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Julia Navarro junto a Barbie

Julia Navarro junto a BarbieCedida

Julia Navarro: «Los animales son los únicos que no te abandonan cuando la vida te maltrata»

La escritora se aleja de la novela para presentar Cuando ellos se van, una obra donde narra su relación con los animales y hace un repaso por los perros que han marcado la historia, el arte y el cine

Julia Navarro apenas necesita presentación. Escritora y periodista, es autora de obras que han cautivado a millones de lectores, como Dime quién soy, La Biblia de barro o De ninguna parte. Sin embargo, la madrileña ha decidido hacer un parón en la publicación de novelas para rendir homenaje a quienes han formado parte de su vida en todo momento: los perros.

Tras la muerte de Argos, el pastor alemán que la acompañó durante 13 años, Navarro se vio incapaz de seguir escribiendo su novela y decidió dedicar su nuevo libro, Cuando ellos se van –en librerías desde este pasado jueves–, a plasmar sus recuerdos con estos animales y a hacer un repaso por la historia para entender el vínculo especial entre humanos y perros.

¿Qué le ha hecho abandonar momentáneamente la novela?

–Estaba escribiendo una novela con la que ahora he seguido cuando se murió Argos. He tenido perros a lo largo de toda mi vida, pero nunca se habían muerto en mis brazos, sino en una clínica. Argos se quedó tetrapléjico, no andaba, no comía, no bebía. Pasamos unos días de clínica en clínica, pero me dijeron que no tenía remedio. Tenía 13 años y medio y me recomendaron que le dejara irse porque estaba sufriendo. Yo decía «no, no, no», me cogía mi perrito y me iba a otro sitio. Y así hasta que una veterinaria me dijo: «Mira, Julia, estás siendo egoísta. Tienes que dejar que se vaya». Aquello me golpeó realmente y me impidió continuar con la novela.

–¿Por qué decidió dedicar un libro a los perros?

–Una amiga me regaló Su olor después de la lluvia, de Cédric Sapin-Defour, y pensé que no era adecuado empezar a leer una obra que hablaba de un señor al que se le había muerto el perro, estaba yo como para llorarle las penas a otro. Sin embargo, empecé a leerlo y me di cuenta no solamente de lo que Argos significaba para mí –no me gusta decir mi perro–, sino lo que significa para tantas y tantas personas que tenemos animales de compañía. También me percaté de que esto no es nuevo, la presencia de los perros entre los hombres comenzó hace siglos, ya que están presentes en mitologías y pinturas rupestres.

Al buscar documentación descubrí que, efectivamente, hombres y perros han caminado juntos desde el principio de los tiempos, ya que en muchas cuevas han aparecido dibujos de perros, además de los bisontes y de los ciervos. Empecé a tirar de ese hilo para no contarme a mí misma lo mal que estaba en aquel momento y me puse a escribir esta obra.

Me impresionó mucho conocer que en El Avesta, el libro sagrado de los persas, el que era malo con un perro no iba al cielo. ¿Cómo es posible que en civilizaciones tan antiguas ya hubiese ese código moral, ese código ético de cómo tratar a los animales?

–Dice en el libro que tras este suceso ya no tiene tan clara su postura con respecto a la eutanasia.

–Siempre había creído que era partidaria de la eutanasia, pero en ese momento en el que me recomendaban utilizarla con Argos dije: «Pues esto no lo tengo yo tan claro». Tras este suceso, sigo confundida al respecto. Fue muy duro. Abrazada a él, le pusieron la inyección y entonces no supe cómo gestionarlo.

–¿Cómo han influido sus mascotas en la elaboración de sus novelas?

