo el día rellenando todo tipo de formularios. Hay una sensación de que estamos perdiendo el tiempo en una burocracia inútil, y eso no es nada bueno para la Universidad. No obstante, yo creo que es un mundo tan sólido que es capaz incluso de sobrevivir a la burocracia; pero habrá que verlo.
–¿Cómo valora la nueva Ley de Universidades que prepara el ministro Castells?
–Opino que es una ley que empeora la anterior, que a su vez empeoraba la previa… Todas las que he conocido de universidades desde la del año 93 han sido leyes que entiendo que han ido para peor. Hay un Estado cada vez más intervencionista, cada vez se quiere encorsetar más lo que se hace desde la sociedad civil. Por ejemplo, ya plantea cuestiones tales como que para que se pueda crear una titulación en una universidad privada, hay que demostrar que esa titulación es rentable. Si yo quiero crear, por ejemplo, la carrera de Filosofía y todos los estudios dicen que voy a tener poca demanda ¿por qué no puedo gastar mi dinero como quiera? Habrá que ver cómo se plasma todo eso, pero es dar al Estado unas atribuciones que parecen, muchas veces, fuera de sitio y también impide crear universidades especializadas. Resumiendo: es muy intervencionista.

Soy un poco pesimista en cuanto a que se pueda lograr un gran acuerdo de Estado sobre educación

–¿Es normal y saludable que España tenga una nueva ley de educación cada vez que cambia el partido de Gobierno?
–Pienso que no y, además, es un tema que me divierte mucho. El 20 de noviembre de 1912 hubo un joven diputado conservador, mi abuelo Eloy, catedrático de la Central, que se levantó en las Cortes para decir que no podía permitirse que cada vez que hubiera nuevo ministro cambiaran las leyes educativas. Esto lo decía en el año 1912, el Ministerio de Educación se había creado en 1900, había habido hasta entonces doce ministros de Instrucción Pública y se iba ya por un derrotero que parece que se ha continuado. Soy un poco pesimista en cuanto a que se pueda lograr un gran acuerdo de Estado sobre educación porque los partidos mismos no tienen una doctrina clara en este ámbito. En la época en que yo fui rector conviví con cinco ministros socialistas y cada uno de esos ministros tenía una idea distinta de Universidad. A partir de ahí, es muy complejo que, si no están de acuerdo dentro del propio partido, se pueda conseguir que estén de acuerdo entre todos. Pero hay que tratar de hacerlo y lograr que sea una discusión de tipo técnico y no político. ¿Es posible conseguir algo si se intenta? Pues sí.
–La última reforma educativa en España, la Ley Celaá, apuesta por facilitar que los alumnos pasen de curso incluso con suspensos. ¿Estamos asistiendo a una condena del esfuerzo personal? ¿Cuál puede ser el resultado a medio plazo de estas políticas educativas?
–Yo creo que no debe de ser un buen resultado. Es verdad que hubo un fracaso escolar importante y hay que buscar herramientas que puedan ayudar a mitigarlo pero, si le dices a un chico joven que no se preocupe, que si hay problemas que no sabe cómo resolver, los solucionarás por él, vas a crear una sociedad de ciudadanos muy poco capaces de hacer nada por sí mismos. Y eso, uno de los problemas que tiene, es que deriva muy fácilmente hacia estados de tipo totalitario.
–Se suele decir actualmente que si educas a un niño en la disciplina creas un demócrata, y si lo consientes y lo mimas creas un dictador. Supongo que eso es aplicable también en el mundo de la educación. Si no le enseñas el esfuerzo, probablemente crearás un mal ciudadano.
–Claro, y además es un poco absurdo. Ahora está todo en la red, los medios técnicos lo permiten todo. Sí, pero si aparte de todo esto echas esfuerzo, conseguirás algo mucho mejor.
–Como catedrático y doctor en Historia, ¿cómo ve las leyes que llaman «de Memoria»? ¿Constriñen la libertad de los estudiosos?
–Constriñen la libertad de todo el mundo. Hubo un borrador previo que era increíble porque, si resultaba que eras profesor, no solo te veías sometido a las multas y penas de cárcel a las que podían estar sometidos el resto de los mortales, sino que tenías una pena de inhabilitación especial, lo que va en contra del artículo de la Constitución que reconoce la libertad de cátedra de manera expresa. Ahora eso ha desaparecido, simplemente tendrás las desgracias de los demás pero, realmente, es un hecho increíble que en una sociedad democrática se plantee que hay que tener una visión histórica que te imponen desde el Estado y, si disientes de la visión histórica, te enfrentes a todo tipo de calamidades. Aparte es muy extemporáneo. Cabe comprender que se acaba de salir de una dictadura y quienes llegan al poder hacen una reacción contra el anterior, etc. Pero cincuenta años después es una cosa totalmente fuera de sentido. Es como ponernos ahora a dar normas sobre cómo enseñar las guerras entre Cartago y Roma: «los cartagineses eran los buenos y los romanos los malos, al que no lo diga le pondremos multas y sanciones».
–¿Usted cree que se puede legislar, no solo sobre la memoria, sino sobre las creencias, sobre la verdad, es decir, que un Parlamento pueda decir lo que es verdad y lo que es mentira?
–Es evidente que no. Hay cosas que son tan absurdas que la gran ventaja es que se vienen abajo por sí mismas. Hay un limite, porque el nivel al que puedes manipular un Parlamento —como se puede demostrar en algunos países panamericanos, que lleva a pensar: «eso no puede ocurrir aquí», pero al final todo puede ocurrir en cualquier sitio— es extremo.

