Para desclasificar, habrá que almacenar
El archivo de la información digital es una de las grandes cuestiones tecnológicas del momento, con propuestas como el cristal de Microsoft y la cerámica de la alemana Cerabyte, pero España sigue pendiente de actualizar una ley de 1968
El creador del concepto de Web 2.0, el tecnólogo y economista Tim O’Reilly, suele advertir que una de las grandes tragedias de internet será ver cómo los creadores de contenido pierden el control de todo lo que producen. Al fin y al cabo, por muy sofisticado que sea el modo en el que presentamos la información, su destino estará en manos de los dueños de los soportes en los que esta se almacena.
Nuestro móvil no durará 100 años, ni el ordenador, ni ese pen que almacena ya teras de datos, ni tampoco esos servidores repletos de silicio, óptica, metales, fibra y cables a los que nos gusta referirnos con el eufemismo «nube». En alguna ocasión he propuesto que los data centers, que es lo más cercano que tenemos hoy en día al papiro egipcio, sean declarados Patrimonio de la Humanidad.
Nuestro móvil no durará 100 años, ni el ordenador, ni ese pen que almacena ya teras de datos
Con motivo de la desclasificación de los papeles del 23-F, ha vuelto a la actualidad un hecho bien conocido por el sector tecnológico de nuestro país: que la custodia de los datos de acceso restringido de la Administración General del Estado sigue regulada por la Ley de Secretos Oficiales de 1968.
En ella se exige, por ejemplo, que las instalaciones donde se archive la información más delicada cuenten con un guardia que controle quién entra y sale y qué lleva en las manos. Para el caso de que se incurra en alguna infracción en este sentido, establece también diferentes formas de penalización si el culpable pertenece al sector público o al sector privado, al que se obliga a realizar cada dos años costosas auditorías.
La tecnología avanza a tal ritmo que hoy es impensable que el Estado gestione su información al margen de las empresas
La tecnología avanza a tal ritmo que hoy es impensable que el Estado gestione su información al margen de las empresas. Por salirnos del ámbito de la seguridad, sin abandonar el de la información, Telefónica es el socio clave para la digitalización de todos los archivos de la Real Academia Española desde 1713 y promotor fundamental, junto al Barcelona Supercomputing Center, del proyecto LEIA un modelo de IA supuestamente exclusivo y entrenado en español y el resto de lenguas cooficiales.
La iniciativa se está queriendo salvar del ostracismo al que parece condenarla la cruda realidad (ha utilizado en parte el modelo de una gran corporación tecnológica, ay, sí, la del tecnooligarca Mark, no es original). Para ello se ha buscado la ayuda, entre otros, de varios centros tecnológicos, a los que les corresponde el desafío titánico de conseguir usuarios que desarrollen aplicaciones a partir de LEIA. A cada uno le toca un ámbito, por ejemplo, al vasco Tecnalia, le corresponde salud. ¡Suerte!
Conforme Telefónica ha ido cediendo protagonismo, se ha hecho inevitable la entrada de nuevos actores tecnológicos en los despachos del Estado
Conforme Telefónica ha ido cediendo protagonismo, se ha hecho inevitable la entrada de nuevos actores tecnológicos en los despachos del Estado, en ocasiones asociados al despliegue de redes y plataformas de software vinculadas al 5G. También en áreas como la Defensa y las Fuerzas de Seguridad, quién hubiera imaginado a Jeff por ahí, pero es lo que hay.
A este paso, los únicos tecnooligarcas que van a quedar sueltos para la persecución de nuestro Gobierno serán el fundador de Tik Tok (la red más adictiva de todas), Zhang Yiming, y el CEO de Bytedance, Liang Rubo. Aunque probablemente estos, precisamente estos, están fuera de la ecuación por ser de origen chino, claro.
Microsoft anunciaba un paso adelante descomunal para hacer realidad el Proyecto Silica
El hecho es que la desclasificación de los papeles del 23-F nos lleva a la cuestión de las tecnologías de almacenamiento de la información, que es el asunto verdaderamente importante. Y hace unos días, Microsoft anunciaba un paso adelante descomunal para hacer realidad el Proyecto Silica, en el que trabaja desde hace casi una década.
El objetivo es codificar datos en vidrio mediante láseres de femtosegundos (una milbillonésima parte de un segundo), para preservar la información durante 10.000 años. El cristal es un material de almacenamiento de datos permanente, resistente al agua, al calor y al polvo. Sería un logro tecnológico majestuoso.
El objetivo es codificar datos en vidrio mediante láseres de femtosegundos
Pero los avances de Silica se producen de forma muy lenta. El artículo publicado en Nature ha reactivado el optimismo al exponer que es posible hacer realidad esta la tecnología más allá de la costosa sílice fundida, incorporando un tipo de vidrio presente en utensilios de cocina y puertas de hornos.
Desde hace años, sigo también los pasos de la alemana Cerabyte, que ha desarrollado una tecnología de nanomemoria cerámica para almacenar la información. Se trata de nanocapas inorgánicas que utilizan cerámicas de entre 50 y 100 átomos de espesor, con las que se reduciría el TCO (total cost of ownership) actual de los centros de datos en un 75%. Estamos hablando de una escala totalmente distinta en un negocio de medio billón de dólares a nivel global.
El lema de Cerabyte es increíble: «Allanando el camino hacia la era del Yottabyte»
El lema de Cerabyte es increíble: «Allanando el camino hacia la era del Yottabyte». Un yottabyte (YB) es la unidad de almacenamiento de información más grande reconocida actualmente por el Sistema Internacional de Unidades, equivalente a un cuatrillón de bytes. Es difícil de imaginar. Supera la capacidad total actual generada por la humanidad.
El teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero, en el Congreso el 23-F
Vidrio y cerámica, dos materiales que podrían considerarse tradicionales, casi artesanales, convertidos en salvaguarda digital de la información estratégica. Nunca nos cansaremos que decir que uno de los signos de nuestro tiempo consiste en sacarlo todo de su contexto natural, todo es susceptible de ser replanteado en busca de nuevas funciones. La cerámica, el vidrio, también el ADN, para el mundo de los data centers; la química orgánica para el de la microelectrónica y la robótica del futuro (músculos artificiales, sí).