–Argos y Tiflis han sido los dos últimos perritos que me han acompañado en mi vida, pero siempre ha habido un perro, desde el momento en que nací, que estaba Yola, hasta ahora, que está Barbie. Ella llega a los tres meses de dejarnos Argos, pero no viene a ocupar su lugar porque nadie puede sustituir a nadie. Todos ellos me han acompañado en mi trabajo, en mi día a día, y solo ellos conocen el contenido de mis libros antes de publicarlos. Ahora, es Barbie la única que sabe de qué va mi próxima novela.

–¿Cree que la literatura puede ser una herramienta poderosa para despertar esa conciencia sobre los derechos de los animales?

–Ojalá, pero yo creo que lo que es necesario es la educación. Me parece fundamental que en los colegios, en las escuelas, en las guarderías, a los niños se les empiece a educar en el respeto a los animales, porque no se les educa en ese respeto a naturaleza y a otros seres. A veces, parece que todo nos pertenece y que somos los dueños del resto de los animales, por lo que los más pequeños tienen que aprender que hay otras especies, y tienen que conocerlas y respetarlas.

La escritora junto a Argos

La escritora junto a ArgosCedida

–En el libro cuenta que de pequeña le tiraba de las orejas a Yola, una de las primeras perras que la acompañó, y su abuela la regañaba. ¿Comenzó ahí ese respeto que tiene por los animales?

–Sí, un día mi abuela, que me quería mucho y yo a ella, se acercó a mí, me cogió de las orejas y yo me quedé fría. Me dijo: «¿Verdad que a ti no te gusta que te tiren de las orejas?» Respondí que no, y ella me dijo que a Yola tampoco. Eso para mí fue una lección. Yo era muy pequeña, tenía tres o cuatro años, pero me acuerdo perfectamente. Aprendí que a mí no me gustaba y a Yola tampoco, por lo tanto no debía volverlo a hacer.

–¿Se ha perdido ese respeto por los animales?

–No es que se haya perdido, es que nunca lo ha habido debido a esa soberbia que tiene el ser humano de pensar en su superioridad y que puede hacer lo que quiera con los animales que tiene alrededor. Esto realmente lo que denota es un déficit de educación.

–Ya hay más perros que niños. ¿Por qué cree que está ocurriendo esto?

–Tiene que ver con la soledad y también porque uno piensa que el compromiso con otro ser humano te ata para toda la vida, mientras que con un animal tiene fecha de caducidad, porque viven mucho menos que nosotros. Hay un enorme problema de soledad. Cuando era pequeña, mi ámbito familiar estaba formado por muchas personas (mis abuelos, mis tíos, sus mujeres, mis primos...), mientras que ahora la vida familiar es más reducida. Ocurre también con las personas mayores, que de repente se ven solas porque los hijos se han ido, se han quedado viudas o se han separado. Un perrito o un gatito les ayuda a mitigar la soledad, pero también a socializarse, ya que conoces mucha gente y terminas hablando con todo el mundo. Esto mitiga la soledad no solamente dentro de casa, porque tienen un ser vivo que les acompaña, sino también fuera.

–¿En qué punto cree que se encuentran los derechos de los animales en España?

–No se encuentran en buen momento ni en España ni en ningún lugar. Me horrorizan esas granjas de pollos o la forma con la que se mata a las reses. Los seres humanos suspendemos esa asignatura. En el caso de España, menos mal que últimamente determinadas fiestas populares, como la de tirar una cabra del campanario, van desapareciendo. Que haya que explicar que eso es una bestialidad es sorprendente. ¿Cuál es el grado de evolución de este ser al que le tengo que explicar esto? Igual está menos evolucionado que la cabra. En cuanto a las leyes que se han impulsado en los últimos años, considero que no basta con prohibir, es más importante educar y convencer.

–Hubo mucha polémica con la ley de bienestar animal porque se reconocía a los animales como «seres sintientes».

–Un perro tiene ojos, tiene patas, tiene hígado, tiene riñones, tiene corazón. Tiene lo mismo que tú, por lo que si le das una patada en el hígado, le va a doler lo mismo que a ti. ¿Realmente hay alguien al que le parezca que un animal no es un ser que siente?