No creo que haya motivo para pensar que el Gobierno acabará con nosotros cuando no lo hizo en su día Napoleón

–Hemos sufrido, y todavía sufrimos, una pandemia. Además las noticias inquietantes se agolpan en muchos frentes, desde la economía a las amenazas a la unidad de España. Por eso querríamos acabar invitándole al optimismo, si es posible: ¿qué rasgos positivos destacaría de nuestro país que podrían invitarnos a vislumbrar una luz incluso en esta hora oscura?
–Yo creo que la historia de España es rica en catástrofes, pero también en capacidad de superación. Cuando parece que hay situaciones, digamos insostenibles, acaba habiendo una reacción. Uno de los ejemplos más claros es que en 1808 nos invadió la nación más poderosa de Europa, teníamos al Rey prisionero, estábamos hechos unos zorros… y sobrevivimos. No creo que haya más motivo para pensar que el Gobierno actual pueda acabar con nosotros cuando no lo hizo en su día Napoleón, que era el hombre más poderoso del mundo en su tiempo.
–¿Qué gran noticia le encantaría que apareciese un día abriendo la portada de El Debate?
–Me encantaría ver un titular que fuera que en Europa se ha aprobado una Constitución que reconoce de manera explícita los valores católicos dentro de la misma y que es fiel a los principios iniciadores de los padres fundadores de la Unión Europea. Es decir, que logremos que realmente haya una presencia social del cristianismo en Europa, como lo hubo en su fundación y ser conscientes de que, realmente, nosotros vivimos inmersos en eso que se ha denominado civilización cristiana occidental.
–Y volviendo a donde empezamos. El nacimiento de El Debate supone recuperar esa tradición editora y de protagonismo en los medios de comunicación de la sociedad española, pero ¿queda aquí la iniciativa de la ACdP solo en El Debate o se vislumbra, como en su día fue, un grupo de comunicación?
–Nosotros creemos que hay que tratar de hacer las cosas poco a poco. El Debate es ya una apuesta importante en sí, pero, evidentemente, tenemos proyectos a medio y largo plazo que van en la línea de aumentar nuestra influencia en el mundo de los medios.