–¿Qué opina entonces de la tauromaquia?

–Este es un tema absolutamente controvertido. Me gustaba mucho ir a los toros, no me perdía ningún San Isidro, y ahora ya hace muchos años que no voy. Entiendo que ahí hay una polémica cuyo trasfondo no es solo el derecho de los animales, hay un problema político de por medio. Me horroriza tanto una corrida de toros como un toro embolado, lo que no puede ser es que algunos digan no a la fiesta de los toros mientras se dedican a prender los cuernos de los toros en otras zonas de España, como Cataluña. Es pura hipocresía, es un debate que se ha politizado y en el que se ha quitado del medio lo importante, que son los derechos de los animales y su sufrimiento.

Soy animalista, soy vegetariana y estoy harta de que me pregunten por quéJulia Navarro

–¿Necesita la defensa de los derechos de los animales de radicalidad?

–Es importante poner sobre la mesa el debate sobre los derechos de los animales. Hay muchas maneras de hacerlo y, a veces, para llamar la atención se hace a través de la radicalidad. Pero insisto en que la educación es el camino. Para que en el futuro haya ciudadanos que respetan a los animales, es necesario que empecemos a educarlos. Soy animalista, soy vegetariana y estoy harta de que me pregunten por qué. No quiero contribuir al sufrimiento de ningún animal, por eso soy vegetariana. Respeto al que no lo es y no intento imponerle lo que yo pienso, me parece mucho mejor intentar convencer y dialogar que intentar imponer.

–¿Cree que ese proceso educativo está ya en marcha en los colegios?

–No, hay un déficit enorme. Se están aprobando leyes que son insuficientes y sobre todo, que no están muy bien hechas.

–Volviendo al libro, hace repaso por los perros más célebres de la historia, del arte o del cine. De todos ellos, ¿cuál diría que es tu favorito?

–Me costaría mucho elegir, pero hay dos perros que me producen una especial ternura. Son el perro de Ulises y la perrita Laika. El de Ulises pasa de ser el perro del rey a que nadie le haga caso, pero le espera con una lealtad y una paciencia enorme. Cuando Ulises regresa, el único que le reconoce es el perro, y en ese momento el animal dice: «Bueno, ya ha vuelto, ya me puedo morir». Y se muere. En cuanto a Laika, la perrita que mandaron al espacio, me produce indignación, me parece de una crueldad enorme y muchas veces me he intentado meter en la piel de esa perrita, del terror que debió de sentir.

–Habrá mucha gente que nos lea que no tenga mascota. ¿Cómo les explicaría el sentimiento que se tiene hacia ellas?

–No se puede. Los sentimientos y las emociones no se pueden explicar. Lo único que les pediría es que tengan una mirada sin prejuicios hacia los animales. Cuando se habla del cuidado del planeta, también tenemos que contar con las otras especies que están ahí.

Cuando una persona tiene esa actitud crítica hacia los amantes de los animales siempre le digo lo mismo: «Mira, tú te lo pierdes». Te estás perdiendo la oportunidad de tener un compañero de vida, alguien que te va a acompañar y no te va a pedir nunca nada, que te va a ser leal hasta el último minuto, que no te va a traicionar nunca. Si todo el mundo te traiciona y la vida te maltrata, los únicos que no te van a abandonar van a ser ellos.

–No le gusta decir que es «dueña» o «ama» de sus perros. ¿Qué importancia tiene el lenguaje?

–Mucha. Tengo respeto por los animales y no tengo la arrogancia ni la soberbia de pensar que un ser vivo me pertenece. Ningún ser vivo pertenece a nadie. tampoco los perritos o los gatitos. Si la gente les viera con con esa mirada de «no me pertenece», a lo mejor las cosas irían un poco mejor. Es verdad que el lenguaje es como es y se dice «mi perro» sin la pretensión de posesión, pero yo nunca lo digo.